La ventana

La ventana
[Foto: tomada en el museo City of Caves de Nottingham y un poco descubriendo el retoque fotográfico]

A los sesenta las cosas ya no son como cuando el viento sopla a tus espaldas empujándote hacia delante. Los árboles del jardín se cambian de lugar y el sol sale por el oeste aunque el resto se empeñe en decir que no es así. O quizás lo entiendan de otra forma. Seguramente sea eso.
Recuerdos floran mi mente afilados o suaves. Se que un día miré por aquella ventana y toda mi vida cambió como un tornado y se revolvió como las pinturas de colores en el estuche. Todavía me asusto al oír ruidos fuertes y secos, odio las tormentas y odio los cristales. Ya no me da miedo mirar por la ventana porque no tengo nada que mirar.
También se que cuando soplé las velas hace cuarenta y siete años se cumpliría algún día ese deseo. A esta edad cuando pasa el tiempo sin ver cumplido tu sueño das por perdidas muchas cosas, es como conseguir la mariposa que deseabas que te regalasen para navidad. Al final la mariposa se convierte en otra cosa, ¿una larva quizás? El tiempo pasa y sepulta ilusiones. Aún así en ocasiones la vida te sorprende cuando menos lo esperas regalándote una sonrisa. La mía llegó tarde pero llegó al fin y me pareció no tener sesenta años, sino trece.
“La operación ya es posible”, me dijo con la severidad y seguridad que muestra un doctor. “Ojalá hubiera llegado mucho antes.”, respondí.

Yo había dejado la bicicleta en el jardín cuando recién cumplí los trece años. Tampoco hacía mucho con ella, giraba alrededor del columpio mientras me guiaba por el dulce sonido de las chicharras y así daba vueltas hasta que empezaba a perder el sentido del equilibrio. Y entonces paraba, porque lo que menos quería es dar un nuevo disgusto a mi tía. No llegué a conocer a mis padres, pero mis tíos supieron ser buenos padres. Viví con ellos en su casa del campo cuando salí del internado hasta que tuve que buscarme la vida.
Mis tíos me regalarían otra vez una muñeca de porcelana que añadiría a mi colección y comería tarta hasta explotar. Ese era el único día del año que podía comer tanto chocolate como quisiera, era un pacto entre ellos y yo. Pero este día no fue sólo especial por mi cumpleaños sino también porque por primera vez pediría otro deseo distinto al de años atrás. Pregunté a mis tíos si podía pedirlos, y solo supieron decirme que muchas cosas ocurren sin un motivo y que había que aceptar como Dios había hecho que ocurriesen. Yo no lo entendía. Esta vez lo había meditado mucho y había pactado algo con el aire, los árboles, con la tierra, con quien estuviera al otro lado, quizás ese Dios del que hablaban mis padrastros.
Entonces esperé a que las velas se consumieran antes de soplar, con los ojos de mis tíos clavados en mí. Me encantaba ese olor que me recordaba a algo que nunca conocí, un viaje a otro lugar salía de la llama. Eran de esas ocasiones en las que una sensación te recuerda algo y te lleva a paradero desconocido en tu mente, una habitación sin puertas, pero que está ahí. Las velas se consumían poco a poco y ellos estaban expectantes. Antes de soplar pedí mi deseo.

Crecí en un internado en un tiempo donde los girasoles no miraban al sol, ni las nubes parecían esponjosas como las bolas rosadas de azúcar en las ferias del pueblo. Um, estaban deliciosas. Era pequeña y lo que recuerdo del lugar es como si fuera un sueño, con su desfiguración del espacio y líneas que se convierten en curvas infinitas que se mueven por doquier para configurar los objetos. Recuerdo que siempre había mucho ruido, de truenos, golpes y a veces temblaba el suelo. Era una casa gigante, como una nave, con un techo no muy alto y paredes empapeladas con motivos florales. Tenía dos ventanas que daban al exterior y que a veces cambiaban de lugar como si fuera magia(o eso me parecía a mí), una muy lejos de la otra. Por una de ellas entraba mucha luz, sin embargo por la otra apenas pasaba un haz en la parte inferior. Ésta última siempre estaba cerrada con contraventanas desde dentro y las cuidadoras nunca la abrían. Solíamos dormir al otro lado de la sala. Tampoco podías mirar por ella aunque muchas chicas lo hacían y contaban que todo eran escombros, que había hombres vestidos de militares que disparaban con armas. Yo nunca miré, por miedo.
Entonces me convertí en la chica rara de la clase, aquella que debías acercarte con cuidado y si era necesario señalar con el dedo. Aquella que nunca miró por la ventana porque tenía miedo. Hasta que un día no aguante más. Al fin y al cabo, ¿a qué temía yo? Enseguida se formó un circulo de expectación alrededor de la ventana. Acercaron una silla y yo me subí a ella. Escuché los fuertes ruidos más cerca, casi los podía oír a mi lado. Me asuste y me di la vuelta acongojada. Todas me miraban, unas con malicia, otras con asombro o con preocupación. La ventana quedaba a la altura de mi cabeza, por lo que sólo hacía falta ponerme de puntillas para poder ver por la ranura, por donde salía una luz puntiaguda. Levanté los pies y asomé los ojos para mirar hacia fuera. Vi el sol y enseguida se quebró, sucedió un estallido hueco que golpeó la ventana. Saltó en pedazos desmigajando el cristal en trozos, en esquirlas que saltaron clavándose en mi cara. En ese momento no supe qué pasó. Sentí agujas en mi cara, caí de espaldas al suelo, oía gritos. Todo se volvió negro. Y dejé de ver.

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