XIX. Hugo. Los muertos no resucitan

Calle Huertas

El Museo del Jamón era un cúmulo de ruido y las cañas y croassanes de jamón se servían como cartas del tute. Los turistas se estremecían ante una loncha de jamón serrano sobre un trozo de pan enorme con tomate. Por lo menos, era barato. Apoyado en la barra, Hugo. Pelo hasta las orejas y revuelto. Ojos negros. Vestía una chaqueta de deporte de la selección española. Abril se presentó diciendo que era familiar de Jesús y tardó poco en ir directamente a lo que le interesaba.

— Hace tiempo que no hablo con Jesús, un año tal vez.
— ¿Discutiste con él? —preguntó Abril.
— Digamos que sí. Y no volvimos a vernos.
— ¿Por qué?
— No es importante.
Agachó la cabeza.
— Nunca entendí a Jesús. Estuve poco tiempo en el pueblo pero nos conocimos mucho de pequeños. Éramos como hermanos, hasta que empezaron suceder cosas que yo no... era un chico alegre, hacía feliz a todos los que tenía a su alrededor, pero yo... mis padres me trajeron a Madrid.
— Tu padre es el alcalde del pueblo, ¿verdad?
— Sí.
— ¿El cura te obligó a venir?
Hugo se vio sorprendido por la pregunta. Calló.
— Hugo, Jesús ha muerto.
Su expresión languideció, perdió el atractivo inicial. Era contradictorio, una mueca de dolor y de alivio a la vez. Abril sabía por qué.
— Oh Dios mío.
Abril percibió el falso dolor de Hugo y no pudo aguantar más.
— No me has contado toda la verdad —le increpó Abril.
— ¿Quién eres?
— Te fuiste. Ni siquiera te despediste de él.

Hugo se secó unas lágrimas frías y miró a Abril con una mueca que significaba culpabilidad. Abril sintió asco hacia él, un asco que hacía estremecerse y apretar las manos con fuerza. Abril se acercó a él, puso la pierna cerca de la suya lentamente. Miró sus labios carnosos y violetas. El desafio se inició cuando acerco su boca a Hugo. Abril notó cómo tragaba saliva y no le dió tiempo a abrir la boca. Le besó. Agarró su cintura y le atrajo hacia ella. Sus pechos presionaron el cuerpo de Hugo. Movió la cintura. Algunos turistas los miraron mientras despedazaban trozos de jamón. Pagó Hugo y salieron del bar. Desconcertado, se dejó tirar de la mano y guiar hacia alguna parte por Abril. Pensó que no era posible que aquello estuviera pasando. No hablaron en el trayecto en taxi. Se volvieron la besar en el ascensor y Abril pasó su mano por el cuerpo, tocó su piel caliente hasta la cintura e introdujo su mano dentro del pantalón. La mulata esperaba en el pasillo, el hurón asomó la cabeza y se escondió. Son todas unas putas, pensó la mulata mientras sonreía. Abril cerró la puerta y lo tiró sobre la cama. Hugo seguía en un estado de excitación y sorpresa por lo que iba a ocurrir. Se acercó y le desabrochó la camisa, los pantalones. Estaba excitado. Le tocó. Abril se quitó los pantalones y se puso encima, con un pañuelo tapó sus ojos. Sintió el calor entre sus piernas. Abril sonrió ante aquella persona ahora totalmente indefensa, rendida a sus pies. Cogió el bolso de la mesilla y sacó un cuchillo de cocina. Apenas lo había usado un par de veces en la casa de Jesús.


2 comentarios

Petra Acero dijo...

¡Esto está al rojo vivo! Más vivo que nunca... y más cerca de la muerte también.
Me ha encantado cuando se ha asomado el hurón quitando tensión y dramatismo a la escena.
¿Qué pasó con Hugo y jesús? y ¿Por qué Abril se va a manchar las manos de sangre, ahora?
Esto es lo malo de los relatos por entregas, que en lo mejor se para la entrega.

Un abrazo, vaquero (MUY BUENA ENTREGA)

Akaki dijo...

Uyyy, ya echaba de menos tus comentarios!Me alegro que te gustase, sí la historia está candente, y eso es que está llegando a su fin...
El sentimiento de culpabilidad es fuerte en Abril, pero, ¿por qué?, y que tiene que ver Hugo con esto?...jeje
El hurón que habita en el cabello de la mulata es un buen guiño, jeje

un saludo! pronto la próxima entrega!

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