Soy un imperdible

Soy un imperdible

Clara le vio acercarse a su lado, arrastrando los pies y balanceando los brazos. Se sentó y puso las manos sobre su regazo esperándola. Los ojos de Clara gritaban la desesperación acumulada, las ansias porque aquel momento no se convirtiera en un ingrediente más para hundirse en el barro, la esperanza porque todo volviera a ser igual y el miedo porque el tiempo que había dejado pasar solo significara para ella eso, tiempo.

- Estoy triste cuando no estás conmigo.
- No puedes estar conmigo. Yo estoy triste de aguantar la impotencia al no entenderte.
- Dime, ¿por qué no me escuchas?
- Estoy cansada de hacerlo.
- Entiendo -respondió, a pesar de no entender nada, ni siquiera por qué estaba delante suya en ese momento. No debería estar ahí. Tampoco entendía como el mundo había girado tan deprisa en tan poco tiempo.
- No te creo.
- ¿Qué ha cambiado?
- Todo.
- ¿Por qué?
- Te veo y me lloran los ojos, me miro al espejo imaginándote que te agarro de la mano y me siento débil. Paso de sentirme afortunada a una desgraciada en cuestión de segundos sin cruzar por un instante de felicidad.
- ¿Ves este imperdible? -dijo levantado la peculiar aguja roja.
- No estoy para tus juegos.
- ¿Lo ves?
- Sí lo veo, pero por favor…
- Yo soy un imperdible -dijo al fin.
- No empieces
- Soy este imperdible, Clara. Puntiagudo, alambre de metal que se enreda con otro alambre para cerrarse...
- ¿Por qué?
- Porque soy igual que él, abierto duele, cerrado...
- No, no…¿por qué te ocurre esto?, ¿qué te ha pasado para que empezaras a hablar así, a decir estas cosas que no entiendo, a repetirlas una y otra vez?
- ¿Quién?, no se, es que...soy un imperdible.
- No eres un imperdible… - dijo tocando la barbilla de Enrique que ni se inmutó.

Clara esperó una señal, una mueca de aquel chico que conoció antes de que cambiara su comportamiento bruscamente. Enrique sujetaba un imperdible en la mano, era rojo y había perdido la pintura en algunas partes. Esperó y no hubo nada. Cada Viernes a las 16:30 se acercaba a verle con la esperanza de volverle a encontrar. Y nada, había perdido de nuevo. Clara se levantó y se marchó de la habitación

¿En qué había fallado?, ¿en qué había perdido?, pensó Enrique, soy un imperdible. Y sonrió.

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