Antes de marchar

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Antes de marchar papá dio un beso a sus hijos. Los atrapó de la cintura cuando estaban corriendo en el tren y dejó un sello en su frente que apenas duró unos segundos. Uno de ellos tenía el pelo rizado y unos ojos grandes como los de su abuela. Era tranquilo y observador. Preguntaba todo lo que se pasara por su cabeza y después se quedaba callado, como reflexionando sobre lo que le acababa de escuchar. El otro era más revoltoso y estaba más delgado. El fideo le llamaba, y a él no le importaba, porque así también llamaban a Di María y jugaba en el Real Madrid. Siempre que tenía delante a su padre hacía como si en sus zapatillas tuvieras una pelota. Regateaba, corría y lanzaba a portería para marcar un golazo.

—¿Te portas bien en clase?
—Sí...
—Te veo fuerte, ¿comes como un campeón?
—Sí, papa
—¿Y ya te has echado novia?
—No me interesan la chicas, papa.

Su padre sonrió. El chico del pelo rizado se acercó y se sentó en su rodilla.

—¿Por qué no vienes a casa? Mamá ha hecho galletas de dibujos.
—Eso, papa, ven a casa.

Levantó la vista a lo largo del vagón. Una madre lloraba dos asientos más allá con un pañuelo en sus manos. Miraba al frente, evitando encontrarse con él.

—Otro día, chavito, otro día. Ahora ve para allá, me bajo en la siguiente.

Y su padre les marcó otro sello en la frente.

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