XI. La promesa. Los muertos no resucitan

La promesa
[Foto cedida por Pepita Sandia]

Estaban en el lago, no muy lejos del pueblo cuando Abril habló por última vez con Jesús. A la orilla, junto a arena fina y pedregosa estudié la forma de hablar de Jesús, sus gestos y movimientos. Habló de él, de cuando intentó suicidarse en el lago.

—A unos metros había un pequeño islote, sabía que al otro lado había un bodón, más profundo. Con la piedra en la mano entré en el agua. Fría como el hielo. Enseguida me cubrió hasta las rodillas y el pecho. Me até una piedra al tobillo con una cuerda y seguí andando hasta el borde del bodón. Mis pies tocaron un suelo pedregoso debajo del agua. De pequeño, nos lanzábamos desde ese islote de cabeza. Intentábamos tocar el fondo muchas veces pero nunca pudimos.

Jesús paró unos segundos. Recordó su infancia y todo lo que había contado antes. Abril le agarró de la mano. Caricias, desordenadas, perdidas y suaves. Abril se sintió estúpida, por sus pensamientos egoístas, porque cuando conoció a Jesús lo miró con ojos de rapaz, capaces de agarrar una buena presa que le diera bienestar durante un tiempo. Abril tuvo la frialdad de atraparle por una simple curiosidad en su persona sin preguntarse quién era y por qué había ido al club. Durante un tiempo, intentó convencerle de que no diera dinero al cura para que pagase sus visitas al club, ni al alcalde para que comprara un apartamento en la costa. Abril notó en su piel la suciedad de ser uno más de ellos al final, utilizar el sexo como forma de satisfacerle, manipular sus sentimientos para conseguir un Mercedes CLK o un Iphone. Jesús la traspasó con sus ojos.

—La piedra pesaba lo suficiente para arrastrarme al fondo. Dudé, como siempre hice en esta vida, dudé. Pero en un arrebato de fortaleza solté la piedra. Y un tirón me zambulló en el agua.

Abril esperó. Los finales tienen una razón y todos buscamos esa razón que lo lleva a convertirlo en el final de una historia, aunque ya lo conociera.

—Me hundí inerte. Quise llorar pero estar rodeado de agua me lo impedía. La piedra tocó fondo. No tenía tanta profundidad, pero allí estaba, anclado al suelo por mi tobillo. Solo. Ni siquiera movían los brazos, estaba quieto, esperando. Se me agotó el aire y empecé a sentir arcadas. La vista se me nubló. Escuché un zambullido en el agua y después una silueta nadar hacía mí. Perdí la consciencia. Esa silueta cortó la cuerda y me sacó a la superficie.

—¿Quién era?
—La misma persona que amaba y se marchó. Volvió para salvarme y me besó. Creí que era una señal....pero equivoqué.

Silencio. Abril notó un pinchazo en el pecho y notó cómo se le rizó el bello de los brazos. 

—Te gustan los hombres.

Jesús asintió con la cabeza. Los ojos de Abril se resistían a no abrirse en un torrente de sentimientos descontrolados.

—Nadie debe saberlo. —siguió Jesús.
—¿Por qué?, ¿Y por qué se marchó él?
—No puedes saberlo.

Abril tuvo un presentimiento. Esas ocasiones en las que enlazas dos ideas que nunca antes las pensaste juntas.

—¿Por eso das todo ese dinero al alcalde?, ¿por qué él?, ¿y el cura?
—Abril... lo que tengo, mi padre fue un hombre de nobleza y reputación, su pasado es férreo, sus títulos...no puede saberlo nadie.
—¿Es por eso?, ¿y el se marchó, y te dejó aquí? ¡A la mierda!

Era la primera vez que Jesús no le contaba todo y Abril se sintió débil, más débil todavía.

—Por favor, Abril, he llorado demasiado por esto.—continuó Jesús— Ya no me quedan lágrimas. Debí haber muerto. Los muertos no resucitan.
—Lo siento. Perdóname, perdóname por... soy una p...

Jesús posó el dedo sobre su boca, observó las lágrimas de Abril desprenderse como pétalos de una rosa marchita. Retiró el dedo.

—Eres la mejor mujer que me he encontrado en mi vida.
—Yo...

La fragilidad la atrapó y no encontró la forma de componerse de nuevo. Estaba rota. Jesús la besó y entre los labios se mezclaron las lágrimas. Dulces y amargas a la vez. Hicieron el amor a las orillas del lago con un necesidad imparable. Aunque ya no tuviera un significado especial para Abril, le sentía más cerca así, pegado a su cuerpo. Se tumbaron sobre una arena fina y se abrazaron. Abril se extrañó, en su mente empezó a aflorar un sentimiento de odio, una necesidad de clavar el puño en la arena y escabar con sus uñas hasta encontrar una roca enorme. La suciedad se mezcló con la impotencia y sintió la obligación de hacer algo, de actuar, mover una ficha.

—¿Quién es él?, ¿Quién cortó la cuerda?
—Si pudiera ahora, le mataría.
—Dime quién es.


2 comentarios

Petra Acero dijo...

Pues buena duda, buen suspense.
¿Quién es él? ¿Por qué cortó la cuerda?
Ahora es cuando hay que ir al epílogo...

Besitosss

Akaki dijo...

Como que quién es el?!eso ya se descubre antes!jeje

un saludo vaquera!

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