lunes 30 de enero de 2012

Cada mañana (poema II)

Cada mañana


Cada mañana,
siento tu aliento sobre mi nuca,
tus dedos tocan mi piel, 
cada mañana.


Cada mañana,
miro tu cara mientras duermes,
y los labios que brillan con la luz, 
cada mañana.

domingo 22 de enero de 2012

Llegará el día, llegará

Laboratorio

El laboratorio estaba lo suficientemente frío como para que el calendario con la mujer rubia en pelotas empezara a revolverse sobre si mismo sin dejar ver los días que había pasado encerrado. Agustina, su casera, le tenía bloqueada la calefacción. Juli -le llamaba- este año a comprarte jerséis de lana porque están los cuartos muy mal, muy mal. Por cierto, esa lápida que hay en tu puerta ya puedes quitarla de ahí que estorba". Llegará el día, llegará, se repetía, con el tiritar de los dientes.

La última vez que se encontró con Agustina antes de encerrarse en su habitación fue en el rastrillo del pueblo, picoteando ropa y cacharros de cocina, con los ojos abiertos y vivaces, meneando la cabeza de un lado para otro. Juli -le llamaba- anoche te vi entrar en el laboratorio con una moza mucho más joven que tu... qué andas preparando bichejo. Llegará el día, llegará, -se repetía, con un zumbido permanente en la cabeza.

El Jueves Santo Julián se cargó una paloma con una parsimonia sorprendente. Caminaba a tomar el vermut al Mesón Floren, hizo el amague de dar un pisotón para espantar al animal que se cruzaba en su camino y le pisó la cabeza. Crouch, el suelo manchado de sangre. Mira como has puesto el suelo mentecato,- le diría Agustina- ¿es que no puedes jugar con tus brebajes en otra parte? Llegará el día, llegará -se repetía, con los puños apretados en los bolsillos.

El hecho de esparcir los sesos de la paloma por el suelo no fue algo fortuito para mostrarle una inquietud que antes no había imaginado en él. Una luz se hizo en su mente y una sonrisa le vistió delante del espejo. Sin perder tiempo, Julián pidió al panadero bolsas de tela y a Iker que salía a faenar todas las semanas, mallas de sedal. Con las herramientas necesarias corrió a la plaza del pueblo y cazó todas las palomas que se cruzaban por su paso. Muchas volaban, escapaban de sus ansias de rapaz. Está majara, decían unos; le ha contratado el alguacil para exterminar a la plaga de palomas este año, decían otros. Pero ninguno se aproximaba a los inquietantes pensamientos de Julián. Las enjauló en el laboratorio apelotonadas. Juli -le llamaba- has llenado todo el pasillo de plumas, que están haciendo ahí adentro… Llegará el día, llegará, -se repetía mordiéndose las uñas.

Durante dos días se encerró en sus experimentos, comía tarugos de pan atrasado de varios días, hablaba con el mismo y sus cables, pilas, probetas, cuchillos, tijeras, bisturíes, pesos se amontonaban por toda la sala, hasta el punto de que en ocasiones las usaba como colchón para dormir. "Doña Agustina querría usted pasar al laboratorio conmigo, he encontrado por fin la fórmula de convertir la tierra en oro". Sus ojos se cristalizaron. Cuando entró, Julián la aporreó la cabeza y la tumbó en una camilla junto a una mesa donde una fila de palomas arrullaba pidiendo auxilio. Más allá una joven rubia, estaba sumergida en un bañera con agua. Y más allá un ataúd.

Por primera vez se sintió dentro de la piel de uno de sus personaje preferidos: Victor Frankenstein. Mamá cuánto te echaba de menos, pensó.

domingo 15 de enero de 2012

Troncos de encina

chimenea

Los años se consumen lentamente, como troncos de encina en la una chimenea hasta que solo quedan ascuas que apenas dan calor. Igual que acaba una Navidad Nevada añadimos otro tronco a la chimenea con la ilusión de que ésta arda con fuerza hasta el final.

El Capote de Akaki vuelve con una nueva imagen, con nuevas metas y espero que con futuras sorpresas. Tengo la sensación de que se avecina un año productivo artísticamente y de nuevas experiencias. Realmente tiene que serlo porque, aunque nunca he tenido nada en contra de los mayas, ya me están tocando los cojones con tanta presión apocalíptica. Así que "habrá que".

Sobre libros:
Para curiosidad de algunos, aquí van algunos autores que me he propuesto leer este año, que como veréis muchos son "clásicos" y de todos los géneros: Miguel Delibes y Camilo José Cela a tope, Carmen Martín Gaite, Juan José Arreola, Ramón J. Sender, Saramago, Ignacio Aldecoa, Albert Camus, Ernest Hemingway, Raymond Chandler, Fitzgerald, Ray Bradbury, Frederick Pohl, Eduardo Laporte y Cristina Cerrada. Si me recomendáis algún otro libro concreto, sobre todo de esos desconocidos y de nuevos autores, encantado, porque son de los que me encantaría añadir a esta lista.

Sobre música:
El 2011 ha estado lleno de música: Slash, Dreamtheater, Lacuna Coil, Iron Maiden, Lujuria, Épica, The Offspring, Muse, Mark Knofler, Avenged Sevenfold, Machine Head. Y este año me gustaría ver  si es posible a Berri Txarrak, Scout Niblett, Queens of the Stone Age, Russian circles, Beirut, y por supuesto Tool (si saca otro discazo).

Por cierto, escuchad a un fantástico grupo que se llama Camiseta de Ganchillo y que dará que hablar este año. Podéis escuchar (y bajaros) un directo que grabaron hace poco aquí: Camiseta de ganchillo.

Bienvenidos a la inauguración de un nuevo tronco de encina sobre la lumbre, hasta pronto vaqueros.

miércoles 28 de diciembre de 2011

Navidad Nevada/Feliz Navidad III

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Me gusta el invierno, el tiempo, el silencio, pero no el frío tan dentro de mi, no el despertar con él adherido a los pies. Y en estos días florece conmigo ese miedo a la realidad ruda y cutre, a la simpleza de la felicidad y la complejidad de su ausencia. El resentimiento es inevitable cuando observo desde el tren la calidez de los besos ajenos en los andenes y su profundidad hiere si no es retirada a tiempo.


En estos días se marchitan las ilusiones y se dejan entrever entre las hojas secas los anhelos de tiempos mejores ante la no existencia de otros que pudieron sustituirlos. Tiempos pasados relucientes que aparecen cuando el vaho de la boca choca con las ventanas de las casas. Me gusta andar sobre el cemento de las calles, notar el crujido del suelo escarchado y observar la sombra pegada a mis pies. Escapa, la digo a veces, escóndete en la oscuridad, que tu presencia pesa en mi como si fueras mi cuerpo, mi carga. Y en estos días las presencias se cruzan conmigo en tonos ocres y apagados, se mueren en sus preocupaciones y reviven con las sonrisas del cariño. Me gusta el invierno siempre que fue compinche del amor, de la necesidad de calor y su búsqueda en el abrigo humano. Aunque el invierno también es compañero de la tristeza si llegaste tarde a su entrada. Y en estos días las lágrimas no pueden salir porque el frío las congela y cristalizadas hacen daño en los ojos, arañan si intenta salir, por lo que aguantas, tragas saliva, aguantas esperando que un beso cálido la derrita. Me gusta el aire gélido en mi cara, dejar de sentir la piel, dejar hablar al silencio al saber el riesgo de abrir la boca, crear con los dedos surcos en la nieve sobre las barandillas, dibujar dos puntos y una sonrisa. Y en estos días llamas a la puerta con guantes de seda. Si me congelo que sea en cenizas vivas, si me hielo que sea en sopa de perdigones que hace mi abuela, si el frío mata que sea por calcinación y que los rescoldos no dejen de arder.

Esta es una entrada especial porque todos los años por estas fechas una necesidad me obliga a escribirla. La misma necesidad por la que las personas no pueden encerrarse en sí mismas. Si no lo hago, estallo. Otra navidad para tachar en este blog con palabras cruzadas, otra navidad muy parecida a las anteriores. No me gusta el invierno cuando es solitario y lo amo cuando la soledad es lo que buscas. Amo el invierno en su superficie y lo odio en su interior. A pesar de ello, no deja de ser mi estación preferida. Sé que algún día la antítesis que presenta mi Navidad Nevada se diluirá con la niebla dejando ver un camino brillante de único sentido, cubierto por un manto de piedras en las que estará tallado el sentido de la vida. El cuándo es incierto y mientras solo pueda esperar, esperaré, solo mientras. En estos días, aguantad con abrigos el frío y disfrutad una Feliz Navidad y un Nuevo año con los vuestros. Hasta pronto vaqueros.

P.D.: Este blog recibirá una importante renovación de diseño en el próximo año, digamos que ya toca.

martes 20 de diciembre de 2011

El chicle

pantalones

Toqué con la punta de los dedos un chicle debajo del asiento en el tren, estaba duro así que imaginé que llevaba bastante tiempo adherido al plástico como un percebe en las rocas. Ahora que lo pienso, tenía la misma textura que un moco pegado por mis sobrinos debajo del somier de la cama de invitados. 

Es probable que la chica que estaba enfrente mía haya dormido con su novio en la ciudad y cogía conmigo el tren de vuelta que la llevaba a casa. El novio le había forzado a acostarse con él cuando ella lo único que quería era dormir y que la mañana del día siguiente llegara pronto. Fue un error quedarse en la ciudad, fue un error confiar en él. Ni si quiera se había quitado el maquillaje de los ojos por esa misma dejadez forzada que sintió durante todo la noche con sus estúpidos amigos. La chica volvería a pintarse los ojos delante mía, borrar las marcas de sudor para dibujar un nuevo día en su rostro. Era atractiva, no se por qué, pero lo era, y cuanto más me fijaba en sus rasgos, más me lo parecía. No se de donde vino la idea pero empecé a arrancar el chicle debajo de mi asiento. Se resistía. Ella vestía pantalones rosas ajustados, llamativos pero sin resaltar sobre su camisa blanca y rebeca negra. Y así empecé a imaginar con la textura ese chicle que había perdido su elasticidad y sabor, aunque mantenía su color rosado, de fresa. Rascaba y rascaba con el dedo índice, apretaba con las uñas hasta hacerme daño, buscaba la ranura, el eslabón débil de ese chicle petrificado, un fósil que ya no estaba pegado al asiento sino que formaba parte de él, de su estructura, de las células muertas, de su ADN. 

La chica acabó de maquillarse, sacó un collar del bolso y se lo abrochó al cuello. Era de piedras azules y transparentes, con una rebaba en sus vértices que mostraban lo miserable y rastrero que había sido su novio el día de su cumpleaños, y, sin embargo, se lo ponía delante mía sin vergüenza alguna. El maldito chicle empezaba a sonreirme con su deslizable piel, de vez en cuando soltaba pequeñas partículas y se regocijaba maliciosamente por mi afán inútil de sacarle de su casa. Había vivido probablemente años pegado al asiento, ¿por qué iba a sucumbir a un idiota cabezón? La chica echó un vistazo a la Blackberry y no supe si sonrió o me insinuó algo con su boca de labios latinos. Me enfurecí de tal forma que busqué en mi bandolera, un objeto duro, afilado, para destripar esa espinilla de color rosado. Unas llaves. Las disimulé pegándolas a la muñeca y empecé a escarbar debajo del asiento, escarbar con las mismas ganas de aquel que encuentra un antiguo baúl debajo de la tierra. Sonreí al notar como el chicle perdía fuerza ante el desgarro de su cuerpo en trozos pequeños que caían al suelo. Realmente llevaba mucho tiempo allí pero mantenía el olor a fresa que se entremezcló con el perfume barato de la chica. Rasqué y rasqué clavando las llaves en mis dedos por la fuerza que oprimía sobre él, presionando con ansia y llegando a rozar el éxtasis llegar a la catedral de Santiago después de quince días.

La chica empezó a llorar y hablar al aire desesperadamente. Su barbilla temblaba como el motor de un cuatro latas recién arrancado. No se por qué, pero le ofrecí la mano y me miró extrañada sin hacer un movimiento. Estúpido yo, que nunca había hecho eso con nadie, sentí una vergüenza descomunal y volví al chicle debajo del asiento. Estaba rasgado, herido. Me tiré al suelo y empecé a buscar los trozos con la misma desesperación que la chica recogía con las manos las lágrimas de sus mejillas. Me percaté de que ella no daba a basto en retirar lágrimas y éstas empezaban a desbordarse de su cuerpo hasta caer al suelo y formar un charco que cada vez iba haciéndose más grande. Los restos del chicle estaban desperdigados, consecuencia de un fusilamiento despiadado. Los recogí uno a uno antes de que el charco de lágrimas de la chica llegara a ellos. Cuando los tuve todos en la palma de mi mano los aplasté para pegarlos en el asiento sin éxito. En un momento de incertidumbre pensé en algo asqueroso pero que no dudé en llevar a cabo. Tumbado en el suelo del vagón, con los pantalones mojados del torrente lacrimógeno de la chica, acerqué la mano a los trocitos de chicle y los chupe con ansia. Todavía tenían un cierto saber a fresa. Tras babearlos durante unos segundos noté que los fragmentos se reblandecían, perdían su dureza inicial para ser nuevas formas supurantes de saliva y microbios varios. Intenté pegar las partes fragmentadas y pegajosas al chicle duro. No era posible, se trataba ahora de dos masas con diferente estructura, separadas por mi crueldad y empeño, sin empresa justificada había separado la piel de la carne.

Sonó el teléfono de la chica, retumbó en mis oídos como el mazo al chocar contra la mesa de haya adjudicando una sentencia firme. El manantial dejó de brotar. La chica cogió el teléfono con desgana mientras yo me levantaba del suelo y volvía a mi sitio, enfrente suya. ¿Qué hacia tirado debajo del asiento? Una voz cuchicheaba lejana y la chica se llevó la mano a la cabeza. Por un momento me quedé en suspense con la palma húmeda con trozos de chicle pegados, con un agujero en mi pecho intentando escuchar la voz tímida del audífono y con los violines de Hitchcock martilleándome la cabeza. La chica no dijo palabra y colgó el teléfono. Tres segundos pasaron hasta que en un arrebato empezó a sollozar, esta vez con más ahínco, buscando aire entre las mangas y lanzando chorros de lágrimas. Dos mangueras de bomberos fuera de control expulsaban cantidad inimaginable de agua a una velocidad increíble. Con las manos intentaba retirar los chorros para que no me dieran en la cara. No tarde en darme cuenta que estaba dando golpes al asiento para pegar los trozos al chicle, una voz me decía que tenía que unirlos, volver a juntar lo que había destruido. Me derrumbé cuando observé en una mano todos y cada uno de los fragmentos. No se había pegado ninguno. La chica se tranquilizó sin razón explicable y al mirarla vi otra mano sobre la suya, la agarraba con fuerza. ¡Era la mía! Notaba su corazón a través de mis venas, hacía movimientos lentos y regulares. Solté los pedazos de chicle en mi otra mano y crucé mi ojos con los suyos. Eran marrones, muy oscuros, de chocolate negro y lo que quedaba de sus lágrimas debajo de las pestañas brillaban al resistir deslizarse sobre su cara. Sus mofletes eran de bizcocho de arándanos y estaban sonrojados. Veía el deseo, la inocencia adulta de una mujer precoz. Gracias, me dijo, y salió del tren. Miré la mano que mantuvo la suya y en ella había un chicle verde, masticado, esponjoso, brillante y con un ligero aroma afrutado. Lo pegué debajo del asiento. Tal vez algún día vuelva a encontrarlo.

[Foto de: Justagirl]

lunes 12 de diciembre de 2011

RAEDOS: Capítulo 5

RAEDOS: Capítulo 5

Aprovechando que estamos en invierno, he querido recoger esta vez palabras encontradas en mis lecturas que me causan esa aspereza y frío característico de “mis inviernos”, que se representa incluso en la propia sonoridad de las palabras al decirlas en alto. Así, por ejemplo, “gélido” es cortante, tanto que puedes notar la cuchilla del frío sobre tu garganta y “hosco”, el sonido entre la “s” y la “c”  es rudo, bruto, duro. Así se presenta el capítulo 5 de RAEDOS. Y como siempre agradecer a Maria Moliner por su fantástico diccionario (a la RAE no la tengo mucho aprecio).
 

El capote de Akaki Akakiévitch Copyright 2005-2011