Llegará el día, llegará

Laboratorio

El laboratorio estaba lo suficientemente frío como para que el calendario con la mujer rubia en pelotas empezara a revolverse sobre si mismo sin dejar ver los días que había pasado encerrado. Agustina, su casera, le tenía bloqueada la calefacción. Juli -le llamaba- este año a comprarte jerséis de lana porque están los cuartos muy mal, muy mal. Por cierto, esa lápida que hay en tu puerta ya puedes quitarla de ahí que estorba". Llegará el día, llegará, se repetía, con el tiritar de los dientes.

La última vez que se encontró con Agustina antes de encerrarse en su habitación fue en el rastrillo del pueblo, picoteando ropa y cacharros de cocina, con los ojos abiertos y vivaces, meneando la cabeza de un lado para otro. Juli -le llamaba- anoche te vi entrar en el laboratorio con una moza mucho más joven que tu... qué andas preparando bichejo. Llegará el día, llegará, -se repetía, con un zumbido permanente en la cabeza.

El Jueves Santo Julián se cargó una paloma con una parsimonia sorprendente. Caminaba a tomar el vermut al Mesón Floren, hizo el amague de dar un pisotón para espantar al animal que se cruzaba en su camino y le pisó la cabeza. Crouch, el suelo manchado de sangre. Mira como has puesto el suelo mentecato,- le diría Agustina- ¿es que no puedes jugar con tus brebajes en otra parte? Llegará el día, llegará -se repetía, con los puños apretados en los bolsillos.

El hecho de esparcir los sesos de la paloma por el suelo no fue algo fortuito para mostrarle una inquietud que antes no había imaginado en él. Una luz se hizo en su mente y una sonrisa le vistió delante del espejo. Sin perder tiempo, Julián pidió al panadero bolsas de tela y a Iker que salía a faenar todas las semanas, mallas de sedal. Con las herramientas necesarias corrió a la plaza del pueblo y cazó todas las palomas que se cruzaban por su paso. Muchas volaban, escapaban de sus ansias de rapaz. Está majara, decían unos; le ha contratado el alguacil para exterminar a la plaga de palomas este año, decían otros. Pero ninguno se aproximaba a los inquietantes pensamientos de Julián. Las enjauló en el laboratorio apelotonadas. Juli -le llamaba- has llenado todo el pasillo de plumas, que están haciendo ahí adentro… Llegará el día, llegará, -se repetía mordiéndose las uñas.

Durante dos días se encerró en sus experimentos, comía tarugos de pan atrasado de varios días, hablaba con el mismo y sus cables, pilas, probetas, cuchillos, tijeras, bisturíes, pesos se amontonaban por toda la sala, hasta el punto de que en ocasiones las usaba como colchón para dormir. "Doña Agustina querría usted pasar al laboratorio conmigo, he encontrado por fin la fórmula de convertir la tierra en oro". Sus ojos se cristalizaron. Cuando entró, Julián la aporreó la cabeza y la tumbó en una camilla junto a una mesa donde una fila de palomas arrullaba pidiendo auxilio. Más allá una joven rubia, estaba sumergida en un bañera con agua. Y más allá un ataúd.

Por primera vez se sintió dentro de la piel de uno de sus personaje preferidos: Victor Frankenstein. Mamá cuánto te echaba de menos, pensó.

4 comentarios

Petra Acero dijo...

Franki, ¡Uy!: Akaki, me ha gustado. Un poco tétrico, pero no se puede esperar otra cosa de Frankenstein, sea lo moderno que sea.
¡Ah, por cierto, ¿cuándo empezamos a trabajar juntos?

Akaki dijo...

jeje, la verdad que si, a veces soy un poco sanguinario...

¿Cuándo?, ¡esperando estoy!, ¿quien empieza?jeje

Azurness dijo...

Una historia terrorífica! y es que... los clásicos nunca mueren! Un estupendo rediseño del blog, estaré encantada de seguirte más a menudo :) felicidades y un abrazo

Akaki dijo...

Los clásicos nunca mueren, cierto, y fáciles de referenciar! jeje, me alegra que te haya gustado, y bienvenida vaquera! yo también te seguiré ;-)

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