XII. Epílogo. Los muertos nunca resucitan

amanecer2

Adrien y Abril estaban cubiertos solo por una sábana. Después de deshacerse de los cuerpos fueron al hotel de Adrien. Eran las 4 de la madrugada y ninguno de los dos era capaz de dormir.
—Abril, ¿Por qué?, ¿por qué lo hiciste? Cuéntame la verdad.
—Ya te lo dije.
—Soy policía. No soy estúpido.
Abril se revolvió en la cama y se alejó de él.
—Qué dices...
—Bueno, era policía, hace unas semanas salí del cuerpo.
—Por qué no has dicho nada, ¿van a venir a buscarme ahora?
—No, no... no vendrá na...
—¿Por qué me has ayudado?
—No sé, no sé por qué lo he hecho.
—¿Qué quieres?
—Nada. Tranquilízate.
—Pero si eres un madero.
—Por favor...
Abril se recostó en el cabecero de la cama. Estaba desnuda y la sábana solo le cubría hasta la cintura. Sus ojos brillaban en un diminuto punto de luz.
—¿Dónde vas a ir ahora?
—No sé, lejos, donde no me encuentre nadie, fuera del país.
—¿Tú sola?
—Sí
Adrien observó sus pechos firmes que terminaban en el abultamiento de los pezones. La curva de su costado hasta la cadera se perfilada por el reflejo de la luz de la calle.
— Quiero ir contigo.
Abril, hizo un chasquido con los labios y miró al techo.
—Mira Adrien...
—Me llamo Carlos.
—Pues Carlos, mira, no sé que coño estás haciendo. Tú tienes tu vida aquí, yo no tengo nada, es absurdo que dejes todo por mí, me conoces desde hace tres días, Dios mío...
—Tengo pocas cosas que me anclan aquí ahora. Mi novia se tira al masajista de la clínica. Dejé el trabajo y mi padre me dice que soy una deshonra para él.
—Cualquier cosa es mejor que escapar.
—Además, tú sola no serás capaz.
—Me las apañaría yo sola.
—¿Como una prostituta?
—Yo no soy la cuestión...
—Me da igual, siempre podré volver a Madrid, pero ahora quiero ir contigo.
—¿Por qué lo haces?
Carlos levantó los hombros.
—Es lo que me apetece.
—Eres idiota... —dijo Abril y se sonrió a sí misma.
—¿Londres, Dublín?, ¿tal vez más lejos?, California, Miami, o donde hablen español...¿México, Chile? —preguntó con una acento latino mal conseguido.
Abril no pudo evitar sonreir de nuevo pero enseguida volvió a la realidad.
—No lo entiendes, acabo de matar a dos personas hace unas horas, ¿no ves lo que soy?, eres un completo idiota...
—Es cierto, soy el mayor idiota que parió Madrid, ahora...¿eso es un sí o un no?
Abril miró la nariz aguileña y ojos negros de Carlos. Se acordó de Jesús, a veces hablaba como él y algunos gestos eran idénticos. La suciedad de su cuerpo se marchó por un instante al dejar volar su imaginación. Abril se acercó a él y se tumbó sobre su pecho. Escuchó. Los latidos del corazón eran lentos y apaciguadores. Carlos la abrazó y apoyó la barbilla sobre su cabello. Podrían haber hecho el amor de nuevo, toda la noche, pero esta vez, solo durmieron.

|| FIN ||

3 comentarios

Petra Acero dijo...

Me ha gustado.
Muy bien dibujada la escena: para llevarla al cine.
El cambio de vida. el inicio de una vida en común es un buen final, es dejar al lector imaginando de nuevo.

Pues la siguiente entrada, todo lo contrario: un micro...

Un beso, vaquero.
(me voy a la anterior "casilla", que no la he leído)

Rita Bonet dijo...

Genial!La estructura, el ritmo... Lo he "robado"- está en Lshc, de Facebook. Sigue vaquero ; )

Akaki dijo...

Me alegra que te haya gustado Rita!!y me aunque suene raro, me alegra que "lo robes" para que llegue a más personas, gracias!
(seguiré, seguiré)

un saludo vaquera!

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