V. Lunares. Los muertos no resucitan

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[Foto: Flicker de Metamorfosis]

Abril pasó los números de la agenda del móvil hasta llegar a un nombre. Lo pronunció despacio. "Hugo". ¿Vivía en Madrid? Pulsó el botón de llamada. Un tono, dos tonos, tres tonos, cuatro tonos, cinco tonos. Contestador. Colgó. Un cuerpo envuelto en sábanas se retozó a su derecha. Adrien. Era guapo. En su hombro desnudo vio un lunar ovalado. Jesús tenía cantidad de lunares por su cuerpo. Los recuerda cada uno en su forma particular, más oscuros y claros, grandes o diminutos. Abril había recorrido cada uno de ellos con sus labios. A veces los rascaba y Jesús se enfadaba ante sus risas, y los dos reían y hacían el amor de nuevo sin dejar de tocar sus lunares. Abril dudó si realmente le habían quitado a Jesús o ella le había abandonado. No había nadie a quien señalar, así que sobre ella recaía la culpa al no haber evitado su muerte.

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Gran vía, abrumada de coches y los pasos de cebra que parecían una cola de supermercado. Se dio cuenta que estaba desnuda cuando dos personas en la ventana de enfrente la miraban atónitas. Abril no se movió, dejó ver su cuerpo desnudo y tuvo la tentación de llevarse la mano a los pechos, a la ingle, notar la suavidad de los dedos, morderse los labios, observar su reacción. La mierda me acompaña, pensó, y corrió la cortina. La habitación estaba desordenada y vestida con su ropa. Un pantalón sobre la silla, el vestido en el suelo, el sujetador en la cabecera de la cama, ¿y el culot? Fue al baño. No recordó esa parte despampanante de la noche. ¿Cuántas copas se pudo haber bebido? No pagó ninguna después de la segunda, ¿se drogaron? Tampoco recordó si Adrien era bueno en la cama. 

Había una televisión de plasma que ocupaba media mesa. Abril buscó el mando. No lo encontró. Cogió el móvil de nuevo y dio otro repaso en la agenda hasta volver a Hugo. Cinco tonos, no contesta. Maldita sea. No conocía a nadie más. Se giró hacia Adrien. Anoche debió beber bastante. Buscó su móvil en el pantalón, en la mesilla. Lo encontró debajo de las sábanas. Husmeó por los mensajes ignorando los de hombres. Laura le invitaba a comer en el Teatriz. Roberta le suplicaba que volviera con ella, que jamás ocurrirá de nuevo, le echaba de menos. Juana, su madre, le sugería que fuera a casa y arreglara, por favor, los problemas con su padre, estaba muy enfadado y temía que le pasara algo. Abril volvió a mirar a la cama y vio sus lunares colorear la piel tan delicadamente. Pero ese hombre que ahora graznaba como un cuervo sobre la cama había perdido su encanto hollywodiense. Escribió su número en el móvil y llamó. Si le necesitase, estaría ahí. 

Se vistió recogiendo la ropa por la habitación y salió del hotel. Eran las 13:41. Tenía hambre.

2 comentarios

Petra Acero dijo...

Bueno, vamos avanzando: ¡ya aparece Jesús!
Pues a esperar más información.
Esto es un "sin vivir".
Ah! Me alegro que se haya ido sin despedirse del francés, no me daba buena espina...

Un abrazo, vaquero

Akaki dijo...

Me alegro que estés enganchada, el siguiente tiene más fuerza en la historia, se pone caliente el tema...¿y quién será Hugo?

un abrazo.

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