La anciana del pañuelo negro


La anciana del pañuelo negro en la cabeza podría llevar horas dando vueltas alrededor del carro. En un brazo sostenía una manta sucia y en las manos un par de cucharas. Dos caballos reposaban muertos en el suelo y de sus cuerpos nacía un hilo de sangre que desembocaba en un charco debajo del carro. Hablaba sola y cuando Robert la llamó, ni se dio la vuelta, estaba ausente. Solo buscaba algo, tal vez nada, y en ocasiones se agachaba para mirar o recoger algo entre los restos. Después seguía dando vueltas al carro, una y otra vez, nerviosa, trastornada.

La anciana iba con su familia dirección a la frontera con Francia. Eran refugiados, eran de ninguna parte, dejaron su tierra atrás hace semanas, tal vez meses, y huían, como tantos otros, de la guerra. En los cielos los aviones silbaban y mandaban avisos de terror. Decían que iban detrás de ellos, que no dejaran de andar. Esta vez las bombas cayeron y las ametralladoras barrieron el camino. Ella se escondió detrás del muro bajo que lindaba con las tierras. Los aviones hicieron volar en pedazos carros, personas, animales y todo lo que pillaron a su paso. Llenó de polvo un campo árido y seco. Y después, un silencio sepulcral, el mismo que había antes del bombardeo. No llegaron lamentos, era la única superviviente.

Robert tomó varias fotografías a la anciana, atónito a sus gestos perdidos. Su carro era lo único que le quedaba. Toda razón de su existencia estaba allí y ahora no servía de nada, eran amasijos de madera, hierro y carne muerta. No era capaz de entender qué había pasado, qué eran esos ruidos y por qué se habían llevado a los suyos, ahora. ¿Acaso podía pensar dónde ir?, ¿acaso podía imaginar que había algo más allá de aquel carro que tuviera sentido? La impotencia de Robert subía por su garganta en un estío que no le dejaba pensar, solo tomar fotografías. Veía a aquellas personas, sufriendo en la guerra, ni siquiera la de su país, pero en la que estaba inmerso como si fuera la suya. Pero él apenas podía plasmar en celuloides en blanco y negro la tragedia que presenciaba cada día. Estaba dentro de la vida de aquella gente, estaba fuera de su miseria sin poder cambiar nada.

La guerra es un mal obtuso, borroso, del cual no puedes resarcirte, porque aunque consigas alejarte de ella, está dentro de ti. Eso pudo haber dicho Robert Capa.

Fotos: Guerra civil española, refugiado en Tarragona, 1938, Robert Capa.

 photo capa2_zps8145aa64.jpg

 photo capa3_zpsa5811c4f.jpg

2 comentarios

Ximens dijo...

Buen trabajo. Akaki.

Akaki dijo...

Me alegro que te gustara, :-)

Publicar un comentario

Toggle menu