Una gota helada

Gota helada

Una gota helada se agarraba a la verja de metal, sujeta por el frío. Se quedó un momento mirándola como si se tratara de una piedra preciosa y sacó la cámara reflex de la bolsa. El obturador sonó tres veces como un traqueteo de tren. Si fuera una gota helada rodeada de agua que no se pudiera mover, si el viento y el frío de una noche la congelaron y no tuviera otra escapatoria hasta que el sol le mirase a los ojos. Si esa gota se quedara así para siempre, sin poder elegir si caer al suelo o quedarse congelada, si tuviera miedo de caer.

Se levantó y siguió caminando por la calle nevada donde al final se veía la ermita sobresalir entre los edificios. Era un día soleado y la nieve brillaba con la luz. Llevaba el gorro de lana rojo que le regaló su abuela, tejido con sus manos.

Había salido de casa para olvidar, olvidar que vivía sola, que esa soledad le come por las noches una parte de ella cada día. Olvidar que su trabajo le comprime en la indiferencia, que la gente que le rodea no está cerca. Era una gota congelada en un mundo lleno de agua sucia y no quería caer. Tampoco sabía si podía elegir. No eligió la muerte de su padre, por tanto, ¿por qué iba a elegir qué camino debía seguir cuando todo se podía derrumbar en cualquier momento? Se sentía atrapada, en su misma jaula, aburrida de los barrotes creados por un destino que no veía pero que tenía la sensación que estaba escrito. Tenía miedo de poder elegir.

Siguió caminando. A cinco metros enfocó el frontal de la ermita de piedra vieja. Al lado del portón de madera había una anciana sentada sobre un bloque de granito mirando como su nieto jugaba con la nieve. El obturador sonó repetidas veces mientras se agachaba y cambiaba de postura para obtener una mejor instantánea. Sonrió.

Las fotos eran su escapatoria, no sabía si era porque el objetivo de su cámara miraba hacia otro lado o porque enseñaba otros mundos. Con ella veía que podía existir algo afuera que todavía desconocía, era como observar por un agujero dentro de una casa sin ventanas. Miraba, enfocaba y sonreía. No sabía si quería romper el muro, abrir el agujero de aquella casa. Tenía miedo de volver a perder.

Se acercó a la ermita, la rodeó por detrás y fotografió el musgo verde y marrón que se escondía entre las piedras de los contrafuertes. Musgo, ¿cuándo habrá visto el sol?, se preguntó. Y sintió lástima, congoja por sentirse triste y cansada, quieta en el tiempo sin remedio más que la paciencia a que nada ocurra. Tenía miedo a que el tiempo escapara sin ella.

Entonces recordó la frase que un día le dijo su padre: El miedo acaba donde empieza tu fuerza y valentía. Dio la vuelta a la cámara y se fotografió en un acto de estupidez inesperada. Se vio en la pequeña pantalla. Quizás algo podía cambiar su destino no predestinado, y sin duda empezaba a darse cuenta que ese algo era ella misma. Lo difícil sería volver a casa otra vez, pensó, ¿entonces volveré, borraré todo y saldré a que me descongele el sol?

2 comentarios

Anónimo dijo...

Te va a gusatar "La educación de Laura" que da tantos detalles como tu.

¡Suerte!

Akaki dijo...

interesante tu recomendación, enigmática tu identidad,

gracias

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