Esta chica nos hunde

Tierras

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Aunque lo sabía perfectamente me pregunto por qué Asunción conduce el BMW de la jefa lejos de la ciudad, por qué Pablo habla sobre lo dura que está la tierra en el campo en Invierno y por qué Pepe sujeta una pala de albañil. Manuela.

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Esta chica nos hunde, pensaba. Mira que no es difícil hacer las cosas medianamente bien, y estoy diciendo medianamente, pero es que ni a eso llega. Esta chica nos hunde, nos zambulle en la miseria, en la mierda del paro, mientras ella vuelve a montar otro circo a 500 metros de la depuradora de la ciudad.


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 - ¿Qué tal van esas croquetas de besamel, chicos?, ¿todavía andáis así?

Manuela hablaba con tanto egocentrismo que todo debía girar sobre lo que dijera en ese momento. Si hablaba de croquetas, tenían que estar fritas en un santiamén, si había un cliente que pedía vino, la botella ya debía de estar en camino, si el pinche había ido al baño, al día siguiente estaba despedido y si el cliente necesitaba un orinal para que mease el perro, la cazuela era el adecuado. Rápido y discreto recurso. Para Manuela bastaba una falta para gritar y llorar  en un teatro de títeres. A veces aparecía su padre, destartalado aunque lúcido de mente, y empezaba a balbucear poniendo un poco de orden donde no había desorden. Después lanzaba algún piropo a las chicas guapas de las mesas y se largaba. Así, Manuela se tranquilizaba y salía al comedor a hacer lo que mejor se le daba: cotorrear y decir gilipolleces, que en ocasiones eran acertadas pero casi siempre desafortunadas.

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 - Chicos, la mesa 7, el solomillo estaba crudo y os dije que lo quería bien pasado a la plancha.

 - Pero Manuela, nos dijiste poco hecho hace un momento.

Manuela tampoco escuchaba, solo hablaba y no recordaba lo que había dicho días antes, incluso horas. "Ella había dicho" era su frase por excelencia y sobre la que no había nada que hacer. Y, por supuesto, "Ella nunca se equivoca". Aunque la pusieras entre las cuerdas en una situación que no había escapatoria y lo rebajaba a la mínima importancia. Se iba a fumar un cigarrillo o en las peores ocasiones empezaba a gritar y llorar en un teatro de títreres montando el alboroto con frases como "si es que no me entendéis", "todos estáis contra mí", o "no hacéis nada por el restaurante". Y al siguiente el filete volverá a estar crudo cuando no tenía que estarlo. 

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Lo hablábamos en la cocina. Cambió cuando su marido empezó a insultarla -repetía Asunción- y ella traslada esa impotencia hacia nosotros, no insultándonos, sino hundiéndonos en la miseria. No la pego un sartenazo porque mis hijos me esperan para comer en casa. En cuanto pueda echa al vejestorio del restaurante -seguía Pablo- y lo manda a una residencia, aunque no le vendría mal tampoco al otro. En realidad los mandaría a los dos. Nunca entenderé porqué lo hace, ¿creeis que la encontrarían si la enterramos en unas tierras? -terminaba Pepe.

2 comentarios

Petra Acero dijo...

¡Jóder, jóbar, jolines, jo,...!
Qué fuerte, qué fuerte...
¡VAYA METÁFORA, POR ENTREGAS! Parece la vida misma. Y tú, ¿quién eres? Y yo, ¿quién soy?

Me ha re-gustado.
Saludos, Vaquero.

Akaki dijo...

jaja, qué fuerte, qué fuerte, tan real como la vida misma, no?

Creo que somos fáciles de identificar, no me hagas tantas preguntas...jeje

un saludo vaquera!!

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