La llama azul: Hojas de Otoño


 


Era Otoño, semanas antes, y las hojas caían amarillentas en el suelo, bajaban despacio mecidas por el viento que jugaba con ellas moviéndolas de un lado para otro. Troll la había visto en la ventana y esperaba apoyado en troncos de madera amontonados en un lado de la casa. Jugaba con una rama moviendo la arena. En unos minutos ella apareció, con sus cabellos negros y lisos que caían sobre su camisa con ornamentos en su pecho. Llevaba una falda roja hasta el suelo. Se sentó a su lado. Extrañó sus ojos, su mirada. Troll esperó.

“Hace tiempo que estoy a tu lado -dijo Navia y paró- ¿Sabes que siento Troll?, que dentro de ti veo a la persona que quiero, pero al mismo tiempo no puedo hacerlo. Es como si algo, y no es que fueras tu…- le dijo tocando su cara rugosa- hay tantas cosas que veo en ti pero también otras se desvanecen y me nublan la vista. Necesito una señal que me hable, que me diga. Tengo la sensación de que tengo que ver, conocer otras cosas, otras personas para darme cuenta de lo que significas para mí, para ver que, sin duda, me arrepentí de no valorarte, de no darme cuenta antes de cosas que solo me dabas tú, que tu de verdad eras el que estaba siempre ahí. Eso, de alguna forma lo pienso, pero no lo siento y es como si no existiera. Y quizás al salir ahí fuera, encuentre algo y...ya no tenga sentido, o caiga en ello y quizás desee volver y te quiera más que nunca o quizás desee amarte y ya no estés. Supongo que todo forma parte de algo que no sabemos. Ojalá me llegue una señal, ojalá ocurra algo que me muestre todo con claridad pero no llega, Troll, no llega. Ojalá lo haga pronto.”

Navia le miró a los ojos.

“Mírame Navia. Sabes que yo siempre estaré ahí, esperándote…” dijo Troll.

“No. No quiero que siempre estés ahí, no quiero saber eso, no me digas eso.por favor. Quiero que tú vivas, sigas tu camino. Un día lo entenderás, y quien sabe, quizás cuando llegue ese momento yo sienta la necesidad de querer tenerte de verdad y me tengas a tu lado”

Troll tenía los ojos vacíos, quería sentirse triste pero no podía, quería gritar pero tampoco, de alguna forma sabía que un día llegaría ese momento y ya antes de que llegara lo había sufrido. En el aire se apreciaba un olor a miel, muy fino y las hojas yacían en el suelo anaranjadas. Ella esperaba algo con su sonrisa inocente y sus cejas levantadas, pero él miraba sus manos y después la lluvia de hojas que había a su alrededor como una aurora protectora.

“Necesitas ser feliz” murmuró Troll.

Navia alargó su sonrisa, y una lágrima se le deslizó por la mejilla solitaria. Le acarició las manos con delicadeza, como si los sentimientos traspasaran sin dificultad la piel. Le resultaba a ella tan difícil asentir, tantas dudas recorrían su mente, estaba en un punto muerto donde no sabía dónde mirar, no sabía hacia donde caminar. Quizás las señales no existían, y buscara sin sentido, o quizás sí, y llegaran pronto, o quizás estuvieron ahí siempre. Troll permaneció inmóvil e inexpresivo, apretó su puño fuerte y después lo aflojo, sin fuerza. Se fijó en su cara suave y clara, delicada, tan preciosa como siempre. Sus ojos brillaban, como el reflejo que nos devuelve el agua por la noche. Era ella.

"Te quiero", dijo Troll en sus adentros, como un eco ahogado en su garganta.Y vió su respuesta en sus ojos. Brillaban, extraordinarios, junto a una sonrisa, triste y hermosa a la vez. Era ella, preciosa, única, ella.

El silencio volvió entre los dos. Las hojas de Otoño se deslizaban hacia la tierra, despacio.

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