Heridas sin cicatrizar

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Con un movimiento circular del dedo señalé el cerco que había dejado el vaso sobre la mesa. Tenía un ligero relieve y una textura pegajosa. Era el rastro que deja una falta de cuidado y una promesa incumplida.

—En el pueblo están bien. A lo suyo, como siempre. La abuela está deseando que vayas a verla —dije.

Las mujeres no deberían tomar alcohol. Pierden el control. Se convierten en muñecas que giran colgándose de brazos ajenos y sin ser conscientes de las malas intenciones. Hablan con las palabras trabadas y hacen mucho daño, sueltan todos los rencores que poco a poco acumularon. Me recuerda a mi mujer.

—Trajiste a gente a casa el fin de semana. Te dije que no lo hicieras. No más fiestas. —continué ante su silencio.

Un acto de fe no significa creer en alguien, ni tampoco hacer un esfuerzo por creer en algo. Significa ceder una confianza. Los actos de fe solo se plantean cuando existen dudas. Intenté acercar mi mano a la suya, pero la apartó y con ella apretó el cojín hacia su pecho. Los actos de fe no sirven cuando hay un pasado que anula todo.

—¿Por qué me odias? —pregunté ante su mirada efusiva.

No esperaba respuesta. Tampoco tenía un sentido. Sabía porqué me odiaba, pero no comprendía porqué algunas heridas no cicatrizaban nunca. A veces deseo que algo externo interfiera en nuestras vidas, como una catástrofe, algo realmente malo. Así podríamos luchar contra un frente común, hablarnos con sinceridad y volver a empezar de nuevo. Pero en la realidad no llega ese día y son esperanzas engañosas. Todo se mantiene igual, el tiempo pasa y el frío hace crujir la madera. A veces quiero que me de un ataque al corazón, quiero morirme sin morirme sólo para ver que dicen a mi alrededor, ver si mantiene esa mirada repulsiva hacia mí.

—Me van a echar del trabajo. Han anunciado en unas semanas que reducirán la plantilla y yo soy uno de ellos. Sabes lo que significa, ¿no?...

Gélida, fría, incesante. Lo guarda para ella sola, lo mantiene dentro y lo alimenta para no olvidar. Pero esta vez no puede escaparse. Tomé una decisión y deshacerme del trabajo formaba parte de ella.

—Significa que no podemos pagar el alquiler y tendremos que volver al pueblo. —terminé.

Y su rostro cambió después de nueve meses. Observé su miedo.

—¿Y qué pasa con Mamá?, ¿ya la olvidaste? —dijo.

[Cuadro: Morfina, de Santiago Rusiñol]

4 comentarios

Petra Acero dijo...

Un final esclarecedor. Nos desvela la identidad de ese personaje femenino al que se refiere y co quien habla el protagonista, y nos soprende: ¡es su hija! Y desde aquí, desde el final del relato surge la historia.
Muy bueno, Akaki.

Un abrazo. Te echaba de menosss

(Ah! elimina lo de la comprobación de que no soy un robot, porfa).
A.M.A.

Akaki dijo...

¿sorprende que sea su hija? Si es cierto que desde el final se interpreta todo lo anterior, aunque hay mucho en el aire eh!, ¿por qué ese rencor tan grande de su hijo y algo relacionado con su madre? Uhh

Una alegría verte por aquí Petra!

P.D.: Exijo cuentos más largos y menos pinturas en tu blog, jeje :P

El moli dijo...

Muy bueno Amigo, excelente relato, sobre todo ese final.
Coincido contigo respecto a Petra.
Te dejo un abrazo.

Akaki dijo...

Me alegra que te haya gustado.

un saludo!

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