La llama azul: Luciérnagas

Sus pies alcanzaron una pequeña cumbre desde la que se divisaba todo el valle, verde y espeso. Los árboles dejaban un fino hueco por el que pasaba un río que se movía por toda la ladera serpenteante hacía el Este. En el bosque se podían distinguir un verde más claro cerca del río y más oscuro fuera del valle. El sol empezaba a esconderse en el horizonte y tendría que buscar un lugar donde pasar la noche. Afinó la vista y escondido entre árboles distinguió un objeto con una forma cuadrada. Seguramente fuera una torre vigía abandonada hace tiempo por los hombres. Pensó que quizás fueran allí al día siguiente. Todavía no se había encontrado con ninguna criatura. Ni siquiera podría distinguir lo que le rodeaba, todo parecía igual, las mismas especies, plantas, árboles. Todo, menos ese sonido que todavía no sabía de donde procedía, debía venir de lejos pero lo escuchaba detrás de las orejas. Parecía que les vigilaban.

Se sentó y su perro se quedó mirándole con ojos de súplica y las orejas puntiguadas levantadas. Era hora de comer algo. Allí mismo sobre varias piedras grandes abrió su mochila de piel y sacó unas ricas tostas de trigo y envuelto en hojas una pasta hecha de maíz. Sacó también una cantimplora de la que dio de beber a su perro. En el suelo le dejó parte de su comida. Troll tuvo la impresión de que pronto se quedarían sin comida y tendrían que empezar a buscarla. Un aullido resonó a sus espaldas. Troll se levantó y miró hacia el valle. La oscuridad cernía sobre él y algunas luces se veían desde la cumbre. Eran como luciérnagas, pero debían ser enormes al ver su luz desde tanta distancia. Sentía mucha curiosidad por saber qué era aquello.

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