La muerte de la tía Julia

Espiral

La tía Julia encontró el amor de su vida demasiado pronto. Se arrepentía de no haber vivido locura alguna, de no haber saltando por el mundo, de no tener verdaderas amigas con las que haber ido a conciertos de rock metal, ni de comprarse por capricho los vaqueros rojos de pitillo. 

A veces se quedaba horas mirando por la ventana de la terraza y yo sé que estaba pensando en una vida paralela. Hasta cierto punto no se si la teoría de las cuerdas era real dentro de su cabeza, que las mínimas partes de la materia son cuerdas vibrantes que viven en distintas dimensiones expropiadas por su imaginación. Cuando se asomaba a la ventana ni siquiera miraba a la calle, a las personas, simplemente observaba el cielo, cómo las nubes avanzaban despacio, pero se movían más deprisa que ella. Me pregunto si puedo cambiar lo que parece escrito, al menos anticiparme a ello. La sensación de tener un peso sobre mis hombros que me empuja a hacer lo que hicieron los que están a mi alrededor es fuerte. Veo la espiral que engulle, gira sobre halos blancos y negros y se pierde en una oscuridad absoluta en el centro. Me absorbe día tras día sin poder retirar la mirada de lo inevitable. De esa misma espiral me habló el tío Fernando unos meses antes de la muerte de su mujer. Pero, ¿yo?, ¿por qué iba a hacerlo?, qué tenía perdido, qué debía temer ¿por qué iba a matar prematuramente a la vida? ¿por qué iba a tener la cobardía de usar una cuerda para hacerlo? Me lo preguntaba una y otra vez con una respuesta contundente y, sin embargo, quedaba ese resquicio, esa diminuta latencia de mi mente que aumentaba cuanta más vueltas le daba. ¿Acaso quitar la vida no era un acto de valentía al sucumbir al miedo? un reto a la muerte, por haber elegido el día y la hora exacta, y ¿para qué vivir de desgracias, para qué tirar de un pesado carro que no elegiste remolcar? Nadie continúa la partida de las cartas si sabe que va a perder. 
A la tía Julia le habían tocado buenas cartas pero no para el juego en el que había comenzado la partida, se había equivocado al escoger y se percató de ello en la mitad del juego. Esperaba mirando por la ventana que apareciera un As debajo de la pata de la mesa, vivía en un universo paralelo enútil. La tía Julia no se ahorcó, no pude verla más tiempo así.

2 comentarios

Periko el Bueno (el que toca guitarra, no el del bajo) dijo...

Qué hiciste, imbécil??? tú qué sabías si tía Julia quería vivir!! si era feliz!! hijo de puta!!!

jajaja! soy perico el bueno. estoy echando un vistazo a tu blog. no está mal para ser sociólogo

Akaki dijo...

Tenía que morir, antes de que se ahorcase ella misma!! era cuestión de tiempo! y para que esperar si puedo ahorrar sufrimientos??

un saludo!

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