El vestido carmesí

The red dress
[Foto de Aitor Aranda]

Estaba allí, delante de mis ojos. Tirantes bordados en granate, palabra de honor, ceñido al pecho, entallado en la cintura con un cordón dorado y falda de volante capeado. Su carmesí brillaba desde el otro lado de la acera. Elegante, atractivo y corto, especialmente corto. Apareció como si nada, como un cometa en el cielo, como una señal necesaria. Sonó el teléfono. Mi madre. Siempre llamaba en el momento más inoportuno.

—¿Cómo ha ido hoy en el trabajo? —me preguntó e imaginé una de sus espléndidas sonrisas.

—Bien, mamá, bien —contesté, ¿acaso no era así?

Pocas veces las cosas salen como uno quiere. Pocas veces sonrío cuando me pongo delante del espejo y siempre me pregunto qué he hecho hoy para que el día haya merecido la pena. Pocas veces miro a mis padres y pienso que estoy siendo lo que ellos esperan de mi. Pocas veces cojo el móvil antes de que salte el contestador y luego dejo de pensar en él. Pocas veces siento apoyar mis pies sobre un suelo sólido al abrir la puerta de casa. Pocas veces cumplo mis promesas.

—Sí, muy bien, bien mamá.

Lo gasté todo, gasté mi tiempo, gasté mis ilusiones, alimenté día tras día algo a través de un agujero en la pared. Gasté los tickets del metro de ida y vuelta, los viajes sin planear, las sonrisas. Gasté el último céntimo de mi mierda de sueldo, de mis trabajos extra, de mis ahorros. Y no conseguí nada. Era un castillo de arena que construía una y otra vez y que las pequeñas olas se llevaban consigo en cuanto soplaba un poco de viento. Invertí mi vida a fondo perdido en algo que ni siquiera sabía si iba a funcionar. Imaginaba y no vivía. Creía y no veía. Quería y no existía. Y no conseguí nada. Ni un gracias, ni un beso en la mejilla, ni una acaricia en los hombros. Ya no tenía más lágrimas para él, mi cuerpo estaba seco pero inundado de dolor.

—Bien. No, no te preocupes, ya me encargo yo, buenas noches, sí mamá, un beso.

Crucé la calle y pegué mi cara al cristal del escaparate. El vestido parecía atraparme con su color, podía oler su tela. Me deshice observando los pliegues del pecho y su falda con bordados en satín. Baje la cabeza para ver el cartel con el precio y todo se derrumbó igual que esos castillos de arena, igual que mis esperanzas. Imaginé a mi madre llevándose la mano a la boca, a Laura preguntándome si estaba loca, que yo no tenía ese dinero, que no era el momento. No lo entienden, no saben nada. Mi mirada se mantuvo en el cartel escrito con la fría helvética. Tres números y una coma. Tres números me separan de aquel vestido que empezaba a formar parte de mí, era yo, lo notaba pegado al cuerpo, como una segunda piel que me resguardaba del exterior. Era mío, sólo mío y nadie me lo iba a robar. No me quedó otra, entré en la tienda y salí con ese vestido sexy bajo el abrigo.

En casa me serví una copa de vino y me miré con arrogancia en el espejo. El vestido carmesí ardía sobre mi cuerpo. Me sentía bien, me sentía fuerte. Entonces, cogí el teléfono y marqué su número.

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