La pregunta

Bilbao

—Eres un egoísta —dijo.
—Todos lo somos en cierto modo.
—Tal vez, pero tu lo presentas como si no te importara. —dijo agachando la cabeza.

El ruido de la televisión sonaba de fondo. Era opaco.

—¿Ya te convencí?
—No, solo que acabo de comprender por qué lo eres.
—Ah sí, ¿y por qué?
—Podría decir que no comprendes a las personas, que no te pones en su lugar, ni que ves más allá de satisfacer tus placeres. Pero sería mentira. Lo sabes perfectamente.
—Puede ser.
—Simplemente te apasiona joder a los demás, joderme a mí, ahora mismo, ni siquiera te paras a pensar en lo que te he dicho.
—Entonces no sería egoísmo..
—Puede que solo sea un instrumento...y si fuera así,¿por qué lo haces?
—Por qué hago el qué.
—Por qué te apasiona joder a los demás siendo así.
—Umm.

Recogió un resto de comida que había en el suelo y lo tiró a la cocina.

—Tal vez solo quiera hacerles ver que tarde o temprano ellos también serán unos malditos egoístas. Sólo hace falta que se den las circunstancias. Por lo que es mejor no hacer creer a nadie lo que uno no es.
—Claro…
—Leí un libro hace poco. Contaba la vida de un judío en un campo de concentración en Auschwitz. Rodeado de personas tísicas y famélicas, él fue el afortunado de tener un trozo de pan. Podría haberlo compartido, pero lo necesitaba para sobrevivir. La decisión era morir todos o vivir él. Entonces se escondió el cacho de pan en la manga y aguantó semanas viendo como se morían a su alrededor otros como él. Cuando lo contaba se avergonzaba de él mismo, de lo miserablemente egoísta que es el ser humano en situaciones límite. Lo decía en tercera persona, intentando separarse de lo que hizo.
Se escucharon los gruñidos de gatos hambrientos por la ventana.
—No estamos en un campo de concentración, solamente es algo que me gustaría.
—Pero, ¿y si lo estuviéramos?
—Déjalo, además qué importa.
—Claro que importa, porque cuando me haces una pregunta como esa, te imagino acurrucada en esa esquina, guardándote el cacho de pan bajo tu blusa, y lo único que pienso es que eres un ser humano más en toda esta jodida sociedad enferma, entonces, ¿por qué debo insinuar ser de otra forma?, ¿sería mejor mentirte?

Ella le miró a los ojos.

—No lo haces por joder.
—Lo dudo, solo digo lo que pineso. Estoy harto de todos los hijos de puta que llevan la falsa abnegación por estandarte. Se sienten mejor diciendo que los demás son egoístas cuando en el fondo de sus pensamientos ellos son exactamente iguales aunque no lo manifiesten. Un día, cuando sean viejos y retorcidos se darán cuenta que son aquello que nunca quisieron ser.
—Sólo te he hecho una pregunta.
—Y yo sólo te he respondido.
—¿Soy uno de ellos?
—¿De qué?
—De ese tipo de personas.
—Tal vez.
—Vaya...
—Entiendo que...
—Déjalo.
—No he respondido a tu pregunta.
—Déjalo he dicho...

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