Me encantaban las barbacoas, aunque no fueran en familia.

Cerillas


- Japuta -le dice el niño a la vez que empujaba con la pierna a la señora que se había sentado al lado y que intentaba disfrutar su ligero descanso.

- Oye… que… ¿quieres que me quite?

La señora mayor miró a los lados buscando a la madre o el padre y con cara interrogante hizo una seña a su marido de pelo canoso y barriga prominente que estaba depie. Ante la insistencia del niño se corrió de asiento. Una mujer de mediana edad y ojeras notables que estaba dejando el carrito de bebes en la zona adecuada del vagón se acercó donde estaba el niño, le aupó y lo sentó encima suya. Poco tiempo tardó la mujer mayor en crear un coloquio deliberativo en su flanco izquierdo, de esos que se componen de murmullos y siseos que suenan igual que los fósforos al rasgar la cajetilla de las cerillas. Así está el mundo, porque yo lo he oído, yo también, eso no puede ser, y no ha dicho nada.Y poco tiempo pasó para que la madre del niño hablara para no perder el orgullo.


- Me he sentado con mi hijo, estaba dejando el carro.

- Su hijo ha insultado a la señora cuando estaba sentada -dijo otra mujer que había participado en el coloquio anterior.

- ¿Mi hijo?

- Si, su hijo. -encendió magníficamente la mecha la mujer mayor.

- Pero que esta usted diciendo, como le va a insultar, si ni siquiera sabe hablar…

- Pero si lo he oído. -cogió el fuelle y lo apretó con fuerza para avivar las diminutas llamas.

- Pero qué está diciendo.

La mujer mayor calló y se centró de nuevo en el coloquio a su izquierda donde el fuego empezaba a dar calor en el habitáculo. Pero mira que acaba de decir. Será capaz. Y encima como si tuviera razón. Si es que, qué maleducados. Segunda explosión y el fuego parecía propagarse por todo el vagón con avidez.

- Cállese mujer, la estoy oyendo...

- Claro que me tiene que oir, es que, ¿no le da vergüenza?

- Se lo acabo de decir.

- Pero si le he oído, que no estoy sorda.

- Y yo.

- Qué vergüenza. Y después me ha dado una patada…

El niño empezó a llorar y las llamas crecían más y más hasta salir del vagón. Tuve que apartar la cara porque el calor me impedía abrir los ojos.

- Mentirosa.

- ¿Mentirosa yo?, yo dice…, pero cómo se atreve.

- Mira lo que ha hecho, a mi pobre niño, que no ha hecho nada.

- ¿Ese mismo que se comporta como un maleducado?

- Usted sabrá de eso…

- Con cinto y vara, oígame usted, y así, -dijo levantando el dedo índice de la mano- ¿verdad Tomás?, así los teníamos y lo espabilados que han salido, no como este crío...

- Maltratadora tenía que ser.

- Será posible, que su niño me ha llamado hija de puta.

- ¿Le ha llamado qué?

- japuta, de esta misma forma, japuta.

- Pero que dice usted, está empezando a desvariar, vayase a casa a descansar, está mayor.

- Respete a la mujer, señora, su hijo tiene la culpa.

- ¡Una rebelión contra mí!

- No se haga la tonta, también lo ha oído.

- Un momento, un momento. No quiero hablar más. Dejemos las cosas claras, mi hijo no ha dicho eso y punto.

Yo, enfrente de la escena, observaba que el vagón estaba ardiendo sin control, no era un buen día, no quería más sermones sin sentido, ni incendios intencionados que no llegaban a ninguna parte. Ante el jolgorio repetitivo no pude soportar más y lancé una garrafa de queroseno al aire.

- Mire, señora, no me importa su vida, la de su hijo ni la de todos vosotros que estáis murmurando como cotorras a punto de parir catorce huevos, pero no mentiré al decir que sí me importa la falta de respeto delante de mi cara. Yo le diré las cosas claras y a ver si así se soluciona el problema de una maldita vez: su encariñado hijo ha insultado a esa señora, empujado y ensuciado con los pies su abrigo. Hecho objetivo, no hay vuelta de tuercas. Ante esa actitud tiene dos opciones para con su hijo: una, recriminarle por lo que todos hemos oído y visto, que sería un comportamiento convencional y por tanto se comportaría como una mujer convencional; o, dos, defenderle aunque sepa que no lleva la razón, y así marchan todos los colegios públicos de este país y las palizas a los profesores al salir de clase, y entonces será una Belén Esteban, la voz del pueblo podrido. Repito, no me importan para nada sus vidas, pero si me tocan los cojones las mentiras y he tenido la mala suerte de encontrármelas en mi cara. Así que después de este inciso, ya puede volver a elegir usted de nuevo entre las dos opciones mientras las cotorras de mi derecha hacen durante unos minutos el fuerzo de cerrar el pico y dejar de hablar por hablar…

Mi discurso terminó a la vez que un hombre alto de barba piojosa y pelo hacia arriba en forma de radial entraba en el vagón y daba un beso en la frente a la mujer y a su hijo que ahora contenía las lágrimas. Una ventisca apagó las llamas al instante y el silencio asoló el vagón ante la atenta mirada de todos hacia un único gilipollas: yo. Las ascuas que quedaban en el vagón estaban excelentes, a punto para echar las chuletas al fuego. Me encantaban las barbacoas, aunque no fueran en familia.

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