VI. La primera noche. Los muertos no resucitan

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[Foto: Alex Zeta]

En la Gran vía convivían el trasiego de todo tipo de personas, el contraste de vidas en un espacio tan pequeño, el glamour de las grandes pantallas junto a los vagabundos que dormían en las puertas de los cines. Cerca, en la Plaza de Callao, había un escenario publicitario de una marca de chicles. Varios jóvenes que esperan triunfar en el mundo de la música tocaban la batería, la guitarra y el bajo. Los usarán y exprimirán sin contemplaciones. Se emborracharán a su costa y encima les culparán de su fugaz éxito por falta de originalidad. Y, mientras, transeúntes puntuales se paraban a escucharles y expresar un siseo de indiferencia. Lo sabían pero les daba igual. Abril se paró delante de una televisión que ocupaba todo el escaparate. Se veía una escena donde dos jóvenes se chocaban en la calle y una tópica mirada entre ellos dejaba ver que acabarían juntos a pesar de los contratiempos que les esperaban. Suena estúpido pero las personas creamos, incluso inconscientemente y aunque lo odiemos, unos deseos ideales que nos presentan. Nunca ocurren así, pero nos los creemos.

 Jesús había bebido cuando conoció a Abril. El rostro ojeroso mostraba falta de sueño, pero el cristalino de los ojos se mantenía intacto. Labios cortados y rugosos. Apariencia efímera y hombros caídos. Abril jugaba con la pajita en un vaso de Cocacola en la barra. No le vio entrar pero la voz al pedir una copa despertó su curiosidad. Parece que no dará problemas, pensó Abril. Tras tantearle con miradas buscadas se acercó a él. Hablaron algo con superficialidad y sintió mayor curiosidad. Se fueron a una habitación. Lo único que tuvo que hacer Abril en toda la noche fue dormir a su lado, dejar que apoyase la cabeza sobre su cuerpo y abrigarle con los brazos. No era el cliente habitual que buscaba desfogarse y llenar de peticiones pervertidas a su chica de la noche. Era débil, una persona solitaria, necesitaba la compañía que le había rechazado el alcohol. Abril lo captó enseguida y se encaprichó de él, de su soledad, de las razones por las que había aparecido allí con la simple necesidad de encontrar un calor humano sincero. Le acarició la cabeza, las mejillas y el cuello durante horas. ¿Por qué no le echaba? Se movió abrazándose a ella, apretándola como un peluche y observó la media sonrisa que se dibujaba en su cara. Abril siguió acariciándole hasta que se quedaron dormidos.
Al día siguiente Jesús agradeció con una mirada vergonzosa que le dejara quedarse toda la noche y le pidió el teléfono. Abril simuló no haber escuchado, era uno de los errores más grandes que podía cometer una chica. Abril odiaba recibir llamadas a deshoras antes reacciones compulsivas de bastardos. Aunque dudó.  Jesús no hizo ningún intento más por conseguirlo. Apoyados en el cabecero de la cama hablaron sobre la vida en el pueblo, las costumbres de las mujeres que salían a barrer la puerta de casa a las 6 de la mañana, del gallo que vivía en la casa contigua a la de Abril y al que pegaría un tiro un dia, de la manía de atarse los cordones tres veces de Jesús. Nada tenía que ver con ellos, ni siquiera sabían sus nombres. Rieron y no miraron el reloj. Ninguno de los día tenía prisa por levantarse y pasaron horas. Antes de marcharse, Abril le dio un papel. Su teléfono.


2 comentarios

Petra Acero dijo...

Bueno, ya nos vamos situando... Pero continuará esta novela por entregas, ¿no?

Sigue así, vaquero, ya nos tienes pillados!!!

Akaki dijo...

jeje, claro que continua, falta la parte más interesante!

un saludo!

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