VIII. Ellos. Los muertos nunca resucitan

Ellos 

Abril se tumbó en la cama del hostal. Seguía sin encontrar el mando de la televisión. Recordó uno de aquellos días, cuando habló con el alcalde del pueblo. El vermú era de las pocas ocasiones en las que se les veían a Jesús y Abril juntos en público. La gente del pueblo saludaba a Jesús mientras Abril esquivaba todas las miradas intransigentes. Por una lado, le gustaba sentirse observaba y ser centro de rumores; por otro, odiaba la falsedad de las sonrisas. Aunque pareció un largo tiempo, sólo pasaron meses viviendo juntos y varios domingos bajaron a los bares. Aquel día Jesús participaba en una animada conversación con algunos conocidos y el alcalde se acercó a Abril. De alguna forma Abril esperó su acercamiento y ese día llegó. Pelo canoso, gomina que intentaba inútilmente mantener el pelo hacia atrás. Bigote, que como una cascada bajaba hasta los labios. A veces se llenaba de saliva creando una espumilla blanca como los caballos después de la carrera de Turf. En el campo de golf al que acudía todos los sábados le llamaban El Jefe.
— Vas a quitarnos lo único que tenemos. Jesús da vida a este pueblo. —le dijo el alcalde.
— Yo no tengo nada que ver.
— Parece que no vemos lo mismo.
El alcalde miró a la calle donde había aparcado un Mercedes CLK plateado. Brillaba. Un regalo de Jesús. Abril sintió vergüenza.
— ¿Qué quieres de él? —preguntó Abril.
— No quiero nada. ¿Y tú?
Silencio. Abril sonrió.
— ¿Por qué Jesús os da todo ese dinero? —preguntó Abril con rotundidad.
El alcalde cambió su expresión de satisfacción a perplejidad. Enmudeció. El alcalde recibía un dinero que ahora usaba ella. Esto no era de su bienvenida. Abril preguntó algo de lo que ya sabía la respuesta. Siguió preguntando.
— ¿Un soborno para qué?, ¿Qué le prometiste?
Silencio.
— Vaya...
— Cállate
— ¿Hugo?
— He dicho que te calles, puta.
El párroco se acercó a husmear. No podía perderse una conversación entre la extranjera del pueblo y el alcalde. Abril le miró con asco. Odiaba a los curas que se emborrachaban en el vermú y terminaban el día jugando a las cartas. Además le había visto alguna vez pasar por el club. Le gusta que le aten en la cama según la contó una compañera.
— ¿Tú tambien verdad? —se dirigió al cura.
— He dicho que te calles. —interfirió el alcalde
— Sois unos desgraciados.
— Lárgate del pueblo —dijo el párroco.
— Ahora vivo aquí, te recuerdo.
— Un día te echaremos...
Abril mostró una mueca por la que tenía predilección.
— Y eso ¿cómo lo haréis?

No hay comentarios

Publicar un comentario

Toggle menu