Los sueños de Pedro

El rectorado, Loughborough

Mientras en el escueto zaguán del lupanar se miraban furtivamente ladrones y gente vulgar, los monjes, vestidos con ropa seglar para no mancillar su posición, paseaban por la puerta haciéndose los distraídos. Miraban hacia los lados, andaban deprisa e intentaban disimular las rápidas miradas hacia la entrada del lupanar, con el espíritu nigromante de aquellos que saben que en un preciso instante la sala quedaría vacía y entonces llegaría su deseado turno.
El clérigo Pedro Luis de las Correndías no iba a prescindir de aquel delicioso, aunque arriesgado, placer que por un momento le quitaba el dolor de los juanetes. Eso no quería decir que sus rezos y ruegos cayeran en un baúl cerrado, creía en Dios, sus mandamientos y en la madre que nos parió a todos, pero también le consideraba un simpático compañero de viaje y todo lo que conllevaba aquello. ¿Cómo le iba a molestar un pellizquito de pecado de vez en cuando? Además, era disciplinado y hacía todos los deberes que le encomendaban en la abadía. Digamos que remordimientos de conciencia, los justos, cuando se ha tirado toda la mañana recogiendo acelgas.

- Clérigo Pedro, que no se van los mangantes estos, que el zaguán esta lleno y no dejan de llegar…

- Calla insensato, vamos a dar otra vuelta, y deja de mirar tan descaradamente que nos van a decir algo.

Pedro nunca iba solo a aquellos encuentros. Siempre conseguía llevar a un inocente por los malos caminos, mas que nada para que si le pillaban pudiese echar la culpa a alguien. Simplemente diría que había sido chantajeado porque no había recogido las berzas el día anterior. Sonrió, era muy listo. Doblaron la esquina de un edificio de piedra y se vieron de frente con una muchacha (tal vez ni siquiera llegase a los quince años), con un escote por el que asomaban unos pechos redondos, proporcionalmente perfectos y con un tono de piel tostado. Sus piernas estaban descubiertas hasta las pantorillas, delgadas, suaves y llenas de mierda, del polvo de la calle. Era una chica atractiva. Unos mechones que le caían a los lados de la cara hacían que pareciera más joven de lo que era. Sonrió al ver sus bocas que dejaban caer una baba que estaba a punto de rozar el suelo, tan alargada que parecía inagotable, tan espesa que no era capaz de partirse.

- Pe-pe-pe-pe-pe… -zas, un golpe de Pedro paró el traqueteo.

Esto es lo que le solía pasar al monje Juanjo Palulo Mandango, su lengua se trababa como si estuviera en el interior de una carraca que daba vueltas hasta que alguien le atizaba una colleja. Racaracaraca. Juanjo era tan bueno como un pan de leche, tan estúpido a veces que sus padres decidieron mandarle a una abadía para que al menos hiciera algo en esta vida por ellos: rezar padrenuestros al señor. Así tal vez consiguiera que su familia dejaran de ser unos pobres campesinos explotados por la casa feudal.
Pedro miró a la muchacha que se insinuaba mordiéndose los labios carnosos y rojos, como dos chuletones de vacuno.

- Qué os trae por estos lugares, hermanos…. -dijo la muchacha que pasó al lado de juanjo rozando la enorme panza de Pedro.

- Nos trae el recado que tu quieras ofrecernos...

Juanjo empezó a escurrirse detrás de Pedro como un escabarajo. La cara de la muchacha se distorsionó y habló con una voz chillona.

- Despierta, ¡Pedrito!, que vas a llegar tarde otra vez.

Cuando Pedro abrió los ojos ni siquiera se movió de la cama, se quedó mirando al techo, boca arriba. Se cagó en todos los muertos porque cuando parecía llegar a la parte más interesante, la voz de la muchacha se convirtió en una trompeta que chillaba como un grajo. De los treinta y dos años que llevaba viviendo con su madre, pocos eran los días que su voz no le despertaba de esa forma. Intentó recordar cada instante para esa misma noche, antes de acostar, pensar en ello constantemente y quizás conseguía continuar el sueño por donde se había quedado. Nunca funcionaba.
Los sueños de Pedrito tenían una extraña particularidad, siempre aparecía como un seboso clérigo, con un tonto perdido como compañero y que por alguna razón estaba buscando lugares donde satisfacer su necesidad todavía en barbecho. Lo que más le molestaba es que a veces la única diferencia que encontraba con su día a día era que no vivía en la maldita Edad Media.

[foto: El rectorado, Loughborough, Inglaterra]

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