El pañuelo de seda

 
 [foto de wikipedia]
Con sus dedos finos y delicados tocó la postal que recibió semanas antes. La tenía guardada en el bolsillo derecho de su gabardina. Estaba delante de Ricardo, un hombre que quizás conocía demasiado bien.

–Has envejecido, pero te veo igual de espléndida –la sonrió.

–Creo que tú también.

Respondió rápido, quitándole importancia al paso del tiempo. Tras unos momentos de miradas Ricardo levantó levemente la comisura de sus labios miró hacia las estanterías llenas de libros. Comenzaron a andar por el edificio, en el centro había una exposición de artilugios de escritura.

–Me fui a Chile. Allí estuve los primeros años trabajando en algunos periódicos hasta que conseguí un puesto como profesor de matemáticas en la universidad de Santiago. Eso es lo que he hecho en todos estos años, desaparecer de aquí. Me jubilé hace unas semanas.

Ella esbozó una mueca de indiferencia.

–Resulta…enigmático, ¿verdad? – le clavó sus ojos azules–, después de tantos años sin saber nada de ti…desapareciste como si te llevara una tormenta de arena. Sin avisos, mensajes, sin que nadie sepa nada. Un día recibo tu postal, desde el mismo sitio donde nos vimos por última vez y aquí estamos de nuevo, en Alejandría, como si el tiempo no hubiera pasado ante nosotros.

–Sí, el destino parece juntarnos de nuevo.

–¿El destino?, tu nunca creíste en eso Ricardo. Me dejaste aquí sola.

Su cara se endureció y Ricardo desvió la mirada.

–Lo siento.

Después de tantos años, ella lo percibió como un pequeño soplido de aire que pasó de largo sobre su cara. Ricardo volvió a mirarla.

–Necesito tu ayuda.

Se le escapó una sonrisa al instante.

–Vaya, ahora necesitas ayuda. Te acuerdas cuando caminamos por este suelo, o bueno a unos metros de aquí exactamente. Una biblioteca de columnas enormes, colores radiantes y con figuras armoniosas. Por dentro pasillos largos, repletos de papiros, escritos. Precioso. Me gusta también como es ahora —miró el plano inclinado del tejado y los distintos niveles del edificio— me recuerdan las terrazas de cultivo de arroz, solo que aquí crecen libros. No queda nada de lo que nosotros vimos.

–El proyecto Ácaro acabó hace tiempo.

Ella le miró clavando sus ojos y volvió a sonreír.

–Cierto, nos expulsaron de él, fuimos como cobayas. Qué pena que no nos trajésemos nada, ¿verdad?
Ricardo abrió los ojos. Estaba perdiendo las riendas de la situación y se suponía que era él quien la había citado en Alejandría. Ella estaba demasiado tranquila y eso le inquietaba a Ricardo. Como siempre no había forma de que nunca le sorprendiera.

–Sí, claro. –contestó Ricardo.

Ella paró y le miró a los ojos. Sus cejas estaban my pobladas y alrededor de los ojos empezaban a dibujarse pliegues.

–En realidad era yo quien esperaba que me buscases algún día. Incluso temía que no lo hicieras y estaba empezando a preocuparme. Siempre supe que no dejarías pasar el tiempo sin más y morirte como un viejo más en este mundo. ¿Te creías que no hubiera sido capaz de encontrarte? Te esperaba.

Ricardo se mantuvo serio aunque no pudo evitar el leve movimiento de sus labios. Al final perdió la paciencia.

–¿Por qué?

–Porque siempre supe que un día  hallarías la solución al enigma y yo… —sonrió—, sí, es cierto que traje algo conmigo de nuestro viaje.

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