El síndrome del pulsador empedernido

El síndrome del pulsador empedernido

Esta vez quiero escribir sobre la gente precipitada, ansiosa, insistente, que aprieta el botón antes de que pare el vagón de tren. Me pongo nervioso, de mala leche, me remuevo por dentro, me muerdo la lengua. ¿Por qué apretar el pulsador si se sabe que hasta que no se detiene el tren no se abre la puerta?, ¿Quieren salir con el tren en marcha? Además, en los nuevos trenes se enciende una luz verde fosforito de leds ultrallamativos para avisarte de que ya puedes presionar el maldito botón. Aún así, hay personas que lo aprietan veinte veces antes de que se encienda. ¿Por qué? Dime ser omnipresente que diste creación en este mundo, ¿por qué?, ¿creen que está averiado? Me dan ganas de susurrarle en la oreja que si está tonto, que si le tengo que explicar el funcionamiento de la lucecita en formato Barrio Sésamo. A veces pienso en su subconsciente se quedó para siempre el ansia infantil de pulsar la tripa del osito para que cantara la canción. O tal vez sientan gustillo al notar ese suave golpecito que hace la parte exterior del botón al introducirse en la puerta o escuchar el tiquitiquitiqui. O, con una observación sociológica, puede ser un comportamiento para sentirse integrado, para que los que están a su alrededor arrejuntados igual que él en la puerta, se percaten de que también quiere salir y además el tendrá la gran responsabilidad de hacerlo primero sin obstruir el paso a los que vienen detrás. Y por supuesto mostrar su ansia pulsadora.

Esto pasa en los botones del tren pero es trasladable a los botones del ascensor, los de los autobuses, a los cajetines de los pasos de cebra (¿por qué apretar más de una vez aunque ya se haya encendido el indicador de “por favor, espere”?) e incluso el pito de los coches, a cualquier incidencia, hay que hacer resonar la música celestial del claxon.

Yo voto por poner una descarga eléctrica cada vez que alguien pulse antes de tiempo, como un aviso para acabar con esta incomprensión tortuosa. Si esto funciona con los ratones, con los humanos también. Para este tipo de cosas somos igual. Así se acabaría el problema, es más, seguramente no quisiera abrir nadie la puerta, se alejarían todos de ella, esperando a ver quien es el valiente de apretar el botón. Incluso algunos perderían su parada por miedo a sufrir la descarga. Sí, me encanta la idea. Mandaré una carta a Renfe.

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