El chicle

pantalones

Toqué con la punta de los dedos un chicle debajo del asiento en el tren, estaba duro así que imaginé que llevaba bastante tiempo adherido al plástico como un percebe en las rocas. Ahora que lo pienso, tenía la misma textura que un moco pegado por mis sobrinos debajo del somier de la cama de invitados. 

Es probable que la chica que estaba enfrente mía haya dormido con su novio en la ciudad y cogía conmigo el tren de vuelta que la llevaba a casa. El novio le había forzado a acostarse con él cuando ella lo único que quería era dormir y que la mañana del día siguiente llegara pronto. Fue un error quedarse en la ciudad, fue un error confiar en él. Ni si quiera se había quitado el maquillaje de los ojos por esa misma dejadez forzada que sintió durante todo la noche con sus estúpidos amigos. La chica volvería a pintarse los ojos delante mía, borrar las marcas de sudor para dibujar un nuevo día en su rostro. Era atractiva, no se por qué, pero lo era, y cuanto más me fijaba en sus rasgos, más me lo parecía. No se de donde vino la idea pero empecé a arrancar el chicle debajo de mi asiento. Se resistía. Ella vestía pantalones rosas ajustados, llamativos pero sin resaltar sobre su camisa blanca y rebeca negra. Y así empecé a imaginar con la textura ese chicle que había perdido su elasticidad y sabor, aunque mantenía su color rosado, de fresa. Rascaba y rascaba con el dedo índice, apretaba con las uñas hasta hacerme daño, buscaba la ranura, el eslabón débil de ese chicle petrificado, un fósil que ya no estaba pegado al asiento sino que formaba parte de él, de su estructura, de las células muertas, de su ADN. 

La chica acabó de maquillarse, sacó un collar del bolso y se lo abrochó al cuello. Era de piedras azules y transparentes, con una rebaba en sus vértices que mostraban lo miserable y rastrero que había sido su novio el día de su cumpleaños, y, sin embargo, se lo ponía delante mía sin vergüenza alguna. El maldito chicle empezaba a sonreirme con su deslizable piel, de vez en cuando soltaba pequeñas partículas y se regocijaba maliciosamente por mi afán inútil de sacarle de su casa. Había vivido probablemente años pegado al asiento, ¿por qué iba a sucumbir a un idiota cabezón? La chica echó un vistazo a la Blackberry y no supe si sonrió o me insinuó algo con su boca de labios latinos. Me enfurecí de tal forma que busqué en mi bandolera, un objeto duro, afilado, para destripar esa espinilla de color rosado. Unas llaves. Las disimulé pegándolas a la muñeca y empecé a escarbar debajo del asiento, escarbar con las mismas ganas de aquel que encuentra un antiguo baúl debajo de la tierra. Sonreí al notar como el chicle perdía fuerza ante el desgarro de su cuerpo en trozos pequeños que caían al suelo. Realmente llevaba mucho tiempo allí pero mantenía el olor a fresa que se entremezcló con el perfume barato de la chica. Rasqué y rasqué clavando las llaves en mis dedos por la fuerza que oprimía sobre él, presionando con ansia y llegando a rozar el éxtasis llegar a la catedral de Santiago después de quince días.

La chica empezó a llorar y hablar al aire desesperadamente. Su barbilla temblaba como el motor de un cuatro latas recién arrancado. No se por qué, pero le ofrecí la mano y me miró extrañada sin hacer un movimiento. Estúpido yo, que nunca había hecho eso con nadie, sentí una vergüenza descomunal y volví al chicle debajo del asiento. Estaba rasgado, herido. Me tiré al suelo y empecé a buscar los trozos con la misma desesperación que la chica recogía con las manos las lágrimas de sus mejillas. Me percaté de que ella no daba a basto en retirar lágrimas y éstas empezaban a desbordarse de su cuerpo hasta caer al suelo y formar un charco que cada vez iba haciéndose más grande. Los restos del chicle estaban desperdigados, consecuencia de un fusilamiento despiadado. Los recogí uno a uno antes de que el charco de lágrimas de la chica llegara a ellos. Cuando los tuve todos en la palma de mi mano los aplasté para pegarlos en el asiento sin éxito. En un momento de incertidumbre pensé en algo asqueroso pero que no dudé en llevar a cabo. Tumbado en el suelo del vagón, con los pantalones mojados del torrente lacrimógeno de la chica, acerqué la mano a los trocitos de chicle y los chupe con ansia. Todavía tenían un cierto saber a fresa. Tras babearlos durante unos segundos noté que los fragmentos se reblandecían, perdían su dureza inicial para ser nuevas formas supurantes de saliva y microbios varios. Intenté pegar las partes fragmentadas y pegajosas al chicle duro. No era posible, se trataba ahora de dos masas con diferente estructura, separadas por mi crueldad y empeño, sin empresa justificada había separado la piel de la carne.

Sonó el teléfono de la chica, retumbó en mis oídos como el mazo al chocar contra la mesa de haya adjudicando una sentencia firme. El manantial dejó de brotar. La chica cogió el teléfono con desgana mientras yo me levantaba del suelo y volvía a mi sitio, enfrente suya. ¿Qué hacia tirado debajo del asiento? Una voz cuchicheaba lejana y la chica se llevó la mano a la cabeza. Por un momento me quedé en suspense con la palma húmeda con trozos de chicle pegados, con un agujero en mi pecho intentando escuchar la voz tímida del audífono y con los violines de Hitchcock martilleándome la cabeza. La chica no dijo palabra y colgó el teléfono. Tres segundos pasaron hasta que en un arrebato empezó a sollozar, esta vez con más ahínco, buscando aire entre las mangas y lanzando chorros de lágrimas. Dos mangueras de bomberos fuera de control expulsaban cantidad inimaginable de agua a una velocidad increíble. Con las manos intentaba retirar los chorros para que no me dieran en la cara. No tarde en darme cuenta que estaba dando golpes al asiento para pegar los trozos al chicle, una voz me decía que tenía que unirlos, volver a juntar lo que había destruido. Me derrumbé cuando observé en una mano todos y cada uno de los fragmentos. No se había pegado ninguno. La chica se tranquilizó sin razón explicable y al mirarla vi otra mano sobre la suya, la agarraba con fuerza. ¡Era la mía! Notaba su corazón a través de mis venas, hacía movimientos lentos y regulares. Solté los pedazos de chicle en mi otra mano y crucé mi ojos con los suyos. Eran marrones, muy oscuros, de chocolate negro y lo que quedaba de sus lágrimas debajo de las pestañas brillaban al resistir deslizarse sobre su cara. Sus mofletes eran de bizcocho de arándanos y estaban sonrojados. Veía el deseo, la inocencia adulta de una mujer precoz. Gracias, me dijo, y salió del tren. Miré la mano que mantuvo la suya y en ella había un chicle verde, masticado, esponjoso, brillante y con un ligero aroma afrutado. Lo pegué debajo del asiento. Tal vez algún día vuelva a encontrarlo.

[Foto de: Justagirl]

5 comentarios

Xelaya dijo...

Kaki, me ha encantado. En algún minuto se mezcló en mi mente con una escena de dibujos animados japoneses.... por lo de los torrentes de lágrimas y eso.
Te superas guapo.

Abrazotes desde el Iguazú.

Petra Acero dijo...

Akaki, muy... original. Se nota que te has soltado a gusto. Eso es bueno, muy bueno, porque se transmite al lector. Esperpéntico. Me ha gustado. Recuerda que te vigilo el cogote...

Akaki dijo...

Xelaya: una escena de manga?! nunca me lo imaginé de esa forma, lo apuntaré! Un saludo, a ver si te dejas caer por España un día de estos,jeje

Petra Acero: Cierto! es de esas veces que escribes sin limites y te sorprendes de los que sale. Me has pillado, jeje, se notan algunas influencias de mis lecturas. Recuerda que tengo ojos en la nuca.

Pepe Nosela dijo...

Perfecta unión de mundos cotidianos. Me ha gustado mucho.

Akaki dijo...

Me alegro Pepe, de que te haya gustado y de verte por aqui!

un saludo!

Publicar un comentario

Toggle menu