La noche en la que los lápices se convirtieron en panecillos


Erase una vez una casa donde vivía una familia normal y corriente como pudiera ser la tuya o la mía y que tenía las mismas cosas que podría tener una casa como la tuya o la mía donde vivía un niño como podríamos haber sido tú o yo y con una habitación como fue la tuya o la mía. Una noche el niño se levantó de la cama y encendió la luz de su mesilla. Y en cuestión de segundos quedó admirado por el desorden estructural en el que se encontraba su habitación. Se fijo que su lámpara se había convertido en un peluche de cuya nariz salía la luz. Los objetos habían cambiado de lugar en la casa de una forma disparatada y divertida. Las cortinas se habían convertido en sus pantalones y sudaderas que colgaban de una barra de pan muy larga. Era increíble que esa noche se hubiera acostado en coche acolchado con ruedas cuadradas sin darse cuenta. Los libros de dibujos se habían convertido en cepillos de dientes con su correspondiente pasa de dientes incrustados en cajas de cereales que hacían de estantería. La pared era de chocolate como el cuento de Hansel y Gretel y la silla un libro gigante sobre el gato Isidoro. Se dirigió detrás de la mesilla-lavadora y se dio cuenta que necesitaba poner las manos sobre el manillar de su bicicleta para abrir lo que era una gran ensaimada y no una puerta.

Y los peluches ahora eran cascabeles gigantes que sonaban al moverlos, iguales que los de su gato. Se miró los pies e incluso sus alpargatas eran ahora dos cruasanes que parecían recién salidos del horno. Era un sueño divertido porque las cosas no estaban donde debían estar, sino en el sitio más raro donde pudieras encontrarlas. El niño abrió la ensaimada y continuó hacia el pasillo.

-Oh, Bola de nieve, te has quedado para meterte en un buzón –susurro el niño al ver una carta gigante con ojos redondos y maullando.

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