El aire nunca huele tan bien como cuando el invierno se acaba

Nieve

El aire nunca huele tan bien como cuando el invierno se acaba. No es tan frío pero aún así entra por la nariz, llena sus poros y lo notas limpiar el interior de tu cuerpo. Los olores parece que toman un respiro en Invierno, se apelmazan en rincones y deciden no salir. Y cuando el Invierno se acaba, poco a poco se descubren. Carlota olía igual que cuando el invierno se acaba. Ligero, como el limón, e intenso, como el romero. Permanece dentro de ti varios minutos antes de disiparse por completo y entonces vuelve de nuevo. El olor más fuerte estaba en su cabello y cuando tenía oportunidad, acercaba mi boca a su cuello y descansaba en sus fragancias.

Vivía en Tarragona con su familia y vino a estudiar a la universidad en Madrid. Era más mayor que yo y tenía ese acento catalán empalagoso y que arrastra las palabras. Me hacía reír solo con escucharla y por eso ella también se reía. Pasamos largas tardes en el Retiro hablando, no me acuerdo de qué, pero solo hablando y el tiempo pasaba muy rápido. Todos los días a las seis de la tarde llamaba por teléfono a su padre, lo hacía por obligación. Ponía muecas cuando llegaba la hora y se alejaba de mi riéndose para hablar a solas por teléfono. Algunas veces volvía llorando. Solo algunas veces. Entonces yo le decía que no tenía porqué volver, que no podía pasar por aquello otra vez.

Cuando terminó la carrera se marchó. Me avisó el día de antes por teléfono. Tan solo será una semana, me dijo. Fue a mediados de Marzo, cuando el Invierno estaba a punto de acabar y los aromas flotan en el aire. Pude despedirme de ella y no lo hice. Me quedé en casa, sentado en el suelo y apoyado en la cama. Sin moverme, mirando la pared blanca de mi habitación. Recibí llamadas de teléfono pero no lo cogí, escuché el tono repetirse una y otra vez y yo seguí mirando absorto el vacío de lo blanco. Nieve fría que el aire mantiene. Recibí mensajes de textos y nunca los leí. No encontré razón alguna para hacerlo.

Ayer me volvió a llamar. Contesté sin saber que era ella pero reconocí su voz con la primera palabra. Habían pasado cinco años desde que se fue. Si dijera que durante todo ese tiempo la eché tanto de menos que tenía ganas de morir, no sé si estaría mintiendo. En realidad la odié, la odié por elegir su tristeza y después ese rencor se diluyo día tras día, mes tras mes, hasta que quedó en nada. Tal vez la abandoné cuando más me necesitaba. Ayer recibí su llamada y no pude hacer otra cosa que permanecer en silencio. Repitió mi nombre, me pidió por favor que le dijera algo, que daría lo que fuera por escuchar una palabra. Quise hablar pero no hice nada. Pasaron los segundos. No colgué siquiera al oir el tono pesado y continuo, inmovilizado por un pensamiento hueco. La quise, es cierto, la amé tanto como a nadie. Pero eso no volverá a ocurrir. La noticia salió en el periódico esta mañana. Faltan pocos días para que el Invierno se acabe y nada olerá tan bien.

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