Lentejas para comer (I - Desesperación)

Lentejas para comer

Necesito hacer algo, esto no puede seguir. Este viejo no puede terminar siendo mi desahogo. Ahora está ahí sentado, con la mirada fija, desnudándome entre estas paredes sucias. Cada día a mi mismo me repito cómo puedo estar haciendo eso, pero siempre cometo el error tras haberlo intentado con su hijo. Esto debe ser natural, yo no tengo la culpa, todos somos así ¿no?, solo que sin un maldito viejo de suplente y fregando olorosos charcos. Por qué me ha tocado a mí. Bueno, pensemos, hay solución para todas las cosas igual que todas las cosas tienen problemas. Sí, este viejo me las pagará y le dejaré con el placer en la punta de la lengua, pero antes debo conseguir que el imbécil de mi marido levante la tienda de campaña de una maldita vez. 

Cogí el dinero de la mesa del salón y salí a la calle, en la otra esquina encontraría una farmacia. Esperé afuera hasta que saliera la última persona y como si tuviera una pistola en la mano empujé la puerta y me dirigí a la dependienta con extrema rapidez. Miré hacia atrás antes de abrir la boca.

- ¿Tiene algo que sirva para levantar lo que no se levanta?

Dios por qué tuve que decir eso. Algunas veces las cosas me salen de la boca como si nada, encima la tonta me miraba como si estuviera loca y buscara desesperadamente un medicamento, que tristemente era lo cierto.

- ¿Cómo?- dijo la chica con un gesto sonriente.

- Viagra, viagra, ¿tienes de eso?

- La viagra solo se expide con receta médica señora.

Estaba yo como para ir al médico y que me recetara unas pastillitas.

- ¿Y si lo camuflas dentro de una cajita de pastillas para la tos? Es que es urgente...- la chica volvió a sonreír de esa forma tan asquerosa- bueno... el que dice urgente dice que vendría bien para hoy. Venga chiquilla, ¿que más te da?- dije poniendo la cara de pena que no solía funcionar aunque esta vez fue un éxito.

- Bueno vale, pero le aviso que quizás tenga que esperar una hora hasta que surja efecto- dijo a punto de estallar.

La chica tardó muy poco en meterlo en una bolsita. Volví a mirar atrás y estaba despejado. Pero la sorpresa fue cuando me di la vuelta y encontré a una antigua amiga detrás del mostrador, esa gorda que me pegó el chicle en la cabeza en un recreo. ¿Qué coño hacía esa idiota ahí? En segundos me di cuenta de que era la encargada de la Farmacia.

- ¡Bueno!, cuanto tiempo mujer, ¿qué es de tu vida?- dijo mientras apartaba a la chica de un culetazo transversal.

Yo no sabía que decir, me había pillado con el dinero en la mano y todavía tenía que recoger las supuestas pastillas de la tos que parecían centellear encima de la mesa como si fuera un cartel luminoso. Pero por qué tenía que trabajar esta idiota aquí, me repetí, mira que tenía lugares adonde ir y tenía que elegir este. La última vez que la vi, hace dos años, intenté esconderme de ella detrás del camión de la basura.

- Lo...Lola, como me alegro de verte, - dije intentando disimular mis miradas intermitentes a las pastillas mientras pagaba a la chica.

- Veo que te sorprende verme, ¿qué te ha traído por aquí?

- Pues he venido a comprar unos medicamentos que necesita mi marido, es que está un poco malo.

Me entraron unas ganas tremendas de pegarle un tortazo a la chica sonriente pero aguanté. Recogí torpemente la bolsita y recité insultos inconscientes a la chica por su tardanza.

- Te veo muy cambiada, un poco pálida tal vez…

Recibí la vuelta del dinero.

-…lo siento Lola, tengo que irme ya, para darle esto a mi marido, es urgente.

La chica volvió a reír y salí escopetada de allí, antes que le preguntará a la chica qué había comprado. En la calle ya sentí el alivio, el frescor del humo de los coches. Sin perder mucho tiempo, empecé a andar rápido. Quería llegar antes de la hora de la comida a casa y pensar cómo camuflar la maldita pastilla de la tos.

{Escrito en Mayo 2006}


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