Soy parte de una ciudad enferma

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Soy una persona que se enrolla a las barras del metro como una serpiente en la rama de un árbol. Paso una pierna por delante de la barra, después otra y me aferro a la firmeza como una hiedra en la pared. Está fría, sin vida, pero es real. Observo como la gente me mira extrañada. No sabe lo que hace, está perdido en la locura, está mal, piensan. Pero yo estoy más seguro, la barra es de acero y está clavada al suelo, un suelo real. Ellos se mueven al vaivén del traqueteo de los vagones, pierden la estabilidad en un simple giro, anonadados en sus móviles, frágiles en la calle. No son de nadie, son de la ciudad, su cuerpo no es suyo, el tiempo no es suyo, la vida no es suya. No me gusta pertenecer a nadie, moverme sin que sean mis pies los que lo hacen, es olvidar qué buscas, es mantenerte en continuo cambio, es el simple hecho de dejarse llevar, es desprenderte de ti.

Suelto la barra, oscilo. Una parada y he llegado. Tengo miedo y asco, no de mi, como me susurran sus miradas, sino de lo que me rodea, de las cucarachas en los vagones de metro, de las ratas que se mueven en todoterrenos, de que me roben lo que es mío con promesas incumplidas, con ilusiones baratas y engañosas. El reloj marca mi hora, es tarde. Caminaré hacia un edificio que es de cemento y ventanas de aluminio. Pero siento que no camino, avanzo pero mis pies no se me mueven. Otros me acompañan, me siento integrado, me siento bien y enseguida tengo ganas de vomitar. Me paro y me apoyo en la pared de un muro de ladrillos mohosos. Están fríos y ásperos, pero anclados al suelo, un suelo real. Respiro fuerte. Ahora ellos pasan a mi lado, siguen por su carril y me miran de soslayo, extrañados. Algo le pasa, está mal, piensan. Soy parte de una ciudad enferma. Aunque no quiera andar, ando, aunque no quiera ser, soy. Como uno más de ellos.

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