miércoles, 16 de julio de 2014

El coleccionista de momentos


Se paró, cerró los ojos y tapó sus oídos con las manos. Pensó exhaustivamente en lo que acababa de vivir, memorizó cada imagen, olor y ruido con sumo cuidado. Pasó un examen sensorial por cada fotograma como un proyector de diapositivas. Podía tardar segundos en realizar este proceso, pero esta vez le iba a llevar mucho más tiempo. Todo había sido eclipsado por ese momento y nada tenía sentido más allá.

Alfonso pudo empezar la colección de coches metálicos del kiosco, comprar los cromos de jugadores de fútbol de la liga o completar un enorme catálogo de hojas de árboles y plantas como hubiera hecho cualquier chico. Pero no, a él le gustaba coleccionar momentos y ponía todo su empeño y capacidad para crear la compilación perfecta. No necesitaba apuntar nada, lo tenía todo en su cabeza, ordenado por personas, objetos, palabras, olores. Si se encontraba con momentos que no le gustaban, los ignoraba. Sin embargo, si le emocionaban, quería recordarlos para siempre y por eso los diseccionaba con precisión, analizaba los compuestos que los hacían brillantes y únicos y se zambullía en ellos cuando quería.

Hasta aquel día. Alfonso nunca se paró a pensar cómo de grande era su biblioteca de momentos. Hasta aquel día, desconocía que aunque tuviera muchos, uno solo pudiera hacer ocupar todo su capacidad. Hasta aquel día, su torre de Babel no se había derrumbado de una forma tan frágil y espontánea. Hasta aquel día, no había visto algo tan hermoso capaz de paralizarle el corazón de forma súbita. Y no estaba dispuesto a perder aquel momento.

Dedicó horas, días, noches, semanas, pensando en él, con tanto ahínco que se olvidó de comer, de dormir. Adelgazó hasta que sus huesos se clavaron en la piel, perdió sus sonrojadas mejillas y decir cualquier palabra le agotaba. Pasaba mucho tiempo con los ojos tapados por las manos hasta casi perder la vista. Enfermó y en un último hilo de voz antes de morir abrió los ojos y levantó la cabeza con una sonrisa.

—Ya te tengo —dijo y se dio cuenta de su fatídico error.

domingo, 15 de junio de 2014

Samsa ha muerto

Samsa I 

No sé si se ha ahogado porque el sistema no le dejaba respirar o su transformación sucedió por la sequía de acontecimientos en un mundo que cada vez tuvo menos sentido para él. El caso es que sus raíces se pudrieron día tras día y su bella forma redondeada se empezó a parecer a un puf con pinchos. Fue todo tan lento pero a la vez tan intenso que su degradación fue imparable, no pude hacer nada. Ahora está flácido, es solo púas, ha muerto.

Tal vez el destino lo quiso así desde el principio o tal vez fui yo quien le precipitó a tales consecuencias por ponerle dicho nombre. Igual que Samsa se convirtió en escarabajo, él en un puf. Igual de denigrante, igual de agónico.

Mientras, su fiel compañera Madame Bovary le observa a su lado perpleja y triste, pero ella es más fuerte, su historia todavía no estás escrita, o sí. ¿Y si la muerte de Samsa sirvió para eso?, darme la conciencia de que a los cactus hay que regarles poco.

Menos mal que Samsa II vino para sustituirle porque sentía un vacío dentro de mí que no sabía como sobrellevar. Haré coincidir su proclamación como nuevo Samsa con la del rey.

Samsa II y Madame

sábado, 24 de mayo de 2014

¿Qué tienen que ver unas aceitunas con votar en las elecciones?

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Fue sentarnos en la terraza y saborear ese mediodía de primavera, un sol espléndido, pero sin llegar a sofocar, y una brisilla del Norte, pero sin llegar a molestar. Esperamos al camarero que estaba un poco ocupado, pero en cuanto levantamos la mano vino hacia nosotros a tomar nota. Me sobrevino un antojo, hace tiempo que no comía tortilla de patata, mi madre era alérgica al huevo y desde entonces a no ser que fuera a casa de la abuela, ni la olía.

—Nos pones dos cañas y, ¿puede ser un pincho tortilla?

El camarero asintió con la cabeza. Al cabo de un rato, llegó con la bebida y unas aceitunas. No le dimos importancia al tema de la tortilla. Tenían buena pinta también.

—¿Qué tal con Laura? —pregunté a Juanjo.
—Pues que no tiene futuro, mira que lo intentamos, pero siempre pasa lo mismo, acabamos con regañinas, discusiones, gritos, ella llorando, yo jodido y al final todo se arregla acostándonos juntos. Lo de siempre…
—Joder tío, no tiene sentido que sigáis, va a acabar mal.
—Ya lo sé.

Nos terminamos las cañas y pedimos otra ronda. Deseaba que ese momento no acabara nunca. No recordaba un día como aquel. También pedimos otra vez tortilla, pero ni caso, el camarero seguía con las putas aceitunas.

—¿Y tú?, ¿qué tal en el curro? —me preguntó.
—Explotado…¿y sabes lo que más me jode?, que se sigan riendo en mi cara, con que las cosas ahora funcionan así, que otros estarían contentos de ocupar tu puesto, es una vergüenza.
—Cagüen la puta...

En un momento de silencio escuchamos a los chicos de la mesa de al lado. Discutían sobre las aceitunas, les había pasado lo mismo que a nosotros. Después de ponerle fino al camarero, uno de ellos se levantó y se fue a la barra. Mientras, el camarero vino a nosotros y pedimos otra rondar Insistí con la tortilla. Fue curioso porque después de que el chico montara jaleo en la barra, nos pusieron aceitunas otra vez, pero esta vez machadas. Estaban buenas, pero ya estaba mosqueado con tanta aceituna.

—Oye, ¿dónde vas a ver la final de la Champions?
—Pues a ver, mi chica me ha liado con que si sus amigos van al bar tal, que si van a hacer no se qué, el caso es que me da igual, mientras vea el partido.
—Váis a palmar como unos cabrones.
—Que te den.

La brisa de la terraza ahora era más fresca y empezó a nublarse. Parecía que de un momento a otro se iba a poner a chispear, esa lluvia que no moja pero ya te jode el día. Los chicos de al lado al final mandaron a tomar por culo al camarero y se fueron.

—Me estoy empezando a helar.
—Y yo a lo tonto voy entonado.
—Ya ves, venga, ¿nos echamos la última?
—Más aceitunas.
—Venga anda.
—Okey.

Levanté el brazo y le indiqué al camarero moviendo la mano en círculos.

—Por cierto, ¿mañana vas a ir a votar?
—Puff, pues no me apetece nada, pero habrá que ir, ¿no?
—Es una auténtica mierda.

El camarero trajo más aceitunas. Entonces cogí una y la miré detenidamente. Un afluente de información me vino a la cabeza empujado en parte por el alcohol en sangre. Por un momento supe como me sentía exactamente. Saqué mi libreta y con un boli apunté:

Votar: pedir tortilla sabiendo que vas a comer aceitunas.
No votar: comerte las aceitunas del resto, aunque luego pongas una reclamación de mierda.
Salir a la calle: Ir a la barra a pedir la tortilla.
Liarla en la calle: Irte sin pagar.
????????: Irte a otro bar si en la barra no te dan tortilla.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Llamémosle momento Caballero

Momento caballero 

Tenía unas ganas de espanto de hacerlo aunque ya fuera mayorcito.

En una mano tenía un rollo de papel higiénico con dos vueltas justas y en la otra, una cerveza sin alcohol con gotas chorreando por todo su costado circular. Con mi boca salivando, lo dejé sobre la mesa junto al portatil y los rotuladores de colores y me quedé mirando mi reflejo en la televisión apagada. Allí estaba yo, sentado en el sofá de casa, con mi chándal Adidas de hace diez años y una sonrisa placentera de oreja a oreja. Antes, me había asegurado de que nada interrumpiera ese momento. Llamé a mi madre y le pregunté dónde estaba. Con las amigas, tomando unas cañas, me dijo. Sublime, espléndido, increíblemente perfecto, pensé. Iba a comenzar lo que podría llamarse el momento caballero.

Con parsimonia me decidí a preparar el ritual, aunque éste fuera simplemente extender el papel, y poner cierto material estimulante procedente del disco duro de mi portátil. Podría recordar muchos otros buenos momentos, desde el segundo polvo con tu novia (el primero siempre es un desastre), hasta el premio internacional a la mejor campaña para un festival, de cine porno claro. Pero aquello era diferente, era lo más simple del mundo ni suponía comeduras de cabeza, yo mismo lo hacía y a mi mismo me causaba placer, no necesitaba de nadie. Y el caso es que hacía tiempo que no encontraba ni lugar ni tiempo para recrearme en el "caballero".

Dí al play y me puse manos a la obra. Cogí el material con las dos manos y empecé fuerte, con movimientos precisos y premeditados. Tenía algo dentro de mí que quería sacar pero, eso sí, con tranquilidad y maña para disfrutar de los detalles. El vídeo del portatil guiaba mis manos haciendo más interesante cada gesto en cada paso. Repetí el mismo movimiento sucesivas veces pero siempre dando un ángulo diferente. Mi excitación subía y mi caballero no tardó en presentar buen aspecto, esta vez era más grande de lo normal, estaba exhuberante. Sentí el orgullo en mis entrañas al imaginar el resultado final aunque estuviera en plena creación todavía. Entonces, llegó el momento estrella, decidí ponerle más historia a aquel acto. Cogí los rotuladores de la mesa y pinté a mi caballero con locura. Un toque por aquí, otro por acá y aquello tenía otro color, más potente, más pasional. Rejuvenecí recordando viejas travesuras de pequeño.

Y al final sucedió lo esperado, un orgasmo pletórico donde las facciones de mi cara se dislocaron para dar por terminado el éxtasis. Abrí la lata de cerveza para escuchar con deleite el sonido chocante y fresco del trabajo bien hecho. Me recosté y miré con detenimiento aquella obra maestra que había entre mis manos babeando como un maldito Bulldog. Increíble. Aquella especie de origami-manualidad hecha con un rollo de papel higiénico y pintado de colores parecía realmente un caballero de juguete. Sí, había quedado perfecto para regalárselo a mi chica en San Valentín. Le encantaban las cosas echas a mano.

lunes, 21 de abril de 2014

La anciana del pañuelo negro

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La anciana del pañuelo negro en la cabeza podría llevar horas dando vueltas alrededor del carro. En un brazo sostenía una manta sucia y en las manos un par de cucharas. Dos caballos reposaban muertos en el suelo y de sus cuerpos nacía un hilo de sangre que desembocaba en un charco debajo del carro. Hablaba sola y cuando Robert la llamó, ni se dio la vuelta, estaba ausente. Solo buscaba algo, tal vez nada, y en ocasiones se agachaba para mirar o recoger algo entre los restos. Después seguía dando vueltas al carro, una y otra vez, nerviosa, trastornada.

La anciana iba con su familia dirección a la frontera con Francia. Eran refugiados, eran de ninguna parte, dejaron su tierra atrás hace semanas, tal vez meses, y huían, como tantos otros, de la guerra. En los cielos los aviones silbaban y mandaban avisos de terror. Decían que iban detrás de ellos, que no dejaran de andar. Esta vez las bombas cayeron y las ametralladoras barrieron el camino. Ella se escondió detrás del muro bajo que lindaba con las tierras. Los aviones hicieron volar en pedazos carros, personas, animales y todo lo que pillaron a su paso. Llenó de polvo un campo árido y seco. Y después, un silencio sepulcral, el mismo que había antes del bombardeo. No llegaron lamentos, era la única superviviente.

Robert tomó varias fotografías a la anciana, atónito a sus gestos perdidos. Su carro era lo único que le quedaba. Toda razón de su existencia estaba allí y ahora no servía de nada, eran amasijos de madera, hierro y carne muerta. No era capaz de entender qué había pasado, qué eran esos ruidos y por qué se habían llevado a los suyos, ahora. ¿Acaso podía pensar dónde ir?, ¿acaso podía imaginar que había algo más allá de aquel carro que tuviera sentido? La impotencia de Robert subía por su garganta en un estío que no le dejaba pensar, solo tomar fotografías. Veía a aquellas personas, sufriendo en la guerra, ni siquiera la de su país, pero en la que estaba inmerso como si fuera la suya. Pero él apenas podía plasmar en celuloides en blanco y negro la tragedia que presenciaba cada día. Estaba dentro de la vida de aquella gente, estaba fuera de su miseria sin poder cambiar nada.

La guerra es un mal obtuso, borroso, del cual no puedes resarcirte, porque aunque consigas alejarte de ella, está dentro de ti. Eso pudo haber dicho Robert Capa.

Fotos: Guerra civil española, refugiado en Tarragona, 1938, Robert Capa.

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martes, 25 de marzo de 2014

Soy parte de una ciudad enferma

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Soy una persona que se enrolla a las barras del metro como una serpiente en la rama de un árbol. Paso una pierna por delante de la barra, después otra y me aferro a la firmeza como una hiedra en la pared. Está fría, sin vida, pero es real. Observo como la gente me mira extrañada. No sabe lo que hace, está perdido en la locura, está mal, piensan. Pero yo estoy más seguro, la barra es de acero y está clavada al suelo, un suelo real. Ellos se mueven al vaivén del traqueteo de los vagones, pierden la estabilidad en un simple giro, anonadados en sus móviles, frágiles en la calle. No son de nadie, son de la ciudad, su cuerpo no es suyo, el tiempo no es suyo, la vida no es suya. No me gusta pertenecer a nadie, moverme sin que sean mis pies los que lo hacen, es olvidar qué buscas, es mantenerte en continuo cambio, es el simple hecho de dejarse llevar, es desprenderte de ti.

Suelto la barra, oscilo. Una parada y he llegado. Tengo miedo y asco, no de mi, como me susurran sus miradas, sino de lo que me rodea, de las cucarachas en los vagones de metro, de las ratas que se mueven en todoterrenos, de que me roben lo que es mío con promesas incumplidas, con ilusiones baratas y engañosas. El reloj marca mi hora, es tarde. Caminaré hacia un edificio que es de cemento y ventanas de aluminio. Pero siento que no camino, avanzo pero mis pies no se me mueven. Otros me acompañan, me siento integrado, me siento bien y enseguida tengo ganas de vomitar. Me paro y me apoyo en la pared de un muro de ladrillos mohosos. Están fríos y ásperos, pero anclados al suelo, un suelo real. Respiro fuerte. Ahora ellos pasan a mi lado, siguen por su carril y me miran de soslayo, extrañados. Algo le pasa, está mal, piensan. Soy parte de una ciudad enferma. Aunque no quiera andar, ando, aunque no quiera ser, soy. Como uno más de ellos.

 

El capote de Akaki Akakiévitch Copyright 2005-Cuando no tenga nada que decir al mundo