Perdido

Perdido en el espacio, entre paredes de cristal, sobre láminas de plata, cestas de mimbre, baras de mimbre, “que se doblan antes que partirse, de partirse”, esconderse, odio y desesperación, “de que soy el perro verde, el perro verde”, retraerse, cerrar la puerta, ojos esto no debieran conocer. Un alma suspira, un aliento como una brisa, risas, un alma que sobre un río salta entre piedra y piedra como una rana. “Volvería a atravesar las puertas del infierno”, acoplarme unos auriculares en las orejas y escuchar música hasta que los ojos caigan para vagar para siempre, “to roam forever”, saber, descubrir, coger mi guitarra y destruir el amplificador tocando hasta arrancar las cuerdas, hasta sentir el crujido en el cielo, en el suelo. Truenos y relámpagos tocan la tierra haciendo retumbar sus cimientos, los más profundos, árboles, flores, animales se consumen en una llama azul, casi invisible que los rodea como un polvo turbulento. El cielo cae, el cielo cae hasta atraparlo todo como una onda expansiva, verde, azul, cambiaba de color según tapaba el mundo, el sol también caía hasta desaparecer, oscuridad, solo las aureolas azules y casi invisibles se movían sobre la vida muerta. Sangre, sudor y lágrimas.

Lost in space, mundos paralelos entre sí, miles de años luz, donde todo es desconocido. Allí el troll se acercó corriendo, sin apenas aliento por la colina hasta tener una vista clara de su horizonte, todo verde y claro, aire limpió y suelo sucio y embarrado. La lluvia caía sobre su cara deformada, como un trozo de piedra. Allí en medio de un cenagal y rodeado de hombres acorazados, a kilómetros de distancia estaba ella, con una espada y un escudo, como uno de ellos más. Sabía que era ella, por como andaba, por su olor que captaba millas por la brisa de esas tierras lejanas, ese aroma que se introducía en su nariz arrollando su cuerpo, pasando por él ardiente, alcohol puro. Se sentó en la roca en lo alto de la montaña y los vio alejarse poco a poco hasta que ya tan solo eran hormigas, ínfimas motas negras. Sus dos ojos miraban al horizonte, su cuerpo enorme en una roca puntiaguda casi fundida sobre la que estaba sentado. Una Godetia en un frasco de cristal cerrada, hermética, que al abrirla ennegrecerá y morirá, bella y bestia. Se levantó, miró al cielo y gritó con todas sus fuerzas, una voz ronca emergió de entre las rocas hacia el horizonte. Ella echó la mirada atrás y no vió nada, solo la roca fundida con la tierra y siguió adelante. El troll se desplomó en el suelo y se quedó boca arriba, en sus pequeños ojos había algo, agua que se fundía con la lluvia, una gota más entre tantas. Se quedó allí tumbado mirando al cielo hasta que cerró los ojos.

El suelo mojado y la lluvia, aparecieron de nuevo truenos y relámpagos, el mundo se contraía sobre sí mismo, la llama azul por encima de todo, el cielo caia, despacio. Que se caia el mundo, el universo, que tiemble la tierra y se destruya todo, no gritos, no lloros, no dolor, solo silencio mientras todo se hunde bajo los pies, mientras el cielo cae aplastando todo a su paso hasta convertirlo en nada, absolutamente nada, solo una línea en el espacio, una ínfima y pequeña línea sin sentido en el universo.

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