miércoles, 26 de agosto de 2009

Mi camino de Santiago


Antes de nada, como siempre, hay que añadirle algo de música. Este es un tema que me trae buenos recuerdos:





El camino empezó un poco extraño(como me suele ocurrir a mi y a nadie más), veinte minutos antes de salir dirección para coger el tren cae un chaparrón enorme en la ciudad que convirtió las calles en ríos de agua. Y ahí estaba yo con mi mochilón, mi único par de zapatillas que podía llevarme sin poder pasar la calle porque si no me calaba las zapatillas. Así que de vuelta a casa a coger otras zapatillas para luego cambiármela cuando pasará el río…. En conclusión, que parecía que alguien no quería que saliera de allí. Pero finalmente llegué a la estación de Chamartín por donde deambulaban ya grupos de mochileros con vieiras.

Los días en el camino fueron largos y también con mucho significado, cada uno de ellos. El primero fue el día de la gloria del novato, el segundo fue la caída del reinado, el tercero el renacimiento de las fuerzas, el cuarto fue el imperio contraataca y en ella sucedería la batalla que decidiría la guerra, el quinto fue la calma que procede a la satisfacción por la victoria, y el sexto fue la llegada exhausta y triunfadora, la conquista del último enclave.


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En el tren de ida ya conocí a los que sería algunos de mis compañeros en el camino, y que me encontraría varias veces. El primer día anduve y anduve y todo bien, a paso ligero, sonriente y contento, haciendo muchas fotos, hablando con la gente, con un único descanso para comer algo. Pero después de la etapa, al llegar a Portomarín, tenía unos dolores musculares, que parecía un espantapájaros moviéndome. Nos alojaron en un segundo albergue porque el municipal estaba lleno. Allí empecé a conocer a gente. También me percate que dormir con alguien que ronca puede ser uno de los mayores horrores y en el albergue como son habitaciones tan grandes es fácil que al menos dos o tres personas ronquen, así que todas las noches había conciertazo (por eso es importante llevarse tapones de los oídos!).


Y así empezó el segundo día(Portomarín-Gonzar), un querer y no poder, mi mente estaba a un kilómetro de mis pasos, como me dolían los musculo me cago en to’! Encima el comienzo de la primera etapa era en cuesta por lo que iba a paso caracol. Si ese día no me sobrepasaron alrededor de 100 personas en dos horas, mentiría, y bastante hacía ya. Por tanto, en el siguiente albergue ya me paré y eso fue a unos 8 km, porque simplemente, no podía. Ahí es cuando me dí cuenta que aquello iba a tener un poco de sufrimiento y empezaba a querer llegar a Santiago. No llevaba medicamentos pero un joven que me preguntó que si iba bien(no fue el único) le pedí unos anti-dolores y me administró bien, no volví a verle, pero desde mi corazón le envío un saludo para que le llegue, porque fue majísimo. Estas pequeñas cosas tiene el camino, siempre hay gente estará ahí. Asi me tomé el día libre a partir de las 11 de la mañana y me mediqué para poder andar y después de los primeros medicamentos me tomé otros segundos para que los medicamentos anteriores no me hicieran daño. Y así estuve dos días hasta que todo se normalizó un poco.


El tercer día(Gonzar-Pals de Rei) fue de recuperación, una etapa de volver a coger el ritmo, asi que anduve relajadamente y sin prisa. Llegue bien y me dio tiempo a dar una vuelta por el pueblo con unos colegas que conocí en el albergue, con los que también comí. A las 10 cerraban el albergue y todos a dormir. La mayoría se levantaban entre las 5 y las 6:30 de la mañana, yo con dos cojones, de 7 a 8, asi que me levantaba con solo 5 personas más, pero eso si, de 7 a 8 había dormido algo.


El cuarto día. Sin duda el trayecto de Pals de Rei a Arzúa fue el más duro y al mismo tiempo el más gratificante. Aquel día la etapa era de 30 km y debía hacerlos si quería llegar a Santiago de Compostela a tiempo y no tener que retrasar las reservas y el tren. Reservé un hostal porque llegaría por la tarde y a esas horas ya no había sitio en los albergues. A parte de eso no era una etapa fácil, con subidas y bajadas. Ese día fueron 8 horas de camino, al principio bien, los últimos 10 km fueron de sufrimiento puro. Incluso en la subida de 2km que tenía para llegar al final pensé en llamar a un taxi porque estaba totalmente agotado. Pero al final, me paré a descansar junto a una familia de lugareños que me estuvo contando de todo, y saqué fuerzas de no se donde y conseguí llegar y llegué con muchas ganas. Y ese momento de por fin llegar al hostal ver la cama, el baño para ti solo, la ventana, aire acondicionado fueron de los mejores del camino. El saber que tenías que realizar algo muy difícil, que te has esforzado al máximo y que tú mismo sin ayuda de nadie, lo has conseguido, has conseguido cumplir tu objetivo es…..para pegarse una ducha de media hora y echarme a medio llorar como hice. Es cierto, a lo mejor para otra persona no hubiera sido mucho y no es para tanto, pero para mí, sí. También tengo que decir que ese día me di el capricho: en la mitad del trayecto paré en Melide a tomar un pincho de pulpo, donde dicen que es el mejor de la provincia.


El quinto día(Arzúa-Arca do Pino) fue de relax, iba silbando mientras andaba, había hecho lo más difícil y ahora tocaba disfrutar un poco. Y así fue. Y en el trayecto venga a pasar monolitos conchudos, donde ponían los km que faltan, y ver como parecía que no avanzaba nada. Así los monolitos, igual que una buena información también podían minarte la motivación porque cuando todavía quedaba mucho, porque cuando pensabas que habían hecho tres kilómetros desde el último monolito resulta que solo te has hecho uno. De este día tengo que decir que me ocurrió otra de las cosas que solo me pasan a mí. Esa misma mañana, antes de partir y preparando las cosas, dejé la cantimplora abierta sobre la cama y la libreta con la credencial del peregrino al lado. La cantimplora se volcó, y cuando me dí cuenta(que fue un rato después), estaba todo empapado, que quiere decir, que la credencial parecía un papiro pasado por lavadora, que quiere decir que quizás me tocara hacer el camino de nuevo para obtener la compostelana. Estaba mojada y algunos sellos empezaron a correrse. Me cagué en todos los muertos ocho veces y puse la credencial a tender en la ventana y he aquí una de las razones por las que al final salí más tarde del hostal, esperando toda la jodida mañana a que se secara. Menos mal que no se borró casi ningún sello(solo un par de ellos, pero no relevantes).


La última etapa, aunque también de 20km se hizo más larga, aparte de porque me levanté tarde, porque a 5 kilómetros de llegar a Santiago me hice daño en el pie izquierdo, por lo que casi llegué arrastrándome a la plaza del Obradoiro. En el Monte do Gozo volví a ver a unas amigas que me hice al salir de Sarria, valencianas y que majas eran! Y es que cuando se llega allí, miras las caras de la gente, ves las torres de la catedral, empiezas a entrar en el casco histórico y te plantas en medio de la plaza y te quedas mirando el pórtico como si estuvieras viendo la luz, te entran ganas de llorar, tirarte en el suelo y decir “ya estoy aquí”. Y así te quedas, simplemente, mirando la catedral, como si el tiempo no pasase, pensando en todo el recorrido.


Una vez allí, todo es tranquilidad. Entré en la iglesia, abracé al santo e hice algunas plegarias paganas. Visité la ciudad, me comí un helado y escuche como tocaban música jazz en la puerta de uno de los monasterios que están por el centro. Y así acabó mi viaje.

Conocí a un grupo de mujeres, madre e hijas(valencianas) desde el trayecto de tren de Sarria. A el primer día nos separamos, pero volvimos a encontrarnos en la última etapa. Cuando volvimos a vernos aquello fue un encuentro de felicidad, quizás solo hayamos hablado varias horas pero el hecho de estar haciendo el camino juntos era como si nos conociéramos de toda la vida. Estas cosas las hace el camino. También conocí a gente que venía desde Roncesvalles, familias con hijos(eso si que es un sacrificio). Algunos días comí con otro grupo de valencianos que conocí en la cola del albergue. También me encontré varias veces con otros que vi en el tren hacia Sarria. Un grupo de dos alemanes me encontré varias veces, ya amigos de toda la vida también(menudas cenas se pegaban los jodios, se ponían hasta el culo). De todo, así que aunque el camino mentalmente se realice sólo, al final a menudo estás acompañado de todo tipo de gente.


Los parajes con muy bonitos, todo es naturaleza verde y húmeda, senderos que te introducían en bosques que parecían atraparte según andabas. La niebla por las mañanas al levantarte pronto te acompañaban siempre en el camino. Lo que pasa que algunas veces ibas un poco “cascao” como para fijarte mucho en el paisaje.

Y queda dar algunos consejos para el camino: lo primero y más importante, prepararse físicamente, si te apetece dedicarte un tiempo a ti mismo ir solo, al final “you will never walk alone” pero si tendrás tiempo de pensar, hacer el camino sin prisa, darte varios días extra de holgura en el planning, el calzado importante, yo no tuve ningún problema, pero llegué a ver ampollas que parecían monstruos con vida propia. Recomiendo el camino a cualquiera que tenga ganas de aislarse un poco del mundo.


Filosóficamente, en el camino se aprende que hay que andar y conocer a gente de otro tipo, que hay que abrir nuevos caminos en la vida y no quedarse estancado. Que existen momentos en los que todo es complicado hasta estar a punto de rendirte pero que sin embargo hay que continuar y que cuando pasas esos momentos la satisfacción es suprema. Saber que en situaciones malas siempre habrá unas mejores después. Que estás solo en este mundo y estar solo es la única forma de darse cuenta que no necesitas de nadie para dirigir tu vida y decidir por ti mismo. Que los cambios hay que verlos de otra forma y no caer en la tristeza. Que hay luchar para encontrar lo que queremos, buscar, esforzarse y aprovechar las oportunidades.

Bueno y así fue parte de mi camino, porque sin duda hay muchas más cosas pero que ahora mismo se me escapan de contar o simplemente son sólo para mi, ;-)

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