Los aviones pueden llevarte hacia algún lugar o a ninguna parte

Billete de avión

Los aviones vuelan alto y antes de subir por encima de las nubes y sentir un vacío inmenso se ven los fantásticos trazados del paisaje o la tierra llena de mugre. Los aviones pueden llevarte a algún lugar o a ninguna parte. Cuando abrí el libro y entre las páginas se deslizó hacia el suelo el resguardo de un billete de avión no supe hacia donde se dirigía, no era mi billete.

Me tiré al suelo, aproximando mi cara hasta notar como mi respiración chocaba con los azulejos. El billete estaba arrugado y tenía dobleces irregulares. Sus pliegues marcados dejaban ver que había vuelto a doblarse una y otra vez con indecisión. Tan delicado que tan sólo unos finos hilos de filamentos de papel mantenían las dos mitades del billete aún juntas. Tenía miedo de cogerlo, probablemente se rasgaría con un sonido seco y profundo y después se desvanecería en el aire, polvo, nada. Me atreví a acariciarlo con mis dedos atraído por la necesidad y me repudió con un leve movimiento. Me asusté. Por alguna razón que no podría explicar quería conservar su estructura, su composición. El billete se había quedado doblado lo suficiente para dificultar su lectura. Apoyé la cabeza sobre el suelo incandescentemente frío e intenté leerlo, como si quisiera saber que contenían sus fibras y descubrir qué intentaba decirme con sus marcas, que me mostrara el secreto para que sus fibras volvieran a ser fuertes y pudiera desdoblarlo delicadamente sin tener miedo. 

TARJETA DE EMBARQUE/ 234ERQEIUTO8559109. PUERTA/2. ASIENTO/ 38B, HORA/ 20:10. FECHA/19/04/2011.  VUELO/ 3456FA(SÓLO IDA). DE/ MADRID. DESTINO/ PARÍS. 

No pude leer más y la rabia se hizo conmigo. Le pregunté, le supliqué que me dejara leer su interior, que me dejara alisar sus pliegues. El billete se apartó empujado por mis gritos. Observé sin entender por qué estaba arrugado, por qué los dobleces habían desgarrado su delicado papel. Miré a otro lado, hacia la puerta entreabierta.
Me relajé y volví mi cabeza, no podía separarme de él. Aplasté con más fuerza mi cabeza contra el suelo hasta sentir un dolor puntiagudo en los huesos, mis ojos lagrimeaban de la tensión y notaba el frío en la retina. 
Cuando leí un nombre en el billete me aparté de él, con las manos juntas lo sostuve y lo miré con la luz que llegaba desde la ventana abierta. Lo cuidaré, me prometí a mí mismo, porque era lo último que quedaba de un billete que había sido doblado, sucio y rasgado pero que un día fue liso, blanco e intocable. Me hipnotizaba al mirarlo con ilusión, con la misma que tienen aquellos con opciones de elegir lo que quieren. Sin embargo, un impulso en el pecho me hizo soplar, soplar muy fuerte y el billete se deslizó hacia la ventana y voló, subió alto y desapareció entre los tejados.

Todos tenemos un avión y éste puede llevarte hacia algún lugar o a ninguna parte. Mi billete tenía destino a ninguna parte, sin embargo, en el que tuve en mis manos se leía el nombre de ella, iba hacia algún lugar, sin mí.

2 comentarios

andres dijo...

Bonita publicacion, como para una pohesia.

Akaki dijo...

Gracias Andrés, si, es una metáfora que tiene mucho significado cuando se refiere a alguien.
Me alegro que te gustase y tenerte entre mis lectores

Hasta pronto vaquero!

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