Pero no la guerra

Lluvia 

Cayó un agua torrencial que hiló sobre el camino sin asfaltar un riachuelo verdusco y marrón que además de barro traía una amenaza. Nos preparamos con abrigo, chubasquero, gorro, ropa de batalla y diversos utensilios de jardinería, pero sin guantes, porque las manos desnudas eran nuestra herramienta más útil. Aunque en nuestro interior reinaba la impaciencia y la euforia, manteníamos nuestro semblante, esperando a que escampara. A mi derecha, mi primo, fiel a mis palabras. Observamos desde el porche de casa con aires de grandeza aquel riachuelo que había partido en dos la tierra. De alguna forma se burlaba de nosotros, guarecidos de su fuerza, pero sabíamos que llegaría su momento y entonces, los victoriosos seríamos nosotros. Teníamos enfrente muchos peligros, pero eso era algo secundario. Mi primo y yo estábamos dispuestos a dejarnos los huesos para cumplir con nuestra proeza.
Levanté la mano abierta y vi escasas gotas brillar sobre la palma.
—Ya está. —dije.
Corrí hacía un punto que ya habíamos divisado como idóneo. Hincamos nuestras rodillas en el barro y empezamos a arrastrar las manos por el suelo recogiendo tierra. Nuestro chándal absorbió el agua de la tierra y nos caló enseguida las zapatillas.
—Construyamos por los lados y terminamos en el centro.
Y así hicimos. No teníamos una metodología exacta de operar, tampoco la velocidad para construir nos lo permitía. Básicamente consistía en construir muros de contención que retuvieran el agua lo máximo posible, teniendo en cuenta que era imposible almacenarla toda.
—Necesitamos arena seca, o se hundirá, allí tienes.
Mi primo no dudó de mis órdenes, fue corriendo al porche y cogió el cubo y la pala.
—Rápido, Diego, rápido, o lo perderemos. —le animé.
La piel se arañaba con las chinas cortantes, los dedos se doblaban con las piedras más grandes, las uñas ennegrecidas, pero no importaba porque nosotros teníamos una misión y pasara lo que pasara debíamos cumplir con nuestros objetivos.
—Aquí tienes.
—Nos falta poco para juntar los extremos.
—Sí, casi lo tenemos.
—La salida.
Hicimos una vía de escape con una botella pequeña de plástico con el culo agujereado y la pusimos en el centro. Lo teníamos casi completado, solo faltaba asegurar bien los extremos para que no desbordara. Entonces, apareció un contratiempo.
—Está lloviendo otra vez—dijo mi primo, asustado.
—Hay que aguantar como sea.—contesté.
El problema de la lluvia no era que diera más fuerza y trajera más agua al riachuelo, sino que las paredes perdían su fortaleza y se derrumbaban por los lados cuando las gotas las golpeaban.
—Hay que armar contrafuertes.
—¿Qué es eso? Sus ojos ansiosos de conocer me propusieron que aquel era el mejor momento.
—Vete a por las ramas, ¿te acuerdas?, las dejamos al lado del cubo.
—Sí —contestó, y salió disparado con las gotas chocando con sus ojos.
Evaluación de la situación. El muro izquierdo era el más débil, se venía abajo y había que amontonar más arena, endurecida y si era posible con piedras para que aguantara la rigidez. Después añadiríamos los contrafuertes en la parte posterior y con eso esperaba retener el torrente.
—Ya está.
—Vale. Hay que añadir más arena, hacer el muro más ancho, ¡vamos!
Con la lluvia cayendo sobre nuestros hombros, arrastramos más y más barro. Excavadoras humanas, que con ayuda de sus palas mueven la tierra. En cuanto terminamos la primera fase usamos las ramas como esqueleto en los contrafuertes, pero la lluvia seguía cayendo, incluso con más fuerza. Me di cuenta de lo inevitable.
—Se va a caer.
—No, ahora no. —dijo mi primo mientras seguía cogiendo lo que ya era fango.
—No sirve de nada. Noté la rabia en su mirada, la impotencia del principiante.
—Tenemos que abandonar. Es imposible si cae más agua—le dije sujetando sus manos.
Sucios y manchados de tierra húmeda vimos desde el porche cómo el riachuelo se llevaba lo que quedaba de la presa, incluso los extremos, más pequeños. Los dos, con nuestro orgullo herido, con los ánimos arrastrados por el torrente, esperamos otra oportunidad, observando la lluvia caer.

Y ahora con esos mismos ojos de hace tantos años miro como el agua arrastra coches, maderos, barro con una fuerza descomunal. Las batallas forman parte de nuestra vida. Habíamos perdido esa batalla, pero no la guerra.

2 comentarios

Anónimo dijo...

luchar es la clave

Akaki dijo...

Si, eso creo!

un saludo!

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