Mirada eterna

maniquí
[Foto de Paduano]

Los pezones se marcaban sobre su fina camisa blanca con tanto fragor que los sentía punzantes en su cara. Adivinó pliegues entre las piernas que llenaron su boca de saliva. ¿Acaso importaba quién la había traído? La conocía y estaba sediento de ese cuerpo delicado, ahora delante de sus ojos. Podría levantarse y lanzarse sobre ella allí mismo, atraparla en la puerta de la cocina, sin escapatoria y probar su piel con la lengua. O podría esperar a que se acercase con su lento caminar y dejar que le maniatara con insolencia, dejar que ella tomara el control, un control manipulado por la locura.

No se movieron. Pasaron los segundos y ninguno de los dos dio el primer paso aunque sus cuerpos ya estaban gozando en su cabeza. Se escudriñaron para adivinar el desenlace que iba tomar la situación. Mirada penetrante y lasciva. Mejillas sonrojadas. Labios húmedos. Piel lechosa e inexplorada. Sus hombros colgaban inertes, hombros que podría dirigir a su antojo como si solo estuvieran unidos al cuerpo por carne. No podía soportar una presión tan alta de deseo, la necesidad de explotar y fundirse en su interior. Ella sonreía de la manera más perversa. No estaba pidiendo entrar sino que marcaba un territorio que ya era suyo y dominada a su placer. Era cuestión de tiempo que se enzarzaran con embestidas y arañados, con gemidos e insultos.

Ese momento no llegaba, permanecían inanimados, abstraídos por una imaginación lasciva, más rápida que la realidad, bloqueados por una lujuria reprimida. Paralizados. Porque eso eran, esculturas articuladas que esperaban ilusas, condenadas a una mirada eterna, detrás del escaparate.

2 comentarios

jorge dijo...

Inesperado desenlace que lo hace magnifico!

Akaki dijo...

cómo te gustan los relatos con giro final eh! que ya te conozco,jeje

un saludo vaquero!

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