Sus manos

Sus manos

Sus manos,
se deshacen en la rugosidad de la angustia.
Sus manos,
como la arena de un reloj sin tiempo.
Sus manos,
dibujaron su vida en fuego sobre mí.

Los temblores movieron mis piernas, mi cuerpo, todo lo que veía se tambaleaba en un baile de campanas tenebrosas que parecían llamar a la muerte. Se derrumbaban las casas de papel, los postes de electricidad de cartón, el cielo de papel cebolla y el sol se movía como una lampara dueña del fuerte viento de la costa.

Yo estaba allí cuando ocurrió, en Puerto Príncipe. El suelo primero palpitó y después estalló con furia. El polvo me rodeó y enseguida cayeron piedras y bloques de hormigón que lapidaban azarosos. Caminé sin rumbo, sin lugar donde apoyarme, borracho de movimientos, chocando con personas desorientadas. Oí gritos que no entendía, auxilios y más polvo. Empecé a toser y estornudar, a buscar no sabía qué, algo con lo que pudiera aislarme de la tormenta de ruidos y estruendos. Todo se movía y no encontraba espacios a pesar de estar en la calle, que me dieran un hueco donde respirar oxígeno puro, solo pedía aire. Una piedra cayó sobre mi pierna derecha, no supe ni de donde vino. La partió en dos y apenas noté más que el crujir de los huesos al astillarse y hundirse en los músculos. Caí en el suelo y sentí el temblor, boté en la dura tierra y perdí la consciencia.

No se cuando desperté pero los temblores ya no estaban, tampoco los gritos descontrolados. En su lugar, había aullidos de desolación, sirenas de automóviles, piernas que levantaban el polvo que se mantenía en el aire. Me arrastré para apoyarme sobre los resquicios de un edificio y entonces las vi. En el polvo amarillento vi sus manos que sobresalían de las piedras, sus manos se movían, pidiendo algo más que ayuda, pedían agua, comida, pedían una segunda oportunidad. Las cogí entre las mías, estaban calientes, se movían nerviosas y yo intenté tranquilizarlas con caricias. No veía sus ojos, pero sabía como eran, negros y también su sonrisa, de dientes blancos y desordenados; y su nariz, pequeña y respingona; y su cuerpo, frágil pero con mucha energía. Tampoco oía su voz, pero estoy seguro que era rasgada y alegre; y su pelo reluciente y encrespado. Esperé a su lado, sentado en una piedra reconstruida por la miseria, mi pierna sangraba doblada de una forma antinatural hacia dentro. Había un charco de sangre en la arena, pero seguía mirando a sus manos, nada podía quitarme la atencion que mantenía en ellas.

No sabía nada de ella pero estoy seguro que antes vivía en la pobreza, pero en ella misma encontraba sus sonrisas. Su casa era una de las miles de chozas que se agolpaban unas encima de otras en la ciudad, son terrazas de papel que se tambalean con la brisa húmeda. Podía verla escapar de casa cuando sus tios la advertían que no debía hacerlo sola, la podía ver jugando con sus amigos en el barro de las calles, saltar entre el bullicio de la gente, correr detrás de las camionetas de colores donde se hacinaban sus pasajeros. Su tía la esperaba para comer, se sentaba en la silla y esperaba la cazuela de lo mismo, arroz con plátanos y quizás algo más de fruta. Su tío ganaba un dolar diario vendiendo baratijas de hojalata que hacía él mismo para los turistas. De eso sobrevivirían él y sus hijos, entre ellos Yené. Tenía una pequeña cicatriz debajo del dedo índice producida por el roce de la cuerda atada a un cubo con la que llevaba leche a su casa. Justo después anochecía y las calles eran zona peligrosa, la oscuridad llenaba de transeúntes indeseados la ciudad.  Las uñas de sus manos eran blancas y las líneas de su palma de un color más claro. Yo estaba allí cuando ocurrió.

Pasaban los segundos despacio, me dolía la pierna y yo miraba hipnotizado los pliegues de las almohadillas de sus dedos. Nadie venía a ayudarnos, había más sangre alrededor que la mía, cuerpos sin vida aplastados, pero yo la hablaba en silencio y arropé sus manos en busca de un calor que se desvanecía. En ese momento sentí miedo por la debilidad de lo humano, lo efímero de la vida , la ínfima búsqueda de razones ante algo que no debió ocurrir y la doble miseria de la pobreza. La miré sin verla. Tranquila, la susurré, vendrán a ayudarnos enseguida y volverás a casa con tus tíos, correrás con tus amigos por la calles largas y polvorientas. Las venas se marcaron en su piel, y noté como la sangre volvía a su cuerpo, escapaba, quizás para no volver, para ir a otro lugar. Nunca llegué a ver sus ojos, ni su pelo, ni sus dientes y sus sonrisas pero con el calor de sus manos conocí su vida.

2 comentarios

El moli dijo...

Excelso, no cabe otra palabra.
Me has dejado anonadado, un relato muy crudo con un final no esperado.
Felicitaciones amigo.
Un abrazo.

Akaki dijo...

Gracias Moli, me alegra que te haya gustado. Era uno de esos relatos que uno tiene guardado en el cajón hace años y decide sacar.

un saludo!

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