Extraña sensación: Vergüenza

Extraña sensación

A veces ocurre que en determinadas situaciones notamos una extraña sensación que nos desorienta, que nos impresiona porque no la entendemos, ni tampoco la razón por la que aparece. Se puede llegar a repetir en días y contextos diferentes y nos extraña tanto que no dejamos de pensar en ella una y otra vez. 

Hoy al volver a casa una mujer pedía en el tren dinero, algo de comer o incluso ropa si la teníamos en casa en desuso. Vestía unos pantalones de color caqui que succionaban unas piernas delgadas y endebles, igual que sus brazos. Una camisa naranja caía sobre su cuerpo como si estuviera sujeta por pinzas a la altura de sus hombros. Zapatillas de deporte amarillas. Pelo oscuro, lacio y hasta las orejas. Nariz pequeña igual que sus ojos metidos hacia dentro en la cara. Su expresión de dolor se derrumbaba hacia el suelo ante cualquier mirada. Llevaba en la mano una manzana y una magdalena que probablemente le ofreció alguna persona en el tren. Empezó a hablar, con un tono pausado, con frases aprendidas de memoria y correctas, con cada palabra pronunciada en una única tonalidad como si fuera la voz de un robot. No era la primera vez que la veía y no conocía de su vida más que lo que ella misma contaba en el vagón, sea mentira o verdad. Mujer sin casa, desahuciada, con dos hijos y un marido enfermo. Comía de los bancos de alimentos y los comedores públicos. Las personas en el vagón se entretenían con el móvil, un libro o simplemente dormía. En frente de mí un latinoamericano, a juzgar por su piel morena, cabello y ojos oscuros (puro prejuicio) se mete la mano en el bolsillo buscando algo. Su hijo miraba a la mujer, inquieto. Finalmente encuentra una moneda que con desinterés le ofrece a la mujer. Muchas gracias buen hombre, le aseguró que lo aprovecharé todo lo que pueda, dijo la mujer, y el latino inclino la cabeza no se si de agradecimiento a sus palabras o por el deber cumplido. 

Yo, que leía un libro, me removí en el asiento ante una vergüenza estúpida. No se trataba de lástima o tristeza por ver a una persona así, ni fortuna al no encontrarme en una situación como la suya, tampoco la impotencia ante la injusticia que nos enseña este mundo día tras día. Era la vergüenza de mirarla de arriba a abajo, de encontrarme con sus ojos, de no sacar del bolsillo una maldita moneda y dársela en una lucha contra el arrepentimiento. He sentido vergüenza por miles de cosas, pero nunca ante aquello. De todas las veces que la he visto, ninguna tuve el valor de cruzarme con su mirada. Nunca entenderé de donde viene dicha sensación. ¿Alguien me la sabría explicar?

P.D.: No os olvidéis de pasar por el blog que he creado con una compañera escribiendo relatos encadenados: www.adobleonada.tk

3 comentarios

Anónimo dijo...

INTERESANTE DUELO!!!
LA TITA

Gallinita Ciega dijo...

A veces sentimos vergüenza por lo que no hacemos, no por lo que hacemos o somos.El corazón nos dicta y la cabeza actúa. El reconocer que somos sensibles, o que puedan pensar de nosotros que somos ignorantes, nos obliga a ponernos una coraza ante el mundo.
Hay que escuchar más al corazón. Nos sentiremos mejor. Seremos nosotros mismos y los demás "que digan".
Me gusta como escribes. Te seguiré leyendo!. Un saludo

Akaki dijo...

Ay, mi tita! me alegro que te guste la idea, y nos pongas algunos comentarios ehh, jeje

Gallinita Ciega: Cierto, hay una coraza, a veces muy dura, pero ya no solo por el "que dirán" sino hacia ti mismo por mantener esa compostura fría para... no sufrir tal vez?

Bienvenida a mi desierto!jeje

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