La suegra negra [15:09]

15:09

Luisito sacó un pañuelo del bolsillo derecho de su chaqueta. Limpió los restos de sangre que quedaban en el filo despacio. A pesar de que debería salir cuanto antes de allí, quería disfrutar de esos momentos que había imaginado en muchas ocasiones. Tendida en el suelo, un cadáver, endeble, solo de huesos y piel arrugada, que ya había empezado a descomponerse antes de morir. Sonrió.


De repente, escuchó abrirse la puerta y en el umbral apareció el nuevo novio. Su cara se congestionó, con los ojos fijos en la vieja del suelo. Miró a Luisito y apretó los dientes.


- Qué coño has hecho desgraciado –dijo.


- Te he ahorrado un suplicio. Apártate o te lo clavo igual que a la vieja –dijo levantando el cuchillo.
Por un momento dudó en quedarse ahí quieto o dejarle pasar. Por muy fuerte que fuera un cuchillo se clavaría en sus carnes sin apenas notar como tocaba sus órganos.


- Mírala. La ves, ¿no?, una vieja de mierda que apenas podía tenerse en pie. Cuando me casé con su hija, me utilizó como un títere para sus negocios con la droga, me manipuló, me chantageó, mientras tu nueva esposa no quería enterarse de nada. Me echó de su casa, ideó una forma de la vida. Y por si fueran poco después me amenazó con matar a mi hijo si no seguía haciendo sus trabajitos.


El hombre pingüino por un momento parecía perplejo, pero después sonrió. Y entonces Luisito se quedo de piedra, cuando detrás del joven vio a la suegra negra. No será posible, pero estaba allí de pie, idéntica a la que hace un momento había acuchillado hasta hartarse. El pánico volvió a correrle por las venas, por un momento sintió que estaba loco y que esa mujer realmente era invencible.


- Sí Luisito. Esa no era yo. Una lástima por mi querida Belinda, tuvimos grandes conversaciones sobre arte contemporáneo. Como ves aquí descubres quién ha sido el más ingenuo de nosotros. La Suegra Negra nunca morirá hasta que Dios lo quiera.


La suegra negra ladeó la cabeza y sacó su sonrisa más sarcástica que tenía mientras otro hombre enrome apareció por detrás. El pequeño cuchillo de Luisito se quedó ridículo ante el puñal del hombre.


- Frederic, ya puedes sacarle los ojos a este grajo, y si quieres, con un abrebotellas, como si quisieras descorchar dos botellas de un vino pésimo. Y despacio por favor, que quiero verle llorar…am no, sin ojos no se podría…

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