VII. Culpabilidad. Los muertos nunca resucitan

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[Foto de Alex Zeta]

Móvil. Hugo. Tres tonos. Escuchó una voz.

— Hola. Soy....soy Abril. No, no me conoces. Tengo tu número porque me lo doy Jesús. Sí, Jesús del pueblo. Mucho tiempo...me dijo que lo guardara por si lo necesitaba. ¿Sí? Vaya. Si quieres llamo en otro momento. Ok, ok. Yo estoy en Madrid, ¿Te parece si tomamos algo juntos? Sí. Claro. Verás Hugo, es algo importante. Cuanto antes nos veamos mejor. Ya. Ok. Bueno no conozco mucho la ciudad. Ok, ¿hora? Sí, tu me dices. Esperaré tu mensaje. Gracias Hugo. Nos vemos.

Abril pasó el resto de la tarde mirando a la televisión apagada en el hostal. Se sentía culpable, no podía dejar de pensar en ello con la necesidad de hacer algo para quitarse un peso enorme. Desde que Jesús se ahorcó llevaba sus palabras encima como una losa. O terminaba con ello o acabaría aplastada. Y sólo había una forma de hacerlo.

Recibió el mensaje. Museo del jamón de la Plaza Mayor a las 21 horas. Al salir de la habitación, preguntó a la mulata dónde estaba. Abril la despreció al verla gesticular y hacer aspavientos con sus dos filetes de pollo anclados a los brazos. Su pelo abrupto cobró vida, su melena espesa y oscura crecía. Por un momento, le pareció que un hurón asomó de la maraña de pelo, husmeó y volvió meterse. Poco después el hocico apareció en la parte inferior. Abril pensó que la mulata le daba de comer por la espalda si le arañaba la cabeza con las patas. Le tenía adiestrado para vivir en su pelo y en las noches le dejaría suelto para hacer visitas a los hospedados y llevarse su cartera.

— Andando quince minutos, chata, es fácil, un bar cutre, lleno de jamones colgados y yankis ansiosos por comérselos.

Las palabras las redondeaba tanto que se enlazaban unas con otras. La boca de la mulata era una cueva en la que debía vivir otro hurón.

Caminó por las calles de Madrid, esquivó cubos de basura y se apartó de graffitis en las puertas cerradas de los comercios. Se guió por el fluir de unos transeúntes cabizbajos e inmersos en su mundo. Llegó hasta la plaza de Sol que burbujeaba de latinoamericanos embozados en disfraces de Bob Esponja, Mickey Mouse y Dora la exploradora. Saludaban a los niños para atraerlos. Un anzuelo con una lombriz apetitosa. Todos menos los niños veía los dos agujeros en la cabeza por donde miraba una persona a punto de achicharrarse y con unas ganas tremendas de volver a casa. Al menos, los padres darían unas monedas para la foto en cuanto su hijo corriera hacia sus ídolos. Pero, la solidaridad no existe, pensó Abril, sólo existe la culpabilidad, e intentamos sentirnos mejor con acciones de caridad impulsivas. Creemos que somos buenos y en realidad es la vergüenza y la culpa por estar en otro lugar lo que nos mueve a actuar.

Abril cruzó la Plaza de Sol y siguió por la Calle Mayor. Anochecía.


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