En una noche

sueño

Ocurrió en una única noche, en apenas unas horas que permanecí dormido. Pude haber soñado cualquier otra recreación trivial donde personajes desorientados hablan en una lengua inconclusa, donde todo está fuera de cualquier control racional. Pero no fue así, aquel sueño fue solo suyo, como si se hubiera adueñado de mis pensamientos para jugar con ellos. No hubo comportamientos disparatados, no hubo falta de gravedad, ni una caída lenta desde altura. Fue tan real que hablar de él como si fuera un sueño me parece todavía extraño. Me estrujó el corazón solo con imágenes y después me lo arrancó al abrir los ojos. Eso fue el despertar, un deseo insatisfecho, un amor imposible y un miedo a la pérdida, un terror a no tener lo que nunca existió. Parece que hablo sin sentido, pero no. Las personas tenemos miedo a perder lo que no tenemos, un temor a no poseer lo que deseamos. Lo tocamos un instante y nos paraliza.

Esa noche la amé y desde entonces, me pregunto porqué ella y no otra. La conocí cuando iba a clases de inglés. No sé cuántos años tendríamos, pero éramos jovenes. Apenas hablaba con ella, escasas veces en las que una conversación se cruzaba en el grupo de amigos. Tampoco había un interés mutuo por conocernos. Si no fuera por el sueño, hubiera sido alguien más en el cuarto del olvido. Era guapa, atractiva, con ojos rasgados y finos. Alegre, con sus movimientos rápidos y expresiones ensimismadas. Era la chica que sabía de su belleza pero solo la explotaba en determinadas situaciones que podía controlar. No recuerdo más.

Soñé con ella un día cercano a Navidad, tres años después desde que la viera por última vez en las clases. En el sueño vivíamos en la misma casa. Ella me llevó de la mano hasta la cocina y allí no paró de abrir y cerrar cajones sacando platos, vasos, y cubiertos. Me sonrió. Una sonrisa que no pude dejar de mirar. Yo permanecí de pie, con un vaso de agua vacío en la mano, perplejo, hipnotizado por su tranquilidad. No recuerdo que me dijo pero me reí y miré al suelo avergonzado. Cada vez sentía mayor atracción, el tiempo pasaba lento entre miradas y mis deseos se incrementaron exponencialmente. La amé aún más por cada minuto que pasaba y ella no paró de sacar cosas de los cajones, incansable, entre gestos. Mi interior se llenó de una sustancia etérea que creaba una sed insaciable. Y ni siquiera había dicho una palabra. Quise abrazarla, quise tenerla conmigo, quise prometerle todo. Y siguió aumentando mi pasión por cada pestañeo de sus ojos, por cada movimiento de sus manos que se movían precisas. Entonces, como si saliera de mi cuerpo, fui consciente de mi sueño. Me pregunté, ¿y si no volviera a verla jamás?, ¿y si no fuera más que un sueño? Y desperté.

Quise no haberlo hecho nunca. Aquella chica que paso desapercibida en la realidad se convirtió en un deseo, en una felicidad espontánea y real. No olvidaré la sensación de vacío, la misma que deja la noche al cubrir la luz de un día pletórico. ¿Acaso tiene sentido? No me había enamorado nunca y cuando lo hice fue en un sueño, en una noche. Durante varios días, por la calle me fijé en las caras de desconocidos, en cabellos largos de mujeres, esperando que por una extrema casualidad fuera ella. Y cada noche al dormir volvía ese vacío en mi, el vacío de perderla. Poco a poco fui siendo consciente de que nunca la volvería a ver.

Han pasado casi diez años y sigo recordando ese sueño como si fuera ayer, a pesar de vivir otras muchas experiencias. Me queda la duda de si ese día, ella soñó conmigo también. Tal vez esté muerta. No sé. Al levantarme hoy había platos, vasos y cubiertos fuera de los cajones, amontonados en la mesa de la cocina. Como en mi sueño.

2 comentarios

jorge dijo...

COJONUDO! digno de un recientemente tio ;)

Akaki dijo...

thanks!!

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