Ángel

Ángel

Uno de Noviembre. Podría haber estado en ese mismo lugar un día cualquiera,y no hubiera sentido ese escalofrío que le perseguía por el cuerpo desde que entraron por el hueco de la alambrada. Podría estar de rodillas en la misma escultura del ángel que portaba una rosa consigo y no evitaría su mirada como si sus ojos fueran reales. Podría estar delante de su padre en otro momento y no tendría ese miedo ante su voz grave y profunda.

- Recoge el cuenco. -dijo indicando un recipiente entre la hojarasca amarillenta y la hierba.
Sus manos dudaron. No le veía la cara a su padre pero un brillo en sus pupilas marcaba su posición y su contundencia. No se movió.
- Cógelo- repitió.
El cuenco estaba húmedo y caliente, muy extraño teniendo en cuenta que la hierba del suelo tenía una capa de escarcha. Miró su interior y había un ungüento blanco y viscoso que se pegaba a las paredes. No sabía quién había dejado eso allí, tampoco porque su padre quería que se lo bebiese. No sabía siquiera que hacía delante de la lápida del ángel.
- Padre...
- Bébetelo.
Lo miró y movió la cabeza frente al líquido que fluía en el recipiente como si tuviera vida propia. Se sentía observado en la noche, como si otros ojos escondidos alrededor le miraran esperando también que bebiera del cuenco.
- Bébetelo. Tienes que hacerlo para ser uno de los nuestros.
Tenía miedo, tanto que estaba apunto de correr y dejar allí a su padre, con los muertos, no sabía hacia donde pero correr hasta agotar sus pulmones hacia donde hubiera un resquicio de luz donde esconderse de la oscuridad. Pero dónde iba a ir. Nunca olvidó aquel día, la ceremonia. Ójala hubiera muerto se decía a si mismo, al menos podría volver a tocar las manos de ella sin tener miedo de hacerla daño. Ese era su destino, le repetía su padre. Nunca lo eligió y ahora sabe que nunca lo quiso.
- Bébetelo.

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