La distancia en una gota

La distancia

El día estaba nublado, pero eso no cambió que, como todos los días, caminara sin preocupaciones hacia la parada del autobús para volver a casa. Le decía hasta mañana al portero sin recibir respuesta, salía a la calle donde todos los transeúntes vestían de traje, doblaba la esquina y observaba el anuncio de una chica joven semidesnuda en bikini. El mismo pensamiento, a la misma hora, en la misma parte de esta ciudad de asfalto por la que no pasaba el aire y las distancias se hacían densas.

Una gota cayó sobre mi nariz y se deslizó suavemente por los labios hasta que la deshice con las manos. Un simple gota que mojó mi rostro y la piel absorbió toda su intensidad para recorrer todo mi cuerpo, desde la nariz hasta la punta de los dedos dejando en su camino una tranquilidad que me perturbaba, una felicidad truncada que me inquietaba. Me paré, como un soldado congelado por un rayo fulminante o atravesado por una ballesta sin nombre. Otra gota de lluvia cayó sobre mi frente, esta vez no la retiré con las manos. Después otra más, mi piel no la absorbió, esa gota no recorrió mi cuerpo, no se clavó en mis órganos. ¿Qué razón hacía que el pequeño desliz de esa primera gota me provocara un regocijo en mis entrañas? Volví a caminar, pasé de largo la marquesina de mi autobús, crucé la calle por un paso de cebra que nunca había pisado antes, no entendía por qué, al igual que no entendía cómo una gota en la bochornosa ciudad tuviera un olor fresco, a tierra que supura fragancias vivas al ser rodeada por el agua. Rememoraba en mí un momento inquietante en el interior de una nube densa de nimiedades que lo esconde, lo cubre.

Llegué hasta el Parque del Retiro donde algunos niños jugaban y reían en la puerta, inconscientes de que hoy volverían pronto a casa. Sus gritos en el aire se desfiguraban por un sabor amargo desconocido. Jugaban junto a sus padres que conversaban de la imprescindible reforma del baño de su casa, de las buenas notas que había sacado su hijo Andrés y qué le había dicho la profesora Agustina, de que pronto vendrían las vacaciones que tanto habían esperado. Una simple gota de lluvia había transformado mi visión al observar lo que me rodeaba, vestía unas gafas de cristal convexo, no dejaba de ver fotos borrosas que pasaban por mis ojos con una relevancia desinteresada. Quería descubrir pero no veía horizonte.

Anduve más lentamente, observando los árboles toscos y viejos, los bancos de madera que habían perdido su color, los fotógrafos entusiastas por conseguir un mejor enfoque, las papeleras a rebosar de periódicos de papel salmón, envoltorios de regalo y cucuruchos de helado sin terminar. No tenía un camino pero avanzaba metros hacia el final de un puente de hierros oxidados donde se erigían dos palos unidos por una cinta y que al cruzarlos se veía un cielo nublado, húmedo, presentando una meta invisible. Mi inconsciencia me guiaba mientras mis sentidos intentaban buscar aquella gota, aquel haz de felicidad amarga. Caminaba y observaba, notaba la lluvia caer sobre mis hombros, caminaba y la tierra húmeda se oscurecía por el grito de los niños a mis espaldas, caminaba viendo al final una imagen empañada por el frío de la calle, caminaba sobre un suelo sin piedras, sobre un vacío. Caminaba.

Entonces recordé. La gota de agua caer sobre mi nariz y deslizarse hasta mis labios antes de retirarla con mis manos. Paseaba junto a mi padre entre helechos y árboles en Asturias en una mañana de Agosto, uno de esos muchos días en que la lluvia enriquecía la tierra y el olfato. El olor a tierra mojada era muy fuerte. Corría delante suya y cuando le había sacado suficiente ventaja me daba la vuelta y ponía la mano sobre la frente para verle desde la distancia. Papá. Papá -gritaba para que supiera que estaba allí- si no nos damos prisa nos vamos a mojar, ¡corre! No me hizo caso, ni siquiera levantó la cabeza. Poco después, un torrente de agua cayó del cielo. Mi padre y yo corrimos y nos resguardamos bajo unas rocas. La ropa empapada, el pelo alborotado y las zapatillas encharcadas que sonaban al pisar el suelo. Aunque sabía que no le hubiera gustado a Mamá, me provocó una risa irresistible y rebelde. Además, Mamá no estaba allí. Entonces le pude ver la cara a mi padre, remarcada por una ligera barba de tres días y sus ojos grandes. Pude notar el mismo gesto plano, ausente, que le llevaba viendo desde hacía tres días y del que el único resquicio que podía sacar era la propia ausencia de significado. Mi padre sacó el teléfono del bolsillo. Lo observó. Marcó un teléfono con pausas prolongadas. Y cuando fue a dar a la tecla de color verde volvió a guardárselo en el bolsillo.

Al recordar, me percaté de que cuando aquella primera gota cayó sobre mi nariz, cuando le gritaba Papá, papá, la distancia hacia mi padre era de apenas cinco metros y esa gota sería el preludio de los kilómetros que se fueron ensanchado ente los dos. Nunca se atrevió a pulsar la tecla verde.

3 comentarios

Petra Acero dijo...

Un buen relato. Siempre nos dejas con la intriga: tus finales abiertossss

Eli dijo...

Amazing story
Amazing picture

Como una gota de lluvia puede marcar una notable diferencia...
Espero la continuacion :D

http://www.youtube.com/watch?v=L59YBVFkS3w&feature=related

Akaki dijo...

Petra!: si es verdad, me gusta los finales que "molestan" un poco,jeje

Eliii: Tu siempre dejándome la banda sonora del escrito eh!

No tenía pensada una continuación, pero tal vez...

Publicar un comentario

Toggle menu