Quebrarse

Quebrarse


Tenía diecinueve años cuando al poner mi madre aquella estúpida tarta de tiramisú y trocitos de chocolate rancio sobre la mesa la miré con asco y sin decir una palabra me fui corriendo a mi habitación.
En la cama imaginé una ciudad en la que vivir sirviendo helados en una terraza por la mañana y por la tarde tomar el sol en la playa, Valencia; un coche precioso que apostar enfrente de mi casa y observar por la ventana como los jóvenes miraban su interior, un audi TT; y un tio que me trajera un zumo de naranja a la cama por la mañana después de haberlo hecho durante toda la noche. La rabia no podía contener mis lágrimas. Lo tendré, me dije convencida de que la suerte me acompañaría, me llevaría por una camino sin piedras, ni matorrales, que yo pasaría por él con mi bicicleta, deprisa, con el sol en la espalda. Así vivió la tia Julia, ¿por qué yo no iba a ser igual? Aquella noche escuché Reason to believe una y otra vez.

En una día un hijo de puta destrozó la tarta de mi madre, que odiaba, es verdad, pero me retraía a las ilusiones de aquel día. Cabrón de mierda. Tal vez fue el despido, el desamor, o tal vez vivía en una nube de la que bajé sin ascensor. Sin trabajo, sin estudios y viviendo en casa de mis padres. Tengo cinco años más pero esos mismos parecen haberse diluido en unas horas. Empiezo a entender egoístamente a aquellas personas que pierden algo que habían cuidado toda la vida, algo que creían suyo e inamovible, algo que les daba una razón para que la tarta de tiramisú no pringara sus vidas de mierda.

Con una café aguado en las manos miro a la ventana y, exactamente igual que cuando tenía diecinueve, me pregunto cómo será mi vida después de que el cristal se quebrara y una línea zigzaguera por toda su superficie. Esta vez no la imaginaré cómo me gustaría que fuese sino cómo me gustaría que no fuese.

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