Un gramo



“Alquien un día me dijo que todas las personas al morir perdemos veinte gramos y que son el alma que deja nuestro cuerpo para volver a su origen, yo me lo creí junto a mi ingenuidad infantil. Sin embargo, creo que no es del todo correcto. De mi cuerpo ya se han ido veinte gramos y sólo me queda uno al que le están esperando el resto. Y escribiendo esta depravada carta, por favor que venga alguien y me lo explique porque ahora, postrado en mi silla con un lápiz en la mano, solo siento un ligero pesar en mi cuerpo y un vacío que me destruye. No fui capaz de mantener en la parte de arriba los granitos y tuve que dar la vuelta al reloj de arena y notar como poco a poco bajaban y la vida se pasaba de un lado a otro. Es fácil aumentar o disminuir granitos, pero lo más difícil es mantener los veintiuno. Y os preguntareis qué son esos gramos y por qué veintiuno. No lo sé, ni creo que nadie lo sepa, pero si que algún día habréis sentido ese hormigueo en el estómago que nos hace seguir viviendo. De ningún modo soy un vidente informal, psicólogo de reconocimiento mundial o profeta del vivir sino uno más como tú, en este mundo inexplicable, que en estos difíciles momentos intenta buscar una explicación.

Mi vida se resume en gramos perdidos sin ser capaz de conservar ni uno de ellos. Espero que mis fatídicos errores sirvan a otros como experiencia. No puedo, y no deseo vivir de esta forma, en una continua lucha conmigo mismo, con mis pensamientos, con mis obsesiones y con mi pasado. Y los remordimientos que me inundan cada noche, cada hora. No hay un solo minuto de está vida en la que no haya pensado en mis actos.

La angustia me corroe a mis treinta y cuatro años junto a mi cuaderno y mi lápiz, mi único tranquilizante. No tengo amigos y mi familia está se ha ido y ella está muerta. Mi perro, que siempre estuvo a mi lado, es el único que velaba por mi muerte hasta hoy. Y sé que me lo merezco pero, ¿por qué he tenido que llegar a esta situación para que me diera cuenta de todo?

Ahora entenderéis por qué tan sólo me queda un gramo de mi alma, que soy yo. El resto los perdí uno a uno en cada paso erróneo que di en la vida creyendo que la suerte y la confianza egoísta en mi mismo nunca me dejarían de lado. Y me equivoqué.

Este legado es producto de la necesidad de dejar constancia de que lo siento, lo siento por todos aquellos a los que les hice la vida imposible, y no me olvido de ti, viejo y fiel amigo Sabueso, el último en abandonarme.

Al llegar a la última línea de este papel escurridizo solo quiero caer en el olvido de este difuso universo tan grande para mí. Para ello haré llegar a la muerte antes de tiempo para dejar escapar de este cuerpo inútil el último gramo que le queda cometiendo mi último error.”

La policía entró en la casa rompiendo la puerta en pedazos. Uno de ellos se apoyó en la pared y echó un vistazo a la cocina. Un charco de sangre rodeaba el cuerpo de un perro tumbado en el suelo. Con las armas desenfundadas otros dos hombres avanzaron hasta la última habitación y allí estaba él, en la cama tumbado con una pistola en la mano y sangrando por la cabeza. En su mano había una hoja escrita con lápiz. En la última línea se leía una frase. “Recuerdo las bonitas margaritas que crecían en las primaveras de aquellos felices días de inocencia en el parque antes de tu llegada.

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