I. Muerte. Los muertos no resucitan

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La procesión llevaba un paso lento y pesado, al compás de los bombos que golpeaban el pecho. Podía ser un año más de sufrimiento, penitencia y milagros pero en verdad, el pueblo consternado por la desgracia, lo hizo más oscuro y triste. La procesión cruzaba el pueblo por las calles más anchas y el último tramo se andaba por la carretera que dividía el pueblo en dos. Antes de que el paso llegara al segundo bar de la villa un Mercedes se atravesó en medio. La cabeza de la procesión paró a unos metros del coche. Algunos encapuchados perdieron el ritmo, se miraron. Aquello no fue practicado. Salió una mujer de su interior. Alta, pelo largo y liso y gafas de sol. Los tambores no dejaron de tocar y las personas observaron a la mujer de las gafas de sol abrirse paso en sentido contrario. Se dirigió hacia la escultura de Jesucristo y la pasó de largo.

El Cristo lloraba como un inútil sufridor. También la virgen con una espada clavada en el pecho fue pasada sin mayor atencion. Se detuvo delante del párroco que no pareció sorprendido por la irrupción. 

— ¿Por qué?

Gordo, pelo canoso y gafas redondas. Enjuagaba su boca con una juanola de un lado para otro. Las gafas se apoyaban en el borde de la nariz y echó una mirada por encima de los cristales. No contestó. 

— Contesta, ¿por qué?

La curiosidad mató la música y se hizo el silencio.

— Levántate y márchate. Esta noche no sirven más lamentos que los de la muerte del hijo de Dios.

 — Le matásteis.

— Cállate. No hay perdón para los que van de la mano del demonio. Miró al alcalde que estaba a su lado, sonrojado, con los ojos llenos de rabia contenida. Todos le querían en el pueblo. Hasta los que le tenían asco encontraron en él la bondad de su persona. Y ya no estaba.

— Que le dijísteis, hijos de puta.

 Se escuchó un murmullo entre la gente.

— Fuera de este pueblo. Márchate de aquí —dijo el alcalde e indicó que la procesión iniciara de nuevo su marcha.

La música reanudó la marcha y las personas esquivaban a la mujer tendida en el suelo como si se tratara de una cardo espinoso. Repudiada, se escondió detrás de las gafas de sol. Encontró la oscuridad en ellas. Al día siguiente, cuando fue a su tumba, no resucitó.

7 comentarios

Petra Acero dijo...

Me puedo imaginar lo que quiera, pero cuéntame qué ha pasado. ¿Quién ha muerto? ¿Por qué se dirige la mujer al cura? Por favor, por favor, cuéntamelo tú.
Así no puedo trabajar. Estoy que no pienso en otra cosa...

Akaki dijo...

Hay una muerte, eso está claro. ¿El quién y por qué? Tal vez haga una segunda parte... imaginad porque se quedará corta la imaginación con lo descubráis, jeje,

un saludo!

Ximens dijo...

Hola, Akaki: Un inicio que atrapa, una escena muy visual, muy castellana (segoviana). Tres personajes fuertes: Cura, Alcalde y mujer posiblemente atractiva. Un Cristo crucificado y un "hombre ido". Algo ha ocurrido para que la mujer sea repudiada. La imagen final tirada en el suelo como cardo, muy potente. Prosa cuidada.
Promete.

Akaki dijo...

Hola Ximens,
Gracias por tu comentario. Como sabias que era una escena segoviana? has dado de lleno en ello!es más la idea surgiendo durante las procesiones de hace poco.

Se pone interesante y creo que tendrá un final curioso(está en proceso todavia), porque nunca nada es lo que parece, el muerto, la chica...jeje. A ver si te va gustando como continua.

un saludo!

Ximens dijo...

Akaki, ya te dije que si te besara no sería el primer beso que te daba. Jeje, te podría decir hasta el nombre del pueblo. Empieza por "A"

Akaki dijo...

jaja, vaya, vaya, me ha sorprendido y me ha costado dar con tu identidad, pero con una ayuda familiar ya me he dado cuenta!jeje

Ximens dijo...

jeje, Me alegro de que me hayas identificado, ahora entiendes lo de los besos (creo que fui a tu bautizo y todo). Recuerdos a la familia.

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