Turbios reflejos

Reflejos

Si me hubiera imaginado que el reflejo del suelo en el baño del edificio de Derecho fuera a mostrarme algo tan terrible, sin duda hubiera evitado por todos los medios entrar, me habría orinado encima si no existiera otro baño en el edificio y me hubiera tirado por la ventana si no quedara más remedio que ver su rostro inocente, sonriente tal vez, y forzar una mirada neutra como si nunca hubiera entrado en los baños.

Aquel día el profesor había gastado una hora de su tiempo con una retórica enrevesada y entusiasta explicando una reflexión que pudo haber resumido al principio de la clase en una frase: nadie es lo que parece hasta que deja de parecer. Nos levantamos de los pupitres dubitativos y como pájaros que picotean el suelo buscando un grano de cebada, se esparcieron por el hall, miradas allá, miradas acá. Yo acudí al baño. La puerta está entreabierta, entré y observé los meaderos de pared que descarté utilizar por su escasa intimidad y me metí dentro de uno de los cubículos. Cerré la puerta por dentro. La taza del water estaba rota y abierta por la parte superior dejando ver la cisterna de la que colgaba una fina cadena. Me desabroché el pantalón e intenté no apuntar hacia el agua para no hacer ese sonido horrendo que solía rebotar en el silencio de los baños. En ese momento, oí la puerta abrirse y en el cubículo de al lado entró otra persona. Miré al suelo y ví que el reflejo de la ventana había cambiado. Enseguida me di cuenta que dicho reflejo mostraba perfectamente la figura de un muchacho. Se trataba del chico con cabeza alargada, patillas que perfilaban su cara, un gesto serio y mirada cabizbaja. Solía estar en silencio, hasta que la mujer que tenía una palmera en el pelo ( y preciosa, por cierto) interfería en el debate con alguna frase desafortunada (pero seguía siendo preciosa) y entonces el chico se apresuraba a contestar con alguna imprudencia que hacía desvariar la conversación a un punto que el tutor debía de zanjarla con otro de sus largos discursos anodinos. Era el mismo que mordía con ansiedad sus lápices de rayas amarillas y negras con la mano izquierda mientras que la otra siempre permanecía debajo de la mesa.

La curiosidad me invadió y no dejé de observar el reflejo y los movimientos que empezaban a ser extraños del muchacho. “Pero que coño”, me dije a mi mismo, “ no estará…”. Mi imaginación dejó de ser imaginación y el parecer dejó de serlo. Los reflejos de un chico callado e inquieto cambiaron a ser los de un Tiger Woods ávido de autocomplacencia. ¿Cómo pude mirarle de nuevo a los ojos sin visionar los reflejos en el suelo repetirse en un bucle sin fin?

2 comentarios

Petra Acero dijo...

No he leído si continuará. Akaki, sigue así: inquietando con lo escrito y con la espera. Me ha gustado. Muy bien dibujado el personaje, hasta la chica preciosa, se sale del relato.

Akaki dijo...

Petra!! creo tus continuará me han creado un trauma y ya no puedo verlos!jeje. Creo que no tiene continuará. Me alegro que tu gustara, ahora "pasaré revista" a tu blog,jeje

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