jueves, 4 de agosto de 2011

La tienda de golosinas (parte 4, el monólogo de la chica de la tienda)

La llamada IV


Cuando le espanzurré las tetas contra su cara hasta dejarle apenas sin respiración sabía que le tenía en el bote. Sus ojos iban a estallar en la carne y disfrutaba zambulléndose en ellas como un niño con un juguete que había visto siempre de otros niños y que nunca había jugado con él.
Mientras, yo veía el fajo de billetes en mis manos y un nuevo bolso Dolce Gabbana de piel de cocodrilo encima de mi mesilla. Malditos sean los ricos, con sus polos Ralph Lauren de color pastel y pantalones de cuadros azules y verdes. Fue una sorpresa cuando vino a mí el jefe y me hizo una oferta que no pude rechazar. “Seré claro, mi hijo no deja de mirarte las tetas cuando pasa por la tienda y me he dado cuenta que puedes ser la solución a uno de los problemas que enturbian mi vida. Aunque parezca mentira mi mujer quiere más a Julián que a su jauría de chiguaguas de pelo rizado pero está hasta los cojones de su novia hasta tal punto que creo que el ataque de corazón que le dió hace dos meses fue por ello. ¿Qué te pido? Te agarras un día al chaval, te le llevas a donde sea, como si quieres llevártelo a la trastienda, le das un revolcón que no olvide jamás, le haces unas cuantas fotos con el móvil en pleno apogeo, y yo ya me encargaré de hacérselas llegar a la tal Laura.” No hay más placer que follar por dinero. Si este tipo de trabajos fueran todos así de fáciles, a la mierda la tienda de golosinas y los sugus de piña, los odio. Vaya, si Julián está ahí fuera, y está con su chica y… parece que vienen a la tienda. Pobre chica, si supiera lo que hay detrás de ese pardillo que tiene como novio. Que de injusto es este mundo. Me desabrocharé un par de botones de la blusa.

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El capote de Akaki Akakiévitch Copyright 2005-Cuando no tenga nada que decir al mundo