La fuerza de la ilusión, la fuerza de la desilusión



La ilusión es una de las cosas que se necesitan siempre, para qué si no, pensó. Ésta cuando se expresa con simples gestos, palabras, se convierte en algo necesario una vez lo descubres. A veces la persigues , otras la buscas desinteresadamente, pero la mejor es cuando aparece de improviso. Es como un relámpago que recorre tu cuerpo, te electrifica y te abre los ojos, es una sensación de impresión, de satisfacción por encontrarte en ese momento. La ilusión hace entender las cosas de otra forma, cambia tu perspectiva del entorno y tu proyección de los deseos. Sin ella, se pierde el sentido de las cosas, la esencia que la hace única.


Su mente vagaba por momentos de desconcierto. No sabía que sentía. No sabía que buscaba. No sabía que quería. Sus pies estaban sobre arenas movedizas sin encontrar donde pisar firme. Sentía una presión en el pecho con un sentimiento de haber hecho algo mal. Estar activo en algo era su escapada pero no siempre era posible. Llegaba un momento que no conseguía dejar de pensar en lo mismo una y otra vez, no pasaban dos minutos sin que volviera a ello su mente. Era estúpido, él sabía que solo la persona más estúpida lo hacía. Porque no iba a servir de nada. Pero aún así volvía de nuevo a imaginar sin sentido y con un sonido del móvil, cualquier señal, una pequeña ilusión despertaba en sus ojos y miraba corriendo quien podía ser. Suspiraba y la desilusión le atrapaba como manos que salen del suelo. Sin duda, echaba de menos a alguien.

En la calle todo era irreal, la sonrisa que imaginaba dilucidarse en su cara en ocasiones ya no aparecía, percibía el bloque de hielo que tenía delante de sus ojos, sin entenderlo, sin poder hacer más que agachar la cabeza. Lo que pueden llegar a significar las sonrisas, cuando éstas se pierden, ocurre lo mismo con todo después. La visión se juntaba con la imaginación, en los asientos del tren vacíos, en las largas aceras de la calle, en los perfumes reconocibles en el aire. Todo era absurdo y sentía tristeza. ¿por qué las cosas no salen siempre como nos gustaría?, se preguntaba a menudo. Y detrás de esa pregunta aparecían muchas más. Era estúpido, se repetía, porque en cuanto conseguía levantar la cabeza, volvía a pensar en volver a verla y contarle cosas, en su sonrisa, en imaginar que se dibujaría de nuevo en su cara, en recordar que hubo un momento que lo consiguió y era muy fácil, salían solas, como un regalo. Que sólo necesitaría un día, un día donde no hubiera más que ilusiones, esas ilusiones de verdad, las auténticas de esos días donde no hay más que sinceridad, para hacerla sonreír sin más y hablarle sin importar el tiempo, ni nada. No veía ese día y un nudo se le hacía en el estómago y subía hasta su garganta al pensar que ni siquiera tendría ocasión de vivir ese momento de nuevo, como la primera vez, por última vez.

Recordó cuando se acercaron al parque hace mucho tiempo, a uno que nunca fueron antes,  a escondidas, olvidando las clases, todo lo que hubiera, porque aquel era un día importante, no uno cualquiera. Era su cumpleaños. Le regalaría sólo un regalo, algo que llevara consigo siempre, algo que recordara ese día, algo pequeño pero al mismo tiempo significaban cosas muy grandes. Y podía haber estado recorriendo las tiendas de su ciudad, haber preguntado por todos los sitios, haber estado semanas antes buscando su regalo viendo miles de cosas, y no importaba llegado el momento, porque cuando se lo entregó y vio su sonrisa, incluso las lágrimas que se desprendieron de sus ojos al abrir la pequeña caja, supo que nada tendría más valor, nada podía tenerlo. Y era algo tan simple como aquello, un gesto de ilusión, sólo una expresión insignificante, ni siquiera algo extravagante, y que podía significar millares de cosas pero que se comprimían en una. Era una explosión en un determinado momento y espacio, que venía de algún lugar y que podía significar tanto... Él sabía perfectamente lo que sentía, porque eso mismo era lo que sintió él al mirarla, al escucharla, al abrazarla, al hacerse una foto en el banco, y al tumbarse a su lado en el césped a imaginar miles de cosas que podrían hacer, al día siguiente, en un mes, en años. Cuantas veces le agradecería aquello, una ilusión que nunca olvidaría, ni quería olvidar.

Y cuando recordaba, deseaba que el tiempo pasase fugaz, que las imágenes se convirtieran en líneas como si viajara a la velocidad de la luz, que nada de la realidad existiera, convertida en un sueño real, cambiar de lugar y espacio o simplemente que todo volviera a ser como antes, pero sabía que eso no era posible y que pronto los días tendrían que pasar lentamente, volviendo a ver el sol, mirar las estrellas tumbado en la terraza. Si la ilusión de un día como aquel ya no existiera, si ahora quizás lo que pesaba era la fuerza de la desilusión, se preguntó.

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