Feeling cool, feeling empty




Las sensaciones a veces no caben en nosotros y salen como si pidieran algo. Es como si se mantuvieran latentes, están guardadas en un armario a punto de estallar y que se va llenando. Salen de su rincón, aunque intentas mantener una postura firme, no pensar ello, ser frío a la realidad, ser un bloque al pasado. Lo hueles en perfumes que se desprenden los bares como si buscaran algo, con el frío de las mañanas mirando a caras desconocidas en el tren, en objetos que flotan idénticos alrededor de ti, lo escuchas en canciones que formaron parte de una banda sonora, en sabores de una ciudad lejana, y en texturas que las encuentras cuando pasas el dedo por el mundo.

La soledad es la habitación del pánico del alma, igual que la sonrisa es el lenguaje del alma. Estás solo y te sientes solo, a pesar de que tengas gente a tu alrededor, estás vacío aunque veas que hay gente que puede llenar esos huecos que ahora faltan. La soledad sale como si quisiera matarte en cada suspiro, y no es una soledad física, sino interna, como si dentro de tu cuerpo hubieras perdido una parte de él, como si antes estuviera completo. No tienes miedo a la soledad, sino a lo que significa, piensas en aquellos momentos en los que por primera vez esa soledad dejó de estar en ti, se esfumó con una sonrisa.

El tiempo fluye muy despacio, como si pasara por encima de ti, a pesar de poder estar muy ocupado, te sobran las horas, se descolocan tus planes, te faltan muchas cosas y huecos vacíos que llenar. Recuerdas cuando querías que no pasara tan rápido, cuando querías que pasara rapidísimo para coger un avión, cuando querías que se mantuviera eterno en el tiempo en una ciudad lejana. El tiempo cambia todo, da igual lo importante que pueda llegar a ser algo en un momento concreto de tu vida, porque el tiempo lo transforma, los detalles, los lugares, las personas aunque el recuerdo permanezca igual. Te levantas en tiempos diferentes, para quedarte con uno, porque los dos a la vez no te dejan andar.

Los recuerdos te sobrevienen, y solo los buenos recuerdos, los otros no existen, desaparecen a pesar de ser relevantes, qué paradoja, están delante tuya, pero tu estúpida mente se evade de ellos, sintiendo más cercanía hacia aquellos que sentiste satisfacción, por los que llegarías a hacer cualquier cosa. Empiezas a pensar en ellos, uno a uno, con una sonrisa, ahora diferente, y un nudo en la garganta al mismo tiempo, ahora diferente. Uno por uno, vas pasando por la línea del tiempo, viajando por distintos lugares, situaciones, olores y los vas sintiendo más adentro poco a poco, incluso aparecen instantes que hace tiempo que no recordabas cuando ves imágenes plasmadas en la pantalla. Los vuelves a recordar y ante la imposibilidad de vivirlos de nuevo te pinchan y los deseas, los deseas más que antes, como fueron, los deseas como únicos y los extrañas con la realidad. Piensas en cómo pueden introducirse tan dentro que les cuesta huir. Piensas cómo puede haber seguido todo un curso, como pueden haberse desvanecido así en el tiempo.

Por un instante deseas que el tiempo pase, los recuerdos desaparezcan, las sensaciones cambien, la soledad deje de serlo, aunque algo dentro de ti lo impida. Entonces te levantas, coges un lapicero despuntado y mordido al final, abres el cuaderno nuevo y escribes lo que sientes en ese momento, tan sólo para saber que lo que recordaste fue real y lo viviste al máximo, que lo que soñaste anoche solo es una parte de tu interior, inexistente; para intentar abandonar por un momento en un espacio en blanco las cosas que fueron y son. Para después poder coger tu chaqueta gris colgada en la entrada de tu casa y salir a la calle en el frío de otoño, cuando las hojas se ponen amarillentas y caen al suelo desamparadas.


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