Miradas



Pelo suave como la seda, ondulado como las olas, brillante, en ocasiones con destellos rojizos como el cobre, y con olor a frutas que se desvanece sobre sus hombros. Posó su mano sobre ella como si oro se tratase. Se dio cuenta.

- Oye, no me toques el pelo que no me gusta, te lo he dicho muchas veces –dijo ella apartándole la mano de su pelo.

Su dulce voz, quizás su delicadeza le impresionaba cada vez más, cuantas veces se lo abría dicho, cuanto le gustaba escuchar esas palabras tan simples. Y más la mirada que podría hacer temblar al más duro caballero de la edad media. Él siguió observando descubriéndole cada parte de su cuerpo como un mapamundi. Asia, África, mira ahí esta Australia. Montañas, llanuras, cada una con su sol y sus formas. Podía surcar por caminos entrañables o enormes praderas donde ver salir el sol. Vestía una minifalda con mayas por debajo, camisa blanca, quizás nada extravagante, pero si llamaba la atención a sus ojos. Estaba tumbada de lado en el suelo, sobre la hierba mirando a la gente pasar por el camino de suelo empedrado. Ahora le miraba a él como si aquellos fueran unos segundos interminables y por ello debía aprovecharlos.

- Ven aquí anda y abrázame. ¿Nunca te he dicho que eres un pesado? –volvía a decir ella, cogiendo su mano y llevándosela a la cara. Suave.

Él no dijo nada, se limitó a sonreír mientras esperaba que ella hiciera lo mismo, y lo hizo. Poco después apartó la mirada, siempre que se sentía observada fijamente quería pasar inadvertida, pero era imposible. Dibujó con los labios en el aire una palabra y ella la captó al instante levantando las cejas. Ella se acercó.

- No me mires así –susurró a su oído.

Hizo caso omiso y él levantó los hombros con absoluta tranquilidad y se dispuso a decir algo.

-Por que no –se anticipó ella ante cualquier duda. 

Volvió a sonreír sin hacerla caso. Era como un libro abierto y leído diez veces para ella. Pero lo que ella no sabía era que también era un libro abierto para él. Cada gesto, cada mirada estaban escritos o programados aunque diferentes en cada situación y cada momento, todos siempre eran únicos, y nada más perderlos de vista esperaba volverlos a encontrar. Cuantas veces habría deseado ese momento días, meses antes y ahora estaban allí sin más tumbados en el césped, apoyado uno sobre el otro. Siguió mirándola. 

- ¡Mirale! –dijo sonriente volviendo la cabeza un segundo.


 Quizás la ama tanto que no cabía lugar a palabras, o prefería dejar que hablase ella ya que escucharla era mejor que romper su voz. No sé como puedo aguantarte y no comerte a besos antes de que digas la próxima palabra, pensó él. Después de sentirse acosada con su mirada, ella se volvió a decirle algo, pero antes de que abriera sus labios, no pudo volver a juntarlos porque ya habían sido atrapados por otros misteriosos.

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