Los comienzos de un superhéroe (I)

Todo empezó ese día que casi fui atropellado por un carrito de bebé. No un carro cualquiera, sino uno con el bebé dentro, que aunque parezca paradójico es muy distinto. Era una mañana de invierno que caminaba con espíritu desganado hacia las clases de idiomas. Me había saltado las tres últimas y la pérdida de otra clase podría desviarme del curso. La bufanda me cubría la barbilla y como es habitual en mí, caminaba mirando al suelo, quizás con las esperanzas de encontrar una nueva especie animal nacida entre el maravilloso paraje de la urbe. Al doblar la esquina del portal 32 de la calle Bertin Osborne mi ojo derecho detectó un objeto difuminado que se acercaba por la derecha rápidamente. Levanté la pierna derecha con “un movimiento de ciclista” como diría Francisco Ayala, un acto reflejo de una presencia inminente dentro de mi espacio vital. Ahí vi mi vida pasar por la mente en fotogramas. A la derecha se encontraba una mujer, de edad madura, en un estado letárgico provocado por la mañana, a juzgar por su cara descolocada. El niño, ignorante, estaba incrustado en el carrito como una pipa en la sandía, sin apenas percibir que ya había salido del lecho nocturno. Y yo, me había convertido en un animal: pierna levantada en posición flamenco, cara con los ojos completamente abiertos de mono asustado, y extremidades paralizadas como una mantis religiosa. He llegado a pensar que ese día nació un nuevo ser mitológico.
Giré la cabeza y me di cuenta que lo que se acercaba no era un carrito, era casi un Panzer alemán equipado con las últimas tecnologías en batalla. Gracias a Zeus el auxiliar de ametralladora incrustado en el carro, ahora comprenderéis porqué no es lo mismo con bebé o sin él, estaba somnoliento. Estaba seguro de que hubiera empezado a lanzar proyectiles contra infantería con la cara que ponen los niños al sentirse dueños de un juguete como la pala de la arena. Los neumáticos del carrito rozaron la suela interior de mi pie izquierdo. Sentí miedo, terror y pánico por mi seguridad en cuestión de segundos, pero afortunadamente un giró rápido de la conductora, que despertó, retiró de su trayectoria hacia mí lo que me parecía ya un verdadero tanque de combate. “Lo siento, lo siento” me dijo la mujer y yo asentí con la cabeza aceptando el despiste sonriente, pero era una sonrisa, si me permitís inventarme la palabra, polisimbólica, porque también estaba “acojonado”.
Esa fue mi primera experiencia con los carritos. Después se me pasó el susto y me imaginé un mundo lleno de carritos de bebé por las calles de la ciudad, en cada esquina podía estar apostado alguno esperando la llegada de su víctima, en cada portal de las casas podrían estar vigilantes para sorprenderte a la vuelta del viaje a por el pan, en los supermercados mirando a ver qué compras, hasta en la televisión pueden aparecer asediándote con la publicidad subliminal. Tres por uno que el segundo es a la mitad de precio, corre corre, pin pan, te regalamos un viaje a tilin tilín que son frescos, tinoninoino, una copa de regalo y con amortiguación de triple agarre, chián, como las balas, rebajas, último tonto que no tenga conexión es un delito, frenazo, quién lleva esta bolsa sabe elegir, pause, gracias por su visita. Y entonces fue cuando mi futuro se tradujo en palabras, mi cometido en el mundo, mi misión en la vida. Yo no era una persona cualquiera, era ya alguien distinto, sobre el que pesaban unas responsabilidades. Mi primer encontronazo con el mundo de la circulación de carritos no fue fortuito, me hizo pensar y encontrar mi lugar. Con los días empecé a fijarme en los carritos, su funcionamiento y su estructura, tanto que empezó a ser una obsesión. Era como un gato que acechaba las esquinas, que vigilaba las calles. Entonces recordé a mi gran héroe cuando era pequeño, quise parecerme a él y por ello me llamé “El chico Isidoro”. Me nombré superhéroe de los hombres, mujeres y los niños, de todos aquellos que han sido aterrorizados alguna vez por carritos de combate. A todos auxilio cuando tienen un problema, soy el que eliminará a los villanos de la tierra.

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